31. Ransome
RANSOME
—Su café, Sr. Rozanov —Amara me entrega la taza humeante, con la mirada fija en la mía.
Lleva un vestido ajustado de color verde esmeralda. Claro, con esa barriga que tiene, casi todo le queda ajustado ahora. Pero, en mi opinión, eso solo realza lo sexy que se ve esperando a mi bebé. Le es imposible ocultarlo, aunque quisiera.
—Eso es todo —le digo mientras sale de mi oficina con paso elegante.
Paso la lengua por mis dientes delanteros con una sonrisa.
Algunos días odio mi trabajo. Corrección: quiero decir trabajos.
Pero hoy… hoy no es uno de esos días. A pesar de que mi agenda es un desastre de llamadas telefónicas al extranjero y reuniones con gente que solo intenta sacarme dinero simplemente porque lo tengo, sin mencionar a mi papá fingiendo que todavía forma parte del negocio de El Paso.
Pero el café está bueno. Y las vistas también son bastante buenas.
Debo admitir, sin embargo, que mi mente está divagando. Si bien anoche mi atención estaba puesta en hacerla llegar al orgasmo, en sentir su cuerpo húmedo y desnudo moverse sobre el mío, y casi hacerme llegar al orgasmo solo con la fricción, mi cerebro definitivamente estaba en otra parte.
No me gusta que su hermana pequeña vea hombres rondando por ahí. Porque, aunque le dije a Amara que era pura paranoia, no me extrañaría que Tristan tuviera ojos por todas partes.
Pero no quiero que se preocupe por eso. Amara es una mujer de armas tomar. Una madre protectora con los niños que ha tenido que criar, que ni siquiera son suyos. Y no solo eso: está esperando un hijo mío. Solo Dios sabe lo que haría si pensara que están en peligro.
Por eso voy a mandar discretamente mis hombres a que terminen con cualquiera que esté vigilando a Bella, Gianni y Eliza. Porque, a estas alturas, también son mi familia.
Ty ne trakhayesh’sya s sem’yey.
Con la familia no se juega.
Pero aún hay una pieza suelta en el tablero. Una que no puedo ver y, por lo tanto, no puedo predecir. Y eso nunca me parece bien.
Saco mi teléfono y marco el número de Maverick.
—¿Qué pasa, jefe? —responde al primer timbrazo. Aunque puedo oír el tintineo del metal mientras gruñe. Está con la cabeza metida en el motor de un coche.
—Necesito ayuda para encontrara a un tipo.
—¿Qué clase de tipo? —gruñe.
—Uno que ha estado saliendo con la mejor amiga de Amara —le digo.
—¿Te refieres a la que siempre usa sus tetas para pagar las bebidas? —pregunta con una sonrisa en su voz.
—Sí —aprieto la mandíbula—. Esa misma.
—Pensé que no te gustaba esa chica —dice mientras vuelve a girar la manivela.
—No me gusta.
—Entonces, ¿para qué molestarse? Lo más probable es que ya haya pasado a su siguiente don nadie. Este tipo de cosas desaparecen solas.
Me limpio la boca con la mano y me levanto de mi asiento. Luego me giro y miro por la ventana que da a la ciudad.
—Lo que pasa es que… lleva un tiempo con este. Lo único que Amara sabe de él es que tiene dinero y le gusta usarlo para mantenerla enganchada.
—¿Qué aspecto tiene? Haré que uno de los chicos lo espere después de una cita. Seguro que podemos ahuyentarlo si eso tranquiliza a Amara.
—No lo sé. Amara dice que es un fantasma.
—Hm —oigo que se abre una botella de cerveza—. ¿Nombre?
—Sean —respondo.
—¿Apellido? Vamos, hermano, llevo dos horas intentando arreglar un carburador. Lo último que me apetece ahora mismo es sacarte las cosas a la fuerza para conseguir respuestas sobre un tipo al que quieres que ponga en la lista de desaparecidos de Nueva York.
—Si supiera su apellido ya me estaría limpiando las manos —gruño—. Pero no lo sé. Y tampoco tengo tiempo para buscarlo. Quiero…
Mi teléfono empieza a vibrar. Lo aparto de mi oído.
Jenica está llamando.
Joder. Quiero ignorarlo, pero llevo casado con ella el tiempo suficiente para saber que es menos molesto si no lo hago.
—Escucha, te llamo después —le digo.
—¿Y mientras tanto? —pregunta.
—Simplemente… No te preocupes todavía. Ya lo resolveré.
Finalizo la llamada y acepto la otra.
—¿Sí? —me recuesto en la silla, porque de repente me siento agotado. Y solo son las ocho de la mañana.
—Bueno, hola a ti también, esposo —murmura al teléfono.
—¿Qué necesitas?
—¿Eso es todo? —insiste—. Ni un, ¿cómo estás? ¿Estás bien? Yo también te echo de menos.
—Estoy en el trabajo —le digo, enfatizando cada palabra—. Y sabes que no me gusta que me interrumpan en el trabajo.
—De acuerdo —responde secamente—. Quería preguntarte si tienes alguna camisa color burdeos que puedas usar para la fiesta.
—¿Qué fiesta?
—¿El Beaumont? —pregunta, claramente molesta. Somos dos, porque no tengo ni idea de qué demonios está hablando—Jesús, Ransome. ¿Acaso conozco tu agenda mejor que tú? Hay una fiesta esta noche en el hotel Beaumont. Con Silverstreak o como se llame.
—Silverline —la corrijo mientras me pellizco el puente de la nariz. Tiene razón. Esta noche hay una fiesta con una empresa fabricante que nos suministra los materiales para las brocas que usamos en nuestras obras.
—Da igual —dice—. Lo único que sé es que llevaré un vestido plateado de lentejuelas. Quedará bien teniendo en cuenta que vamos a cenar con hombres que venden diamantes.
Pongo los ojos en blanco.
—No venden diamantes —la corrijo. Mientras tanto, el dolor de cabeza que comienza a aparecer detrás de mis ojos está a punto de intensificarse.
—Pero son una empresa de diamantes —dice ella.
—El diamante se usa para las brocas de perforación —comienzo diciendo y luego me doy cuenta de la inutilidad de esta conversación—. No voy a usar color burdeos. Haré que me planchen mi traje negro.
—Se verá apagado —espeta—. ¿De verdad quieres verte sin brillo delante de hombres que venden diamantes?
Aprieto el puño y luego me muerdo la lengua con tanta fuerza que siento un sabor metálico en la boca.
—Ellos no… olvídalo. ¿De verdad me llamaste para preguntarme qué me voy a poner para una fiesta de negocios?
—En realidad, te llamé para asegurarme de que esta fiesta no sea como la anterior —dice.
—¿Exactamente qué quieres decir con eso?
—Sé que esto es solo un requisito de tu trabajo y que en realidad no me incumbe. Pero habrá mucha gente importante allí. Lo que significa que muchas miradas estarán puestas sobre nosotros. Lo que significa que voy a necesitar que actúes como si estuviéramos casados de verdad.
—¿Qué más da? —pregunto—. Iremos juntos. Estarás siempre a mi lado. Nos besamos, te abrazo. Ya sé cómo funciona la rutina, Jenica.
—La rutina —chasquea la lengua—. Qué romántico.
—¿Qué demonios quieres de mí? —le espeto—. Actúas como si no supieras por qué nos casamos.
—¡Y tú actúas como si no estuviéramos casados en absoluto! —grita ella.
Estoy a punto de lanzar el teléfono contra la pared, pero sé que eso solo la enfadará más. Y ahora mismo, no puedo soportarlo.
—Nos haremos un par de fotos juntos —digo entre dientes—. ¿Eso te haría feliz? ¿Mantener tu imagen intacta?
—Lo que me haría feliz —comienza diciendo—, es que no hubiera distracciones en esta cena.
—¿Qué quieres decir con eso? —pregunto. No me gusta a donde va esto. De hecho, ni siquiera me gusta cómo empezó.
—Por favor. No soy tonta, Ransome. Esto es una fiesta de Apex. Y cualquier cosa que lleve Apex en su nombre requiere de tu personal cercano. Es decir, de esa zorra que tienes alojada en la otra finca.
Chasqueo la lengua un instante. No voy a mentir. La recontratación de Amara en Apex se me había olvidado por un momento. No es que me haya olvidado de ella. Con ese vestido, con esos labios, sería imposible.
—Consideraré tu silencio como una confirmación de que asistirá —dice con una sonrisa amarga. Puedo percibirlo en su tono—. Ya lo sabía. No puedes ir a ningún sitio sin ella, ¿verdad?
—Es mi asistente personal —le digo—. Y es una cena de negocios de Apex.
—Y yo soy tu esposa. Puede que una sea más importante en la oficina, pero no olvides quién es más importante en tu vida personal. Por no hablar de tu sem’ya.
—No te preocupes —le respondo con el mismo tono que ella—. No he olvidado nada.
Cuelgo la llamada y guardo el teléfono en el bolsillo. Puede que sea mi esposa y, puede que eso forme parte de una tregua que mantiene al menos algo de paz entre los Rozanov y los Chadovich, pero mencionar la palabra familia en mi cara es una actitud bastante osada.
Sobre todo porque la mujer a la que amenaza resulta ser la portadora del linaje más antiguo de todos.