Inocencia Feroz (La Bratva Rozanov nº 2) 50. Amara
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50. Amara

AMARA

Me despierto con olor a alcohol y luces brillantes.

—¿Estoy en el hospital? —gimo. Intento abrir los ojos, pero es como si estuvieran pegados. Me duele muchísimo la cabeza. De hecho, me duele todo el cuerpo.

—Todo está bien —reconozco la voz de Electra—. Estás bien.

Logro abrir los párpados. Con cierto esfuerzo, su rostro aparece ante mí. Pero a pesar de sus palabras, no parece que todo esté bien.

Y entonces me doy cuenta de que las luces no son fluorescentes, sino tenues. Y el alcohol no es higiénico, es vodka.

—¿Dónde estamos? —pregunto, intentando mirar a mi alrededor. Pero incluso el simple acto de mover la cabeza me duele—. ¿Y por qué huele a bar?

Electra traga saliva con dificultad y se remueve en su asiento. La cama en la que estoy acostada es agradable. Cómoda. Si algo he aprendido sobre las estancias en hospitales, es que las camas son cualquier cosa menos agradables y cómodas.

—No estamos en un hospital —dice Electra en voz baja. Me sonríe, pero algo en su expresión no cuadra. Nada cuadra. Se retuerce las manos y tiembla. Además, sangra por un corte en la frente. Un corte reciente.

Es entonces cuando todo vuelve a mi mente.

Estábamos comiendo comida tailandesa. Me topé con un hombre con una capucha negra. De camino a casa, ese hombre nos persiguió en un coche con los cristales tintados. Nos sacó de la carretera. Chocamos contra un árbol… o un poste… o algo así.

—¿Por qué no estamos en un hospital? —pregunto—. Mi bebé. ¿Y si mi bebé no está bien? Estás herida, El. Tenemos que ir a un hospital.

Pero Electra sigue esforzándose por sonreír entre lágrimas. Es entonces cuando sé que algo anda realmente mal.

—¿Dónde estamos? —me obligo a sentarme a pesar del dolor.

Miro a mi alrededor y, aunque no reconozco el lugar, un escalofrío me recorre la espalda.

—Estamos en el ático de Sean —me dice.

—¿De Sean? ¿Por qué demonios lo llamaste? ¡Debiste haber llamado a una ambulancia!

—Yo no lo llamé.

Entonces un hombre aparece detrás de ella. El hombre con una sudadera negra con capucha. Se baja la capucha y me mira.

—Hola, Amara.

Conozco la voz. Conozco el rostro.

—¿Qué haces aquí? —siseo.

—Ya oíste a mi novia —dice—. Esta es mi casa.

—Creí que habías dicho que se llamaba Sean —digo mientras los miro a ambos.

Electra frunce el ceño.

—Así es.

Lo miro. Él sonríe, una sonrisa pícara que nunca me ha gustado.

—No —gruño—. Su nombre no es Sean.

La sonrisa se extiende aún más por su rostro.

—¿Qué quieres decir? —Electra me mira con expresión de desconcierto—. Espera. ¿Ustedes dos se conocen?

Me mira con una sonrisa burlona.

—¿Quieres contarle la historia tú o la cuento yo?

—Hazlo —digo con la barbilla en alto—. Así, si vuelves a mentir, podré corregirte sobre la marcha.

Se ríe entre dientes antes de bajar la mirada hacia Electra.

—No me llamo Sean. Ni cerca —nos dedica una sonrisa burlona, mostrando todos los dientes—. Me llamo Tristan. Tristan Chadovich.

Después de esa revelación, Electra permanece en silencio mientras él le cuenta todo sobre los Chadovich y los Rozanov.

Le explica que sus padres murieron y que Dmitry lo adoptó como hijo, no porque quisiera un varón, sino porque necesitaba un futuro pakhan.

Luego, le explica qué significa eso y cómo Ransome es el pakhan de su familia rival.

Le cuenta toda la historia. Desde las disputas generacionales hasta la tregua y todo lo demás. De vez en cuando, Electra me mira como si dudara de que algo sea cierto.

Mi silencio responde a esa pregunta.

—Nunca te importé —dice Electra tras un largo silencio.

Tristan simplemente se ríe.

—Perra, no me importa ni mi propia sangre. ¿De verdad crees que me importarias tú? Solo fuiste una presa fácil para conseguir lo que quería.

—Espera, entonces… —dice—. ¿Qué tiene que ver Amara con todo esto?

—Mi prima está casada con Rozanov —responde.

—¿Y por qué importa eso? —pregunta ella—. Tú mismo dijiste que te importa una mierda la tregua. Que solo quieres ser el único pakhan en el poder.

—Eso se complica un poco. Verás, incluso si me deshago de Ransome, tu amiga está gestando a su heredero. Y lo último que necesito es otro Rozanov en mi camino.

—No vas a tocar a mi bebé —digo entre dientes.

—No puedes salirte con la tuya —dice Electra.

—¿Con qué? —pregunta con una sonrisa.

—¡Con lo que sea! —grita ella—. La policía…

—La policía está bajo mi poder. Y esto es solo el principio —su sonrisa dura apenas tres segundos antes de desaparecer, reemplazada por algo que jamás había visto en su rostro. Una rabia salvaje que se siente impredeciblemente peligrosa—. Ahora levántate.

Lo miro fijamente.

—Tuve un accidente de coche. Chocaste nuestro automóvil contra un poste. No puedo levantarme así como así.

Los ojos de Tristan se enfurecen. Agarra a Electra por el pelo y la levanta de un tirón.

—Creo que no están entiendiendo. Todo está en mis manos. Todo lo que Ransome tenía, ahora es mío. Así que, si te importan tus hermanos o tu hijo bastardo, será mejor que empieces a obedecer, perra.

Por mucho que no quiera hacerle caso, no soy tonta. Sé lo desequilibrado que está este hombre.

Así que me levanto.

De pronto, nos ponen bolsas en la cabeza. Nos jalan los brazos hacia atrás mientras nos atan las muñecas con bridas de plástico. Electra llora.

—Todo va a estar bien —intento consolarla mientras nos obligan a salir por la puerta principal—. Saldremos de esta.

Oigo lo que parece ser el portón trasero de una camioneta. Nos meten dentro, tumbadas de lado, una frente a la otra. Los asientos traseros están abatidos y el suelo es duro.

—Todo va a salir bien —repito, durante los dos segundos que estamos solas antes de que Tristan se siente al volante.

Decir que Electra está histérica es quedarse corto. A estas alturas está llorando desconsoladamente.

—¡Cállate, perra! —grita Tristan.

Me acerco más a ella, apoyando mi frente contra la suya.

—No puedo respirar —jadea Electra.

—Estás bien —la tranquilizo—. Solo necesitas calmarte. Respira más despacio. Más profundo. Todo estará bien.

Siendo sincera, estoy tan asustada como ella. Pero también sé que entrar en pánico solo va a empeorar las cosas.

—¿A dónde crees que nos lleva? —pregunta.

Y entonces me doy cuenta. No necesitamos tanto saber a dónde vamos, sino dónde estamos.

—Electra —susurro—. ¿Dónde estamos?

—¿Qué quieres decir? —pregunta ella.

Respondo lo más bajo que puedo.

—¿Dónde estamos? ¿En qué calle? ¿O barrio?

—Liberty Heights —susurra.

Liberty Heights. Vale. No es tan lujoso como donde vive Ransome, pero está entre los mejores barrios.

—No puedo calmarme —solloza Electra.

Pero ahora que empezamos a movernos, tengo un plan.

—Empieza a cantar en voz baja —le digo.

—¿Cantar?

—Te distraerá.

—¿Cantar qué?

—Bohemian Rhapsody. Y no pares hasta que lleguemos a nuestro destino.