Inocencia Feroz (La Bratva Rozanov nº 2) 27. Ransome
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27. Ransome

RANSOME

—¿Por qué se detienen en Dallas?

Mi día ha sido un desastre. No es culpa de Amara. La planificación fue perfecta, todo en orden, las reuniones puntuales, sin retrasos. Apex funciona a la perfección, pero el problema está en El Paso. Los camiones que van hacia el norte están atascados en Dallas, Texas, de todos los lugares.

—Parece un puesto de control —me dice Maverick mientras entramos en el almacén, de donde acaban de salir dos de nuestros camiones rumbo a Nashville.

—No tenemos ni un puto puesto de control en Dallas —grito—. De El Paso a Las Cruces, a Nashville y a casa. El hecho de que tengamos siquiera una parada entre el punto A y el punto B es una locura.

—Estoy de acuerdo —dice Maverick mientras entramos en la oficina y miramos el mapa en la pantalla del ordenador.

—Tengo dos camiones rumbo a Nashville. Y otros dos que debían encontrarse con ellos allí al mismo tiempo. Pero están en Dallas. Atascados. ¿Por qué?

—Podría ser solo una casualidad —dice Baron, siempre intentando ver el lado positivo—. A veces detienen a los camiones al azar. Podrían estar pasando por ahí todos los camiones de cinco ejes.

—Están bien diseñados —añade Maverick con naturalidad—. Dudo que algún trabajador con salario mínimo en Dallas se dé cuenta de que hay un compartimento oculto lleno de mercancía.

—¡Tengo casi una tonelada de polvo entre ambos camiones! —gruño—. No puedo confiar en que seguridad simplemente esté teniendo un mal día. Necesito saber por qué mis camiones están parados en mitad de Texas.

Me paso las manos por el pelo, las mantengo sobre la cabeza un instante antes de volver a mirar la pantalla. Pulso actualizar, pero no hay cambios. No se mueven en absoluto.

Joder.

—Odio tener que mencionar lo obvio —comienza diciendo Baron, y lo interrumpo.

—Entonces no lo hagas.

—Pero, ¿qué probabilidades crees que hay de que Tristan esté detrás de esto?

Literalmente puedo comenzar a sentir el doler de cabeza detrás de los ojos.

Maverick gruñe.

—O sea, es lo primero que pensé. ¿Por qué más estarían estancados en un puesto de control desconocido horas después de haber cargado en Las Cruces?

—¿Crees que están descargando? —pregunta Baron.

Me da un malestar estomacal.

—¿Descargar en dónde? —pregunta Maverick.

—¿En camiones Chadovich? —sugiere Baron.

Me doy la vuelta, harto de mirar la pantalla. Harto de hablar con ellos.

—Si ese es el caso y Tristan fue lo suficientemente listo como para secuestrar nuestro cargamento, lo sabremos pronto cuando los camiones vuelvan a circular y recibamos noticias de los conductores.

—Estás dando por sentado que están vivos.

Mav lo dice en broma, pero sé que habla en serio. Porque si Tristan está detrás de esto y envió hombres para cortar el paso a mis camiones, me sorprendería mucho encontrar a mis conductores con vida.

—¿Cuál es el plan, jefe? —pregunta Maverick.

—¿Tenemos hombres en Dallas? —pregunta Baron.

—Tengo hombres por todas partes —digo.

—Así que lo mandamos a revisar. Fácil —dice Maverick.

—No. —Niego con la cabeza—. Si hacemos eso, caeremos en la segunda trampa.

—¿Entonces qué? ¿Nos quedamos esperando? ¿Y mientras tanto los Chadovich nos roban ochocientas libras de cocaína? Tienes que estar bromean…

—Tristan quiere que hagamos un movimiento repentino.

Y si él está detrás de esto, que no dudo que lo esté, que haya secuestrado dos de nuestros camiones es solo la mitad del problema.

Está desviando nuestra atención hacia otra parte —aprieto los puños a los costados.

Odio esto más que nada: estar sentados, sin hacer nada.

Pero no podemos perder la cabeza. No cuando es precisamente lo que Tristan espera—.

Así que esperamos. No reaccionamos. Dejamos que las piezas encajen para poder ver todos sus movimientos.

Y entonces, cuando sepamos el alcance total…

Maverick sonríe.

—Los aplastamos.

Baron suelta un silbido bajo y yo me chupo el interior de la mejilla. Aniquilar era la palabra que tenía en mente.

Pero sí. Eso.

No tengo ningún interés en volver a casa. Lo último que necesito ahora s meterme en una discusión acalorada y sin sentido con Jenica. Siendo sincero, no tengo ningún interés en hablar con nadie que tenga sangre Chadovich corriendo por sus venas.

La alternativa es visitar a Amara.

Entro y enseguida siento un ligero nerviosismo.

Lleva aquí unas semanas, pero ya se nota su presencia.

Huele a ella. Es tranquilo y limpio, a diferencia del hogar al que estoy obligado a volver cada noche.

Jenica siempre tiene algo a todo volumen, ya sea música o el último reality show donde la gente suele hablar a los gritos.

Además, es muy desordenada: deja zapatos y ropa tirados por todas partes y maquillaje desparramado por todas las encimeras del baño.

Amara es ordenada, en todos los sentidos de la palabra.

Hablando de eso… ¿dónde está?

La cocina está vacía, iluminada únicamente por las luces debajo de los muebles. El televisor está apagado en la sala de estar.

Me dirijo hacia las escaleras para ver si está en su habitación, posiblemente dormida. O, si tengo suerte, tal vez esté en la ducha. Pero al pasar por la oficina, noto que la puerta está entreabierta y un tenue resplandor se filtra.

—¿Amara? —pregunto en voz baja, abriendo un poco más la puerta.

—¡Oh! —da un pequeño salto—. ¿Qué haces aquí?

—Creo que debería preguntarte lo mismo —le digo, mientras mis ojos recorren la laptop y una serie de papeles organizados frente a ella.

—Estoy poniéndome al día con el trabajo —dice mientras continúa escribiendo, estudiando uno de los documentos.

—¿Qué trabajo? —pregunto, entrando completamente en la habitación.

—Sin ánimo de ofender pero, desde que me fui, parece que muchas cosas en el sistema de Apex están un poco… desordenadas.

—Oh, lo sé. Por eso te volví a contratar. Pero eso no significa que tengas permiso para trabajar horas extras. De hecho —digo, cerrando la laptop—, te lo prohíbo.

Amara me mira con descaro.

—Solo intento mantener las cosas organizadas. Eso me facilitará el trabajo, lo que hará que el tuyo funcione mejor y…

—Lo único que me importa ahora mismo es que descanses. Trabajaste todo el día. Y si tuviera que adivinar, diría que fue un día largo.

—No tienes ni idea —murmura y me doy cuenta de que hay cierta angustia oculta en ese comentario.

—¿Qué ocurre? —pregunto—. ¿Sucedió algo? ¿Algo que te molestó?

Amara se muerde el labio y evita mirarme a los ojos. Eso ya me indica que algo anda mal. Está ocultando algo. Y después de hoy, no estoy de humor para secretos.

—Dorogoya… —murmuro la palabra con toda la dulzura que permite mi acento ruso. Sinceramente, creo que le gusta que el ruso suene áspero. A juzgar por cómo se remueve en el asiento, diría que lo prefiere así.

—Hoy tuve una visita en la oficina mientras estabas en reunión —admite.

Frunzo el ceño.

—¿La misma visita de la última vez?

—Sí.

Suelto un suspiro de frustración.

—¿Y qué quería esta vez? ¿Restregarte por la cara que estoy legalmente unido a ella?

—No. Eso ya lo dejó bien claro el día que pasó por casa. Hoy ha sido más bien una amenaza para que me mantuviera al margen. Que puede que trabaje para ti, pero ella es tu esposa.

Me estremezco al oír la palabra. ¿Qué ocurre con los Chadovich y sus pequeñas amenazas?

—No te preocupes por ella —digo.

—Es difícil no hacerlo cuando aparece todo el tiempo —murmuro.

—No volverá a suceder. Pero mientras tanto, no le des demasiada entidad. Simplemente está celosa.

—Está casada contigo. Va a todas las fiestas y eventos benéficos, sale junto a ti en todas las fotos, vive en tu casa y…

—Ella no es mi dueña —la interrumpo. Luego acorto la distancia entre nosotros, levantándola de la silla y pegándola a mí—. Todo eso es una farsa. Créeme, dorogoya, la última persona de la que debes preocuparte es Jenica. Porque ella no es mía. Tú sí.

Antes de que pueda decir nada más, la beso en los labios. La dejo sin aliento y pegada a mi cuerpo como una esponja.

Ella gime sobre mi boca. El mundo a nuestro alrededor se desvanece, llevándose consigo todas las frustraciones y problemas del día, dejándolos en un segundo plano. Lo único en lo que quiero pensar, lo único que me importa, es este momento y follarla.

Amara parece necesitar que le recuerde constantemente que me pertenece. Que es la única. Y si hacerla llegar al clímax, con tanta intensidad que le tiemblen las rodillas, es la única manera de lograrlo, supongo que tendré que aceptarlo.

El sexo durante el embarazo no es tan fácil como el sexo normal.

No puedo simplemente levantarla y tirarla sobre mi escritorio.

Sin embargo, sí puedo subirla por las escaleras hasta el dormitorio y hacer lo que quiera con su cuerpo cambiante y hermoso bajo la luz de la luna que se derrama por las ventanas de la suite principal.

Sin embargo, a mitad de las escaleras, me detengo.

—¿Qué? —pregunta jadeando, con las mejillas ya sonrojadas por la excitación.

—Nada —le digo. Luego—, ponte de rodillas.

—¿Qué? —pregunta con una mezcla de confusión y diversión en su voz.

—Sin ánimo de ofender, dorogoya, estás preciosa con mi bebé creciendo dentro de ti. Pero sí que complica un poco las cosas. Creo que estas escaleras nos darían el ángulo perfecto…

Sus labios se curvan ligeramente en las comisuras y la emoción brilla en sus ojos oscuros.

—¿El ángulo perfecto para qué? —pregunta.

Apoyo mi frente contra la suya, clavando mi mirada en sus ojos.

—Te voy a follar tan fuerte que no recordarás ni tu propio nombre.

Amara se arrodilla, apoyando las manos en los escalones siguientes.

Mientras tanto, me desabrocho el pantalón y saco mi pene, duro y palpitante, acariciándome varias veces para lubricarlo.

Aunque en realidad no lo necesitamos. Ya puedo verla, olerla, casi saborearla, gotear por su pierna bajo la falda.

Y hablando de la falda.

La subo hasta sus caderas, dejando al descubierto su culo firme y perfecto.

—¿Una tanga? —pregunto, metiendo el dedo dentro de la tira negra de encaje—. Eres una chica traviesa, ¿verdad?

—Lo siento. Nunca sé cuándo mi jefe va a querer que realice… tareas extras…

—Hm. Siempre estás pensando en él, ¿verdad?

—Todos los días desde que lo conocí. Casi todas las noches también.

Rompo la tira por la mitad y le doy una palmada en el trasero, haciéndola gritar.

Luego me arrodillo en los escalones detrás de ella, la rodeo con mis brazos y juego con su clítoris un momento.

La hago estremecerse, gemir y suplicar. Se moja en mi mano, su coño está abierto, palpitante y necesitado de más.

Así que me meto dentro de ella.

Ambos gemimos. Me agarro a la barandilla de la escalera para no caerme. Está tan apretada, tan caliente, tan deliciosamente mojada, que casi me deja sin aliento.

Pero no puedo dejar que eso me distraiga. Tiene que correrse. Tiene que tener la certeza de que nadie puede alejarme de ella. Y voy a llenarla una y otra vez hasta que no le quede ninguna duda. .

Ella es mía.

—Ransome… —tiembla mientras mis caderas se frotan contra su trasero perfectamente regordete.

—¿Te gusta, cariño? —pregunto. El ángulo es perfecto. No sé por qué no se me ocurrió antes.

—Sí —murmura—. Oh, Dios, sí. Por favor… no pares.

—No voy a parar hasta que te corras —digo, adentrándome más en ella—. Una y otra… y otra vez…

—Joder —grita, todo su cuerpo tiembla de placer mientras entro y salgo de ella, una y otra vez. Cada vez más fuerte.

—Córrete para mí, dorogoya. Córrete para mí ahora mismo, joder.

Acelero el ritmo y la follo hasta que la habitación a mi alrededor comienza a difuminarse, hasta que una luz blanca se apodera por completo de mis sentidos.

—¡Joder! —grita, y el orgasmo nos recorre a ambos, ola tras ola de electricidad. Hasta que casi se desploma sobre mis ojos.

Cuando mis rodillas logran volver a soportar el peso, me pongo de pie. Luego me agacho, la levanto y la llevo al dormitorio.

La desvisto con cuidado y preparo un baño. El aroma a lavanda y vainilla inunda el aire con remolinos de perfume mientras la ayudo a entrar en el agua tibia y burbujeante.

—Relájate —le digo, dándole un beso en la frente.

—Oh, confía en mí —ronronea con un suspiro de satisfacción—. Estoy muy relajada.

—Lo digo en serio. No más trabajar fuera de horario. No más preocuparte por cosas que pueden esperar. Y no más preocuparte por Jenica —le levanto la barbilla para que me mire a los ojos—. Ty moya… —le digo antes de besarla de nuevo.

Mientras salgo del baño, ella suspira.

—Realmente necesito aprender ruso.

No te preocupes, kotyonek.

Te lo enseñaré todo.