29. Amara
AMARA
—Sabes, la verdad es que estoy empezando a disfrutar mucho todo esto del yoga —dice Electra mientras nos dirigimos desde el estudio hacia Juiced, un bar de batidos que se encuentra justo en frente, con las esterillas de yoga enrolladas a cuestas.
—¿En serio? —pregunto—. ¿Qué posturas te gustan más?
—¿Posturas? Dios, no. Las odio a todas. Sobre todo la del perro boca abajo. Uf. ¿Y esa en la que nos tumbamos con el trasero contra la pared, los pies arriba y las rodillas separadas? ¿Para qué sirve eso? —pregunta mientras hacemos cola para pedir.
—Es yoga prenatal —le digo—. Es una postura para abrir las caderas, para mujeres que se están preparando para dar a luz.
—Claro. Siempre se me olvida que estás embarazada —murmura antes de que nos acerquemos al mostrador.
La chica del bar de zumos recorre mi barriga con ojos escépticos, como pensando: ¿Cómo pudiste olvidarlo si es enorme?
Ante esto, le dedico una sonrisa antes de pedir la Celebración Citrus. Electra pide el Explosión De Frutos Rojos y bromea diciendo que deberían ofrecer una versión con vodka.
A la chica no le hace gracia.
—Me alegra mucho poder verte de nuevo —digo mientras caminamos hacia la zona de picnic y nos sentamos frente a una fuente.
—Yo también. Sin ánimo de ofender, pero el tiempo que estuviste en Idaho o donde sea que estuvieras fue insoportable.
Puedo oír la emoción en su voz, lo que me hace llorar. Malditas hormonas del embarazo, lo juro por Dios.
—Yo también lo sentí así. Créeme. Por mucho que me alegrara alejarme de todo lo que pasó… —dejo la frase inconclusa—. Extrañaba mucho mi hogar. Nos extrañaba a nosotras.
—Yo también —dice ella—. Sabes, creo que nunca llegaste a contármelo del todo. ¿Qué pasó exactamente antes de que te fueras, aparte de que Gianni anduviera metido con gente peligrosa y que las cosas entre Ransome y tú estuvieran mal?
Doy un sorbo a mi batido, haciendo todo lo posible por fingir que unas zanahorias y mandarinas espolvoreadas con canela y cúrcuma, mezcladas hasta obtener la consistencia de papilla fría para bebés, saben mejor que un batido de chocolate.
Y ahora que lo pienso, algo de esta monstruosidad naranja va a darme náuseas. Repito, el embarazo es genial.
—Eso es todo —le digo, porque no puedo contarle más. Porque tengo que mentirles a todas las personas que amo. Para protegerlos.
—Vale, pero es que… —empieza a decir, pero la interrumpo.
—Quiero saber más sobre tu novio, Sean. En serio, ¿cuándo podré conocerlo? Nunca me has enseñado una foto. ¿No tiene redes sociales?
Electra niega con la cabeza.
—No. Es como un fantasma en ese sentido. No sé por qué. Es muy guapo. Supongo que simplemente no le gusta la exposición. Pero no me importa. Siempre me manda cosas —dice con una sonrisa radiante.
—¿Te manda cosas? —repito, y su sonrisa se amplía.
Electra hace un gesto teatral al sacar una fina cadena de plata por debajo de su camisa. En el extremo hay un diamante que brilla con la ostentación inconfundible de una joya de Tiffany. —Sí. Regalos. Cositas, ¿sabes?
Me río y niego con la cabeza.
—¿Cositas? Tía —hago una pausa para sacar las gafas de sol de mi bolso y ponérmelas y Electra se ríe—. Es deslumbrante. Dios mío. ¿Cuánto dinero gana?
—Mucho —dice ella.
—¿Qué hace?
Ella se encoge de hombros.
—No lo sé. No le gusta hablar de eso.
La observo y evita mirarme a los ojos. Como si estuviera devanándose los sesos tratando de recordar cosas que sabe sobre él para poder contármelas. De pronto, sus ojos se iluminan y me señala mientras da un sorbo a su batido.
—¡Ah! Le gustan los coches. Le encantan. Coches de lujo, si tuviera que adivinar. Estoy casi segura de que tiene un Lamborghini.
—Joder… —asiento—. Así que sí que tiene mucho dinero.
—Sí. Y no es lo único impresionante que tiene.
—Ah, ¿entonces es bueno en la cama? —muevo las cejas.
Se muerde el labio y asiente.
—Sin duda. Quiero decir, trabaja mucho, pero cuando aparece, es genial.
Me quedo pensando en eso. Es más misterioso de lo que me gustaría. Hasta el punto de ser una señal de alerta, creo.
Pero también conozco lo suficientemente bien a los hombres de Nueva York como para saber que pueden ser complicados. Y extraños. La gente del noreste tiene fama de ser distante.
Aun así…
De camino a casa, reviso mis mensajes de texto. Hay uno de Eliza asi que abro el chat.
ELIZA: Hola. Me preguntaba si podrías hablar con Bella.
AMARA: Por supuesto. ¿Va todo bien?
ELIZA: Últimamente está muy rara.
AMARA: ¿Rara en plan adolescente? ¿Rara en plan drama? ¿O simplemente siendo Bella?
ELIZA: Todo lo anterior.
Una punzada de culpa me invade el estómago.
Sé que ella está sufriendo, más que los otros dos.
Eliza y Gianni tienen edad suficiente para racionalizar, hasta cierto punto, la película de acción de serie B en la que se ha convertido nuestra vida.
Bella, en cambio, todavía es una niña. Y todo esto debe parecerle un drama sin sentido.
Por no hablar de lo traumático que resulta.
Me quedan unos veinte minutos antes de volver a la finca y, aunque no estoy sola, la verdad es que no me importa si Iván puede oír mis conversaciones telefónicas. Por extraño que parezca, después de todo lo que ha visto, prácticamente ya lo considero parte de mi familia.
Bella contesta al tercer tono. Si hubiera sonado más, habría saltado el buzón de voz. En estos tiempos de evasión, me considero afortunada.
—Hola —dice con poca o ninguna expresión o entusiasmo en la voz. Aunque eso no es realmente nuevo.
—¡Hola! —digo con demasiado de ambas cosas y estoy segura de que le estoy dando vergüenza ajena.
—¿Qué pasa? —pregunta ella. Mientras tanto, oigo música de fondo, grunge de los noventa por lo que parece.
—Solo quería saber cómo estás —le digo.
—¿Quieres decir que quieres saber por qué Eliza y Gianni creen que ando depre?
Jerga adolescente, lo juro. Traducción: está actuando un poco loca.
—Sí. Estoy preocupada por ti.
—No veo por qué importa. De todas formas, nadie me escucha cuando cuento lo que está pasando —dice, y yo frunzo el ceño.
—Si te pregunto es porque me importa. ¿Qué está pasando?
—¿Qué puedes hacer tú desde ahí?
Tengo que esquivar muchas trampas. Ya lo sabía de antemano. Toda esta conversación está llena de trampas, pero estoy preparada.
—Puedo amarte. Y, si hace falta, puedo ayudarte. Tengo recursos.
—Tu novio mafioso rico y poderoso. Cierto.
—No le llames así —le advierto, aunque cuanto más se prolonga esta conversación, más me doy cuenta de que, después de todo, no hay mucho que pueda hacer desde aquí.
—Tu papi mafioso rico y poderoso. Cierto.
Me contengo para no soltar ninguna objeción. Si algo he aprendido de Bella, es que tiene la energía suficiente para dar vueltas en círculos eternamente si discuto con ella. Y si hay algo más que he aprendido, es que, si dejo de discutir, al final cederá y me dirá lo que piensa.
Así que espero.
Y, efectivamente, oigo el suspiro.
—Tengo pesadillas —admite—. Siento que hay gente observándonos. Acechando en cada esquina, escondida entre las sombras. Supongo que podría llamarlas visiones.
—Las pesadillas son horribles —digo con empatía—. Créeme, lo entiendo.
—No son solo pesadillas, Amara —dice—. También me pasa cuando estoy despierta.
—¿Estás viendo gente durante el día? ¿Observándote? —pregunto, enderezándome en mi asiento.
—Sí —dice ella.
—¿Se lo has dicho a los otros dos? —pregunto.
—Más de una vez —murmura—. Creen que estoy siendo paranoica. O que no duermo lo suficiente.
—¿Lo haces?
—¿Cuál de las dos? ¿Dormir lo suficiente o ser paranoica? —me responde bruscamente, y le agradezco su sarcasmo. Me indica que aún conserva algo de ella.
—Dormir lo suficiente —digo.
—Lo haría si no viera sombras por todas partes. Así que supongo que eso también responde a la segunda pregunta, ¿no? ¿Ya terminamos? —se queja.
—No. Porque no me gusta que tengas miedo.
—No dije que tuviera miedo. Dije que nos están vigilando, Amara. Desde que te fuiste. Mira, puedes llamarme loca tú también, pero creo que aquello de lo que huíamos nos ha seguido hasta aquí. Y probablemente te ha seguido hasta Nueva York.
Dejo escapar un suspiro, porque me siento completamente impotente desde aquí. Iván está aparcado frente a la casa, así que agarro mis cosas y salgo del coche, despidiéndome con la mano antes de que se marche.
—Escucha. Sé que da miedo. Solo ten cuidado, ¿de acuerdo? Voy a encontrarla manera de verte pronto.
—Creo que todos debemos tener cuidado.
Hay algo en la forma en que lo dice que me da escalofríos. Como si supiera que se avecina una tormenta.
Pero me encuentro a kilómetros de la puerta mosquitera.