30. Amara
AMARA
Cuelgo el teléfono con Bella y dejo escapar un suspiro.
No es que no le crea. Yo también he visto gente en las sombras. Y, por desgracia, no se trataba solo de agotamiento y paranoia. Que es precisamente lo que me tiene mirando sobre el hombro ahora mismo.
Si me hubiera dicho hace un año que veía cosas, lo habría atribuido a las hormonas de la adolescencia.
O al hecho de que nuestra zona no era precisamente un barrio idílico con valla blanca y comunidad de vecinos.
Pero con la realidad que vivimos hoy en día, no es difícil creer que sus alucinaciones no sean producto de su imaginación.
Lo dejo pasar, por ahora. Necesito comer algo. Algo que no sea un mejunje servido en un vaso de poliestirenocon una etiqueta de diez dólares.
También necesito un baño. El yoga prenatal podrá ser “suave”, pero no es precisamente fácil. Me duelen todos los músculos del cuerpo. Y por si fuera poco, el pequeño ya empieza a pesar bastante.
Estoy por teclear el código de acceso a la finca, pero se encuentra en verde.
¿Ya está abierto?
Sinceramente, después de la conversación que acabo de tener con mi hermana, me encuentro un poco nerviosa. Por eso, camino con mucho cuidado por el vestíbulo.
Pero cuando llego a la abertura, me detengo y relajo los hombros.
—Ransome —digo antes de mirar la hora. Las cinco. Es muy temprano para que esté en casa. Bueno, ni siquiera es mi casa. Pero si lo fuera y él viviera conmigo y no con… ella… seguiría siendo temprano.
—¿Qué tal la clase de yoga? —pregunta mientras se mueve de un lado a otro en la cocina.
De repente, mi estómago ruge tan profundo que se puede oír.
—¿Qué estás haciendo? —pregunto. Estoy perdida. También percibo el aroma de unas fajitas de carne chisporroteando y, literalmente se me hace agua la boca mientras dejo la esterilla de yoga, me descalzo y me dirijo a la cocina para verlas más de cerca. O tal vez probarlas.
—Estoy preparando la cena —dice, como si fuera obvio.
—Ya veo —tomo un totopo y lo mojo en un tazón de guacamole fresco. Los sabores del aguacate, la cebolla, el chile y la lima fresca estallan en mi boca y es el paraíso—. ¿Pero por qué estás aquí? —pregunto con la boca llena.
Ransome esboza una leve sonrisa.
—Bueno, también soy el dueño de esta casa.
Como me da otra contestación obvia, le lanzo una mirada y espero la respuesta que él sabe que estoy buscando, pero que estoy demasiado hambrienta y cansada para pedir.
—Quería verte —dice.
Bingo.
Sonrío con picardía.
—¿En serio? —lo digo en voz baja y sensual.
Llena dos platos con tortillas calientes, tiras de bistec a la parrilla, pimientos, cebollas y queso.
—En serio. —los lleva a la mesa y yo lo sigo, con el tazón de guacamole en una mano y el de totopos en la otra—. ¿Tengo que tener una razón para querer verte?
—Supongo que no.
Me lanzo de inmediato sobre la comida, derritiéndome en la silla mientras mastico. Como si no le bastara con ser atractivo, rico y un as en la cama. No, también tenía que ser un gran cocinero.
—¿Qué tal? —pregunta, como si no lo supiera.
Cierro los dedos y me beso las yemas en un gesto teatral mientras mastico. Eso me vale una segunda sonrisa burlona. No estoy muy segura de qué hice para merecer este trato, pero lo tomo. Lo acepto sin dudarlo.
—Y ¿qué tal está el bebé? —pregunta después de que ambos terminamos nuestra primera fajita.
—Grande —le digo, y él sonríe.
—Eso es bueno, ¿verdad?
—Quiero decir que sí, pero en algún momento tendrá que salir de mí, así que me gustaría que se lo tomara con calma.
—Van a estar bien. Eres fuerte. Y él es un Rozanov, así que también lo es.
Sonrío ante eso.
Puede que no sea su esposa. Puede que no sea una mujer de la Bratva. Pero el heredero que crece dentro mío es un Rozanov y Ransome lo sabe. Eso vale muchísimo más para mí que un anillo de diamantes.
Me ofrezco a llevar los platos al fregadero de la cocina cuando terminemos, pero Ransome se levanta inmediatamente y se hace cargo.
—Estoy embarazada, no indefensa —le digo con las manos en las caderas. Como si mi terquedad fuera a hacer que se detuviera.
—Y yo estoy siendo protector, no controlador —responde él—. Así que ve a prepararte un baño.
Abro la boca para decir algo insolente, pero no me sale nada.
Ransome levanta las cejas y señala las escaleras que llevan al baño donde se encuentra la gloriosa bañera. Esa que me cubre las rodillas, el vientre y los pechos al mismo tiempo.
Y no hay nada que objetar a eso.
Subo las escaleras y abro el grifo. Mientras tanto, oigo a Ransome limpiando la cocina de abajo. La verdad es que no sé qué le pasa ni si hay alguna especie de trampa, pero sin duda podría acostumbrarme a esto.
Tras encender un par de velas, me meto en la bañera perfumada con rosas y disfruto de los aceites y el agua tibia. Tengo muchas ganas de volver a sumergirme en agua bien caliente. Pero por ahora, esto me basta. Incluso es un lujo.
Un momento después, Ransome entra y comienza a desvestirse.
—¿De qué se trata esto? —pregunto mientras deja caer su ropa sobre las baldosas del baño, pieza por pieza.
—Te voy a dar un masaje —me informa mientras se quita la última prenda de ropa.
—¿Desnudo? —le dedico una sonrisa pícara.
—Es más fácil si estoy en la bañera contigo, ¿no? —pregunta. Y aunque no creo haber visto nunca a Ransome bañarse, mucho menos con aceite de rosas y una bomba de baño, no voy a discutir con él.
Ransome entra en la bañera y se sienta detrás de mí, atrayéndome hacia su pecho. Cierro los ojos y me recuesto, dejando que todo el estrés se disipe. Me masajea un hombro, mientras me da un masaje en el cuello, y siento cómo me relajo y me derrito entre sus brazos.
—Esto se siente increíble —murmuro.
—Eso es bueno —dice con voz sensual y grave—. Te lo mereces.
—Hm —respondo en voz baja, intentando dejarlo todo atrás. Dejar de preocuparme. Pero la conversación con Bella vuelve a ocupar un lugar central en mi mente.
Ransome debe sentir la tensión en mí mientras los pensamientos se arremolinan en mi cabeza, porque me interroga.
—¿Qué pasa? ¿En qué estás pensando?
Dudo antes de responder.
—Hoy tomé un batido con Electra —le digo.
—¿Qué tal estuvo? —pregunta mientras sus manos hacen magia sobre mis hombros.
—Estuvo bien.
—Eso no fue muy convincente.
—Quiero decir, era un poco soso.
—¿La compañía o el batido? Porque yo, por mi parte, nunca he sido fan —bromea, y yo abro un ojo con una sonrisa.
—¿De Electra o de los batidos? —pregunto.
—Ambas —dice, y le doy un manotazo en su rodilla sumergida en el agua.
—El batido no tenía mucho sabor, pero me lo bebí a regañadientes porque es bueno para el bebé —le digo.
—Buena chica.
Me estremezco, mis pezones se endurecen con esas dos simples palabras.
—Entonces… Electra está saliendo con alguien —continúo.
—¿Quién es el chico de esta semana? —pregunta.
—En realidad, lleva saliendo con él un tiempo. Unos seis meses, lo cual es insólito en ella. —giro la cabeza hacia el otro lado para que cambie el masaje de cuello hacia la izquierda. Dios, esto es maravilloso.
—¿Seis meses, eh? Bueno, déjame reformular la pregunta: ¿quién es el tonto?
—Se llama Sean. —se gana otro golpe, aunque sonrío—. Me alegro por ella. Pero…
—¿Pero?
—No lo sé, Ransome. Tengo un presentimiento extraño sobre este tipo.
—Bueno, está saliendo con ella.
Ignoro ese comentario por completo.
—Hablo en serio. No me dice mucho de él, aparte de que es rico.
—Por supuesto.
—Y la colma de halagos. Regalos caros y cosas así. Pero creo que no la visita mucho, lo cual me parece sospechoso. Y no me puede enseñar ninguna foto porque él no tiene redes sociales. Pero, Electra es de las que se sacan selfies con sus novios, ¿sabes?
—Uh —gime. Y la verdad es que no creo que entienda mi preocupación.
—No lo sé. Solo tengo una sensación muy incómoda con respecto a él —hago una pausa, mordiéndome el labio—. También hablé con Bella hoy.
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo están todos? —pregunta. Sus manos masajean la parte delantera de mis hombros, bajando cada vez más, relajando músculos que no sabía que necesitaban relajarse y tensando aún más otras partes de mi cuerpo.
—Están bien. Pero Bella ha estado viendo gente. Hombres, quiero decir. Tipo en las sombras.
Frunce el ceño.
—¿Pesadillas?
—Pesadillas sí, pero también cuando está despierta —digo.
—Estoy seguro de que solo está un poco paranoica.
Ransome lo dice con naturalidad, pero la palabra me suena mal. Paranoica suena a loca y sé que ella no está loca.
—No lo sé. Creo que podría ser cierto. Estoy bastante preocupada por ellos. ¿Y si los están siguiendo? ¿Espiándolos?
—No lo sabemos. Nadie de mi parte sabe siquiera dónde están. Así que dudo que los Chadovich…
—No creo que debamos subestimar a Tristan —lo interrumpo y él deja de darme el masaje.
Me preocupa que esté molesto o enfadado, pero sus labios se presionan contra mi cuello y su tono se mantiene tranquilo. Bajo. Despreocupado.
—Tristan tiene demasiadas cosas entre manos como para andar preocupandose por tu familia, dorogoya —dice—. Y también creo que túte preocupas demasiado. Necesitas mantener bajos tus niveles de estrés, ¿recuerdas?
Ransome me besa el cuello y, aunque eso me pone bastante cachonda, no quita que esté preocupada y que él simplemente lo esté ignorando.
—Es bastante difícil hacerlo cuando estoy preocupada por la gente que quiero —le digo, haciendo todo lo posible por no excitarme.
—Bueno, tal vez pueda ayudar a tranquilizarte —dice—. Entre otras cosas…
Dicho esto, su mano recorre mi hombro, pasa por mi pecho y se detiene un segundo para acariciar mi pezón bajo el agua.
Me quedo sin aliento. La piel está tan sensible ahí ahora que el embarazo está tan avanzado. Siempre he tenido sensibilidad en los pezones, pero la forma en que los toca ahora mismo, aprovechando cada señal de debilidad, casi me hace gemir.
Es típico de Ransome hacer esto. Olfatear mis puntos débiles y convertirlos en algo hermoso. Algo que me dé placer en lugar de dolor.
Su mano sigue bajando, sobre mi vientre, mi cadera, mi muslo.
Y luego…
—Ransome —gimo mientras sus dedos me encuentran.
Mis rodillas se separan instintivamente.
Él desliza sus dedos por mi hendidura, rozando mi abertura brevemente antes de volver a frotar hacia arriba.
Una y otra vez se toma su tiempo, moviendo las yemas de sus dedos en círculos, haciendo que mis caderas se inclinen hacia arriba.
Quiero más contacto, necesito más presión. Más de él.
Me provoca rozando mi clítoris, sin llegar a tocarlo del todo cada vez que me acaricia. Debajo de mí, siento su pene completamente rígido contra mi espalda. Lo deseo. Pero también deseo esto. Sus manos son igual de hábiles. Si se detiene, podría morir.
—Tienes que confiar en mí, dorogoya.
—Lo hago —gimo, frotando mi coño contra su mano.
—Siento que no lo haces —dice. Su dedo apenas roza mi clítoris, haciéndome gemir y estremecer de deseo—. Te prometo que no le pasará nada a nadie que ames. No te pasará nada a ti ni al bebé. Se derramaría sangre si alguien siquiera lo considerara.
—De acuerdo —trago saliva con dificultad mientras él continúa jugueteando con mi abertura sin llegar a introducir el dedo. Normalmente lo haría, pero considerando que estoy embarazada y estamos bajo el agua, probablemente no sea la mejor idea. Aun así, si tan solo fuera al grano…
—¿Entonces vas a confiar en mí?
Asiento con la cabeza. Muevo el cuerpo con la esperanza de que su dedo dé en el punto exacto. Pero claro, Ransome no es tonto… sabe lo que estoy haciendo.
Entonces vuelve a acariciarme, esquivando a propósito mi clítoris por un milímetro.
—Ransome… —suplico.
—Dilo —espeta—. Di que confías en mí.
—Confío en ti —susurro.
Esas palabras deben ser la contraseña secreta, o al menos la mitad de ella, porque finalmente, su dedo índice roza mi clítoris. Un escalofrío atraviesa mi cuerpo y un calor intenso me recorre los muslos.
Pero aún no me lo está dando todo.
—¿Por qué confías en mí? —pregunta, y puedo sentir su dedo rozándome.
—Porque soy tuya —digo. Y esas son las palabras justas. La otra mitad de la contraseña que me hace merecedora de ese dedo.
Y es glorioso.
Mis manos se aferran a sus piernas. Mis uñas se clavan en su piel. Su dedo revolotea sobre mi clítoris, sabiendo exactamente dónde y cómo obrar su magia.
—¿A quién perteneces? —pregunta de nuevo.
—A ti —gimo mientras sigue acariciando y frotando. Mis caderas se frotan contra su mano. Necesito más. Necesito que siga, que continúe provocándome, que me haga llegar al clímax.
Necesito. Correrme.
—Ransome —suplico.
—¿Vas a correrte para mí, kotyonek? —pregunta, claramente divertido.
—Lo estoy intentando —digo mientras me retuerzo en el agua.
—No lo intentes —gruñe—. Hazlo.
En el instante en que pronuncia sus palabras, sus dedos comienzan a moverse. Y paso de estar al borde del abismo a lanzarme hacia él.
—¡Ay, joder! —exclamo—. Dios mío. ¡No pares!
—¿Alguien está teniendo orgasmos múltiples? —pregunta bromeando.
—Joder…
Continúa acariciándome hasta que me arqueo sobre él. Los orgasmos (sí, en plural) me recorren una y otra vez.
Resulta que olvidar mis problemas no es tan difícil después de todo.