LXXIV
LXXIV
Anfiteatro de Itálica
Tauro se sentó cuando escuchó en boca de Domicia el plan que habían orquestado.
—Espero que vuestro plan, por muy descabellado que parezca, acabe bien. Esas niñas merecen justicia —dijo Tauro ensimismado.
—Saldrá bien —respondió Domicia confiando en sí misma.
Las trompetas anunciaron que se iniciaba la lucha de gladiadores.
Expositus se puso en pie, pero Tauro seguía embelesado pensando en la trama que habían ideado las matronas.
Al alzar la mirada, descubrió que uno de los esclavos que cargaban las ánforas donde la gente miccionaba lo observaba con insistencia.
En cuanto Tauro se percató de ello, el esclavo desvió los ojos de inmediato.
Expositus levantó la mano y el siervo se acercó.
El crío orinó en el ánfora. El dominus del esclavo era propietario de una lavandería y utilizaba la orina para lavar las túnicas.
No obstante, el antiguo frumentarius no le quitó ojo. Había algo que no le terminaba de encajar.
El público se puso en pie en el instante en que dio comienzo la vuelta de honor de los gladiadores.
La gente enronquecía ovacionando y animando a sus ídolos.
Las apuestas se voceaban. Algunos espectadores no podían contener su nerviosismo al tomar conciencia de que habían apostado más de lo que tenían en alguno de los combates.
—Sé que te gustan más los gladiadores, Expositus —añadió Tauro, sin perder de vista al esclavo de la orina—, pero algún día te llevaré a ver una carrera de cuadrigas. Eso sí que es un espectáculo de verdad.
Durante toda la tarde, los mejores gladiadores de Hispania se dieron cita en la arena de Itálica.
Primero combatieron los gregarii , los gladiadores menos experimentados, para, poco a poco, dar paso a los secunda y prima palus , los mejores luchadores de la escuela de gladiadores de Hispania.
Hasta que llegó el turno de Vettius, el gladiador que Expositus tanto ansiaba conocer, el cual se enfrentaba como reciario, portando red y tridente, a Sperchius, el mejor secutor de Augusta Emerita.
Expositus sacó su espada nueva del cinturón y se puso en pie en su asiento. Domicia y Tauro se miraron; por primera vez mostraba algo parecido a la emoción.
Vettius empezó atacando con su tridente el casco redondeado de su adversario, en una combinación de golpes veloces, tratando de impresionar a su rival.
Sperchius también enseñó las garras desde el principio.
A pesar de que conocía la experiencia y destreza de su rival, no se dejó amedrentar.
Vettius hizo uno de los movimientos que más le gustaban: quería finalizar rápidamente el combate.
Golpeó con su tridente, con mucha fuerza, la parte de abajo del escudo de su oponente; por la inercia del golpe, la defensa de su rival se abrió por arriba e intentó meter la punta de su arma por el hueco para arrancarle el escudo, en una combinación muy veloz.
Pero Sperchius pudo mantenerlo firme, ante la ovación del público, y contraatacó con su arma.
El combate estaba resultando muy vistoso desde los primeros golpes.
Expositus estaba pendiente de todos los movimientos de los gladiadores.
—¿Has visto ese ataque? —preguntó Tauro fingiendo entusiasmo, sin poder discernir en el rostro del muchacho si estaba disfrutando del duelo.
Vettius continuó con su estrategia de poner nervioso a su rival.
Con el tridente siguió lanzando golpes al casco de Sperchius, muy seguidos, pequeños pero incisivos.
Cuando su rival se impacientó y se echó a un lado para contraatacar, dejó un enorme hueco en su defensa.
Vettius atacó. Su estrategia le salió perfecta.
El costado de Sperchius sufrió el primer tajo y eso enardeció más a la multitud.
El summa rudis , el árbitro del combate, intervino, metiendo la vara entre ambos para ver si Sperchius podía seguir luchando.
No hizo falta preguntar al público: el rival de Vettius se encontraba herido, pero podía continuar combatiendo.
Tauro celebró que los gladiadores no se rindieran.
—No había visto nunca un combate igual —dijo buscando con la mirada al esclavo que cargaba el ánfora y tratando de arrancar alguna emoción a Expositus, quien por primera vez hizo un gesto de resignación.
El duelo prosiguió. Sperchius aprovechó el momento de descanso para infundirse coraje.
Debía ser más contundente. Vettius quería aprovechar la superioridad mostrada hasta ese instante y empezó atacando de un modo distinto.
Se acercaba a su contrincante, tratando de arrinconarlo con movimientos muy rápidos.
Sperchius, por su parte, sacaba y escondía su gladius .
Vettius cambió el ataque, lanzando la red en busca del cuerpo de su rival, pero el lanzamiento no fue certero y apenas lo molestó.
A continuación, atacó con el tridente para arremeter contra el escudo de su enemigo.
Sperchius esperaba ese movimiento y, con unos reflejos asombrosos, agarró el tridente de Vettius entre el costado de su cuerpo y el brazo, neutralizando el arma.
Tiró del tridente de su rival, acercándolo a él.
Vettius trató de contraatacar con su puñal, pero Sperchius fue más ágil y encontró con su espada el costado de su oponente; eso provocó que cayera al suelo con la primera de las heridas.
El impacto fue tan contundente que levantó un grito de asombro entre el público.
Vettius se irguió tratando de recobrar el ánimo. Sperchius vio su oportunidad y le lanzó varios golpes hasta que el hierro de su arma halló el estómago del retiarius y le abrió un enorme tajo.
—¡Por Baco! —gritó el hombre sentado al lado de Tauro—. Es la primera vez que veo cómo alguien encuentra dos veces el cuerpo de Vettius.
El público enmudeció. La sangre del gladiador y la sorpresa de ver que, por primera vez, Vettius iba a perder un combate, hicieron que se levantaran de sus asientos.
El retiarius alzó el dedo índice, señalando el cielo de Itálica, haciendo ver a su rival que se rendía y esperaba el favor del público. A pesar de que el combate había sido breve, había luchado con coraje.
El público cubrió las gradas de pañuelos blancos, indicando que le perdonaban la vida, y Expositus volvió a sentarse, negando con la cabeza y con la mirada perdida. Como si estuviera decepcionado.
Los espectadores comenzaron a abandonar las gradas. El día de espectáculos había llegado a su fin. El atardecer cedía paso al ocaso, mientras una bandada de pájaros cruzaba el anaranjado cielo.
Tauro buscó al esclavo de nuevo, pero no lo encontró.
Estaba convencido de que se trataba de otro hombre enviado por Julia Mesa.
Quizá su mente estaba demasiado obsesionada, pero algo en su interior le decía que hasta que uno no acabara con el otro, no encontraría descanso.
En ese momento imitó a Expositus y se sentó.
Para su asombro, el chico exhaló un profundo suspiro y, sin mediar palabra, dejó caer la espada de madera al suelo. Antes de que Tauro pudiera reaccionar, el muchacho se aferró a su hombro, en un abrazo inesperado, dejándolo desconcertado.
—Ya no quiero ser gladiador —dijo el chico.
El antiguo frumentarius se encontró con la mirada emocionada de Domicia.
—Claro, Expositus, puedes ser cualquier otra cosa. Lo que tú quieras. ¿Qué te gustaría ser?
Expositus levantó la cabeza y miró a Tauro a los ojos.
—Quiero ser como tú.