Epílogo
Corduba Destacamento Auxiliar de la VII Gemina Cinco días antes de la Saturnalia
—¿Cuánto tiempo lleva esperando? —preguntó el ayudante del centurión cuando regresó al puesto de guardia.
—Más de un día, mi optio —respondió el legionario—. Ha dicho que no se moverá hasta presentar una denuncia.
—Una esclava no puede realizar una demanda contra un ciudadano.
—Lo sabe, pero según me ha dicho, la gravedad de lo que quiere anunciar la obliga a estar aquí.
—He visto esto más veces. Querrá denunciar que su dominus la ha violado o que la ha golpeado. —El legionario rio—. Déjala hasta que se canse y se vaya.
Al día siguiente, la joven seguía plantada en la puerta del destacamento de la legión.
El optio suspiró, al enterarse de su reaparición.
—Que se quede ahí una hora y luego dile que pase. Veamos qué es eso tan importante que desea manifestar.
—Esclava —comentó el legionario—, acompáñame.
La sierva se levantó. Tenía los músculos entumecidos debido a las largas horas aguardando.
El legionario la condujo al destacamento auxiliar, que se encontraba junto a la muralla, hasta llegar a la sala donde estaba el ayudante del centurión.
—¿Qué es eso tan importante que quieres denunciar?
—preguntó el optio , sin rodeos, como si la insistencia de aquella esclava lo molestara—.
Como deberías saber, una esclava no puede presentar una demanda contra un ciudadano.
Así que di lo que tengas que decir y márchate. No me hagas perder el tiempo.
—Me gustaría poder exponerla ante el centurión.
El optio hizo un gesto de impaciencia.
—Podemos hacer dos cosas: puedes hablar conmigo o puedo obligarte a limpiar la mierda de las alcantarillas durante el resto de tu vida. Tú decides.
La esclava dudó, pero al final comenzó a hablar.
—Quiero denunciar el posible asesinato del gobernador de la Bética.
—Continúa —comentó sorprendido.
Cuando aquella mujer terminó de relatar su historia, el optio salió de la habitación y fue a buscar al centurión.
Marcio le lanzó una mirada de preocupación a su ayudante en cuanto lo vio entrar en su tienda. Tenía la frente perlada de sudor.
—Será mejor que vengas, mi centurión.
—¿Qué ocurre?
—Es mejor que lo escuches con tus propios oídos.
Marcio dejó los documentos en los que estaba trabajando y siguió a su ayudante.
—Habla —ordenó el optio a la sierva—. Cuéntale otra vez todo al centurión.
—Mi señor, tengo razones para creer que mi ama, Plautia, la esposa del futuro gobernador, está intentando envenenar a su marido.
Marcio observó con incredulidad a su ayudante.
—Es como si estuviera fascinada por algún tipo de hechizo. Es por eso por lo que he venido a denunciarlo.
—¿Qué pruebas tienes?
—Yo misma, mi centurión, he sido obligada a preparar el veneno por orden de mi domina .
—¿Qué clase de veneno?
—Unas hierbas cuyo nombre desconozco, porque no me fue revelado, y que hay que cocinar mezcladas con vino, mi señor.
Marcio miró al optio . Aquella era una acusación muy grave. La ley era muy severa con los crímenes por envenenamiento.
—Si lo que dices no es cierto, podemos condenarte a muerte.
—Mi señor, tenéis que creerme. Si vais ahora mismo, podréis descubrir a algunas mujeres cocinando el veneno.
—Pero ¿hay más?
—Así es, mi centurión. Mi domina ha convencido a las matronas de Sucaelo, de Urgao y de otros municipios para que también asesinen a sus maridos. Yo misma estuve presente. Fue durante los ritos de la Bona Dea.
—¿Cuántas?
—En total, ciento setenta mujeres. Era como si estuvieran hechizadas por los mismísimos dioses. Como si a través de ellas quisieran castigarnos por alguna ofensa que hemos cometido.
—¿Cuándo piensan hacerlo?
—Por eso he venido, mi señor. Sé que lo harán en el foro, durante el banquete público de la Saturnalia.
Marcio pensó en las niñas secuestradas que acababan de rescatar en Ipora y de las que le habló Tauro. No podía ser una casualidad; aquello tenía que estar conectado.
—¿Has oído hablar de un hombre llamado Tauro? ¿Crees que es él quien las ha instigado?
—Fue en los ritos de la Bona Dea, mi señor. Los hombres tienen prohibido el acceso.
—Quizá fue su esposa. ¿Has oído el nombre de Domicia Iucunda?
La sierva se quedó pensativa, negando con la cabeza.
—No, mi señor, nunca he oído ese nombre. Ni la he visto por la casa de mi ama.
—Que se prepare una centuria. Saldremos al amanecer en marcha forzada para llegar en cuatro días. No hay tiempo que perder.
Marcio se volvió hacia ella.
—Esperarás aquí. Si por alguna razón todo lo que has contado es mentira, serás flagelada en público hasta la muerte.
—Lo que digo es cierto, mi centurión.
—Ya lo veremos. Dadle de comer y de beber.
Marcio hizo amago de salir, pero antes se giró hacia la esclava.
—¿Cuál es tu nombre?
La sierva levantó la mirada.
—¿Es necesario? —preguntó.
El centurión pestañeó sorprendido:
—Te he hecho una pregunta, esclava.
Hasta ese momento se había mostrado sumisa, pero en ese momento alzó los ojos y pronunció su nombre con orgullo:
—Elia.