28. Amara
AMARA
—No recuerdo la última vez que estuve agachada con el trasero en el aire sin que hubiera un hombre detrás de mí.
Contengo la risa ante las palabras de Electra, casi cayéndome de la postura del perro boca abajo.
No creo que el resto de la sala —un grupo de mujeres embarazadas haciendo yoga prenatal— aprecie su humor, pero estoy tan contenta de estar con ella de nuevo que me da igual a quién le moleste nuestra presencia.
—En serio, ¿cuánto tiempo tenemos que aguantar esto? —murmura y la instructora, una mujer mayor y delgada con la flexibilidad de un pretzel crudo, nos hace callar.
Electra se muerde los labios y ambas reprimimos la risa. Es la primera clase de yoga a la que asisto, cuando le dije a Electra que iba a ir ella también se apuntó, aunque no esté embarazada.
—Mira, tengo curvas de sobra. ¿Quiénes son ellos para decir que no estoy embarazada? —dijo, y yo simplemente me reí. Está loca y me encanta.
La verdad es que, entre esto y volver a trabajar en la oficina, todo ha sido maravilloso. Bueno, salvo por las amenazas ocasionales e inesperadas de Jenica, los sudores nocturnos y los sobresaltos de madrugada, cuando juraría haber visto a Tristan de pie al otro lado de mi ventana.
Pero dejando todo eso de lado, la vida empieza a mejorar. Excepto en este preciso instante, en el que llevamos tres minutos seguidos en la postura del perro boca abajo.
—Siento cada gota de sangre bajando a mi cabeza… —dice Electra dramáticamente—. Creo que me voy a desmayar.
Justo entonces, sea porque la clase debiera haber terminado o no, la instructora nos hace cambiar a la postura del loto, también conocida como sentarse de piernas cruzadas. Juntamos las palmas de las manos e inclinamos la cabeza hacia adelante con un namaste.
—Gracias a Dios —dice Electra mientras enrollamos nuestras esterillas—. De verdad necesito una mimosa.
Eso le vale no menos de cinco miradas de desprecio.
Salimos del estudio bajo la luz del sol y frenamos. Aún no estoy lista para volver. Y conozco las reglas de Ransome: yoga y casa, nada de paradas intermedias.
Pero hoy salimos temprano. Y de verdad necesito comer.
—Vamos a comer algo —le digo, dirigiéndome hacia un restaurante tailandés.
—Claro que sí. Ahora sí que estamos hablando —suspira dramáticamente—. Tanto estirarme me ha entrado un hambre terrible. ¿Quién iba a pensar que el yoga era tan buen ejercicio?
—Toda la gente en forma que lo hace… —dejo la frase inconclusa.
Solo pone los ojos en blanco antes de enseñarme el dedo medio.
Después de que nos sirvan la comida, pad thai para mí y arroz frito con piña para ella, Electra simplemente me sonríe desde el otro lado de la mesa y niega con la cabeza.
—¿Qué? —pregunto, secándome la boca con una servilleta.
—No puedo creer que estés embarazada —dice ella.
Mi mano se dirige a mi vientre.
—Ni yo. Y ya casi termina.
—Eso es bueno, ¿no? —pregunta mientras llena su cuchara con una buena cantidad de arroz—. Quiero decir, he oído que el embarazo es un verdadero fastidio.
—En realidad no ha sido tan malo —digo—. Excepto por las náuseas matutinas al principio. Eso sí que fue bastante molesto. Que por cierto, el nombre es bastante engañoso. No solo ocurren por la mañana.
—Mierda, ¿en serio?
—En serio. Luego están los calambres en las piernas. Los sudores nocturnos. Los cambios de humor. Y ni hablemos del dolor de ciático. Literalmente pensé que me iba a morir.
—Suena increíble —dice con una sonrisa pícara, y yo me río.
—Vale, pero aparte de eso, la verdad es que se siente genial. Como si estuviera creando un ser humano. Un niño pequeño.
Las lágrimas me pican en el dorso de los ojos. Creo que olvidé mencionar el llanto involuntario.
—Será genial ver al pequeño correteando por ahí —admite—. Jugando en la tierra. Con helado por toda la cara. Y es una excusa genial para ir a Disney, que siempre ha estado en mi lista de deseos.
—Lo único que quieres es recorrer el mundo bebiendo —le digo bromeando, ella levanta las manos.
—¿Y tú no? Una vez que nazca podremos hacerlo.
Sonrío al pensar en un niño pequeño de pelo ondulado, ojos azules brillantes y, además, un carácter complicado.
Pero pronto se desvanece. No sé qué me depara el futuro. Si tuviera que adivinar, diría que no será el típico cuento de hadas familiar. No puede serlo. No con Jenica de por medio. No con mi identidad aún en secreto.
—Cuéntame sobre ese chico con el que estás saliendo —le digo—. ¿Tiene redes sociales?
—No —responde Electra con indiferencia.
—Bueno, entonces, ¿cómo lo conociste? —pregunto—. Siempre conoces hombres en aplicaciones de citas.
—Gracias por eso. Pero no, a este en realidad lo conocí en persona.
Me quedo sin aliento fingiendo sorpresa.
—¿Una conexión orgánica?
—Sí. ¿Puedes creerlo? —se ríe—. Nos conocimos en un bar clandestino. Estaba sola. Bueno, estaba allí porque el camarero esta buenísimo y quería conseguir su número. O al menos una copa gratis. Fue entonces cuando Sean entró y se sento a mi lado. Guapísimo. Rubio. Con una sonrisa pícara.
—¿Cómo estaba su nariz? —pregunto bromeando.
—Derecha y sana —responde ella.
—Un hombre que nunca se ha roto la nariz. Eso sí que suena a un gran avance comparado con algunos de los hombres con los que has estado.
—No eres graciosa. Pero puedes burlarte de mí todo lo que quieras. Es un partidazo. Y me deja gastarme su dinero, que tiene de sobra.
—Mientras sea un buen tipo —digo—. Entonces… si es todo eso y más, ¿cuándo podré conocerlo?
Electra arruga un poco la nariz.
—Bueno… no estoy segura. No es muy sociable.
—Bueno, pero soy tu mejor amiga —le digo—. Es imprescindible que lo conozca antes de que la cosa se ponga demasiado seria.
—Solo si logro ver al padre de tu bebé en un entorno donde no te esté empujando a un callejón en plena cita a ciegas —dice señalándome con el dedo.
Me río entre dientes.
—Me parece justo.
Después de que Iván me deja en casa, me acurruco en el sofá con una manta y un libro. Aunque disfrute mucho estar de vuelta en Apex, estoy agotada. El tercer trimestre es, sin duda, el trimestre del cansancio.
Llevo unas cuatro páginas del primer capítulo cuando suena mi teléfono. Al ver la identificación de la llamada, jadeo, tiro el libro a un lado y contesto de inmediato.
—¡Gianni!
—Hola, hermana —dice y puedo oír la sonrisa en su voz.
—¿Cómo estás? —joder, ya necesito un pañuelo—. Dios mío, los extraño tanto.
—Nosotros también te extrañamos —se oye una segunda voz al otro lado del teléfono.
—¡Eliza! ¿Estoy en altavoz? ¿Está Bella ahí también?
—Está en casa, pero está durmiendo —responde Eliza.
Frunzo el ceño y miro el reloj de pared.
—¿Durmiendo? ¿A las dos de la tarde de un sábado? Dios mío. ¿La dejan dormir hasta las dos de la tarde? Despierten a esa niña.
—Se levantó más temprano —dice Gianni—. Aunque dice que no ha estado durmiendo bien por la noche.
—Oh —mi sonrisa se desvanece un poco—. Espero que todo esté bien.
—¿Cómo estás tú? —pregunta Eliza—. ¿Cómo está el bebé?
—¿Te está cuidando como lo prometió? —pregunta Gianni.
—Lo está haciendo. La casa es muy bonita. Y tu sobrino está muy bien. ¡Hoy hicimos yoga prenatal!
—¡Oh! He oído que eso es muy bueno para ti —exclama Eliza con entusiasmo.
—¿Estás a salvo donde estás? —pregunta Gianni, con un tono protector.
—Sí, G. Me estoy quedando en su finca.
—Oh, una mansión —dice, pero sus palabras están cargadas de sarcasmo—. Un escalón por encima del ático.
—Sé amable. Ella suena bien —le espeta Eliza—. Estás bien, ¿verdad?
—Sí —digo—. Pero los extraño. ¿Hay alguna novedad?
—Vivimos en una ciudad donde lo más emocionante que sucede es que llegue una nueva cerveza al bar —murmura Gianni.
—No es que debieras saberlo —digo—. Ni siquiera tienes veintiún años.
—Pero ellos no lo saben.
Suspiro. Tenía que ser Gianni quien aprovechara su flamante identidad falsa para beber a escondidas.
Por suerte, Eliza cambia de tema.
—Las cosas han ido bien, hermana. Pero también te echamos mucho de menos.
—Yo también —repito mientras se me cierra la garganta—. Muchísimo.
—¿Con quién están hablando? —pregunta una tercera voz a través el teléfono, una voz malhumorada, que logra que vuelva a animarme.
—¿Bella?
—¡¿Están hablando con Amara y no me dijeron?!
—Estabas durmiendo —dice Eliza.
—Sí. Y no íbamos a despertar a la bestia —bromea Gianni.
Se oye un ligero crujido y, un instante después, se apaga el altavoz y se cierra la puerta exterior.
—Vale, ahora soy solo yo —ella dice.
—Hola —sonrío—. ¿Cómo estás?
—Como la mierda —responde Bella con toda la angustia sin filtros que solo una adolescente puede tener—. Corté con mi novio.
—Ah, ¿sí? —pregunto—. ¿Qué pasó?
—Era un idiota. Me invitó al baile de bienvenida.
—Oh. Qué… tipo terrible —digo.
—¡El baile de bienvenida coincide con el concierto de los Trash Pandas en Missoula!
Me invitó a cenar… bueno, a comer pizza.
Y pensé que iba a decirme que había conseguido entradas para el concierto, porque sabía lo mucho que me fastidió no conseguirlas.
. Pero entonces se puso raro, se le quebró la voz, empezó a comportarse como un idiota y me invitó al baile. ¿Puedes creerlo?
—Dios mío, no. No hay nada más desagradable que un hombre romántico.
—Lo sé, ¿verdad? Qué vergüenza.
Se me escapa una risita.
—¿Qué tal todo lo demás? Eliza dijo que no has estado durmiendo bien.
—Duermo bien —responde bruscamente—. Simplemente… me despierto a veces y me cuesta volver a dormirme, eso es todo.
—Lo entiendo —suspiro—. ¿Hay alguna razón en particular? Yo cuando tengo demasiado en mi cabeza…
—No tengo demasiado en mi cabeza —me interrumpe—. Es más como… —se detiene y espero. No voy a presionarla. A pesar de la diferencia de edad, Bella y yo siempre hemos podido hablar, aunque a veces requiera paciencia—. Sigo viendo cosas, ¿sabes?
—¿Qué tipo de cosas? —pregunto.
—Como… sombras. ¿Gente? No lo sé.
Siento un ligero vacío en el estómago y me incorporo.
—¿Dónde?
—En mi ventana. O sea, me desperté la otra noche porque tenía sed, así que fui a buscar un vaso de agua. Y cuando volví, juraría que vi a un hombre afuera. De pie en el patio trasero. Fue jodidamente espeluznante.
Mi corazón late con fuerza en mi pecho.
—¿Cómo era?
—No lo sé. Estaba oscuro, obviamente. Así que era más bien una silueta. Pero cuando volví a mirar, ya no estaba.
—Tal vez era solo un árbol o algo así —la tranquilizo—. ¿Se lo dijiste a G o a Eliza?
—Nah —responde ella restándole importancia, como suele hacer Bella—. Pensarán que estoy siendo ridícula. Por lo que sé, a lo mejor intentan asustarme.
—Sí, tal vez —digo. Y sin embargo, lo dudo.
Después de colgar el teléfono, me quedo un rato en el sofá mirando por la ventana de la mansión.
Quería hacerle más preguntas. Quería saber cómo era el hombre.
Quería saber con qué frecuencia ocurre. Cuándo fue la última vez que sucedió.
Pero tampoco quería meterle presión. Está muy estresada y la mente hace cosas raras cuando está estresada.
Aun así, la idea de que vea sombras, hombres, fuera de su ventana por la noche, como si alguien la estuviera observando, siguiéndola… No me gusta nada.
No me gusta para nada.