Innocentia LXXIII
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LXXIII

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Sucaelo

—Repite lo que acabas de decir, centurión —exigió Tito Papirio sin dar crédito.

Marcio lo repitió:

—Que hoy ciento setenta matronas planean envenenar a sus maridos.

Plautia bajó la mirada hacia la copa de vino que Tito le había devuelto. Estaba a la mitad. Su marido apenas había bebido durante la jornada. Tenía dudas. Al alzar la cabeza, se encontró con la mirada fría de Marcio.

—Eres la mujer del futuro gobernador. ¿Tienes algo que decir?

Plautia mantuvo la voz serena, aunque el peso de sus palabras casi la quebraba.

—Estoy igual de perpleja que todos mis conciudadanos.

—¿Aseguras que no hay ningún complot contra vuestros maridos?

—¿Por qué habría de haberlo?

Tito Papirio la miró con una frialdad que le heló el alma.

—¡¿Alguna de vosotras tiene algo que declarar?! —gritó el centurión dirigiéndose a todos los presentes.

El silencio retumbaba en el foro.

—Bebe —ordenó Tito Papirio acercándose a su esposa—. Centurión, si estas mujeres no tienen nada que esconder, exijo que mi mujer beba.

Plautia levantó el rostro con aparente calma.

—Centurión, ¿no es curioso? Si hemos envenenado a nuestros maridos, ¿por qué ninguno de ellos ha muerto todavía?

Marcio vaciló, considerando la posibilidad de que el veneno tuviera un efecto retardado.

Entonces, Vitruvia dio un paso al frente.

—Si ella bebe, yo también lo haré. No tenemos nada que esconder.

—¿Alguien más? —preguntó Tito Papirio desafiando a las demás mujeres.

Una a una, un gran número de mujeres se adelantó, pero Marcio las detuvo con un gesto.

—Con dos será suficiente. Si no tenéis nada que ocultar, bebed el contenido de vuestras copas.

Plautia cruzó una mirada con Vitruvia. Casi al mismo tiempo, ambas vaciaron sus vasos.

Marcio suspiró. Si aquellas mujeres hubieran sido culpables, se habrían arrepentido en el último momento. Maldijo para sus adentros por haber confiado en la palabra de una esclava y se dispuso a retirarse, seguido de sus hombres.

Fabio, sin embargo, permaneció inmóvil. La boca seca y el corazón desbocado lo paralizaban.

Levantó su copa con intención de apurarla, pero algo lo detuvo.

Miró a su esposa; su rostro serio lo inquietaba.

¿Y si era cierto? Dejó la copa sobre la mesa y, en lugar de vino, se sirvió agua.

Otros hombres lo imitaron, eligiendo la prudencia.

Tito Papirio seguía observando a Plautia. Había algo en su mirada que confirmaba sus peores temores.

—¿Cuándo decidisteis hacerlo? —preguntó al fin.

Plautia entendió que no tenía sentido seguir fingiendo.

—¿Cómo lo has sabido?

—Por dos razones. Primero, porque el centurión ha mencionado los municipios que hoy están aquí presentes.

Es imposible que lo supiera salvo que alguien se lo hubiera confesado.

Y segundo, porque ha dicho exactamente «ciento setenta matronas».

No puede ser casualidad que esa cifra coincida con la de las niñas que fueron secuestradas y enviadas a Roma.

Mientras hablaban, Fabio comenzó a llevarse las manos al vientre.

Al beber agua, un sabor metálico y extraño invadió su garganta.

Náuseas violentas lo doblaron mientras un ardor abrasador se extendía por el estómago.

Un sudor frío le cubrió la frente y el dolor en sus entrañas creció como cuchillas desgarrándolo desde dentro.

Se inclinó hacia delante y, mezclado con sangre, vomitó cuanto tenía en el estómago.

Menfis, su amante, estuvo tentada de ayudarlo, pero dejó que se retorciera entre estertores al recordar que él había sido el culpable de la muerte de su hija.

Uno tras otro, los hombres comenzaron a mostrar los mismos síntomas. El foro, antes lleno de vida y celebración, se convirtió en un escenario de gritos y sufrimiento.

Tito Papirio observó el caos que lo rodeaba. Por donde mirara, los hombres caían al suelo entre espasmos y resuellos. Volvió la mirada hacia Plautia.

—¿Por qué lo has hecho? —preguntó sin dar crédito—. Podrías haberlo confesado antes de tomar el veneno.

Plautia lo miró y se dirigió a su esposo con la voz rota:

—Nuestro hijo, Parvus, tiene toda la vida por delante. Pero yo no puedo seguir viviendo sin dos de las personas que más he amado: nuestra hija... y tú. Por eso he tomado el veneno.

Tito intentó acercarse, pero ella lo apartó con un gesto firme.

—Acabemos con esto —dijo Tito en un susurro—. ¿Cómo hace efecto?

—El veneno estaba mezclado en el vino, pero la miel lo neutraliza. Sin embargo, al beber agua, por alguna razón que desconozco, se extiende y se vuelve letal.

Plautia cogió dos copas con agua y le ofreció una a su esposo.

—Ya no hay nada que lo detenga. Está en nuestros cuerpos.

Tito bebió el agua de un trago.

—A pesar del monstruo que piensas que soy, si viviera mil vidas jamás amaría a una mujer tanto como te he amado a ti.

Plautia vació su copa.

—Nadie sabe lo que es amar a un hombre hasta lo indecible y despreciarlo con la misma intensidad. No sé lo que los dioses me depararán en el futuro, pero si existe otra vida, como consecuencia de tus actos, ya habría colmado el espacio destinado al odio.

Cuando Marcio regresó al foro tras los gritos de alarma, se encontró con un espectáculo aterrador.

La plaza, antes llena de música y alegría, ahora era un campo de cuerpos retorciéndose o inertes.

Los hombres iban pereciendo aquejados, al parecer, de la misma súbita enfermedad.

Se fijó en los rostros de las mujeres; no había un ápice de compasión.

Se acercó al lugar donde se había despedido del futuro gobernador; allí, junto al cuerpo de Vitruvia, la otra mujer que había bebido, encontró a Tito Papirio y a Plautia sin vida.

Un mes después, la noticia corría por todos los rincones de la ciudad.

Menfis salió de su casa con rapidez. Como era habitual, se detuvo un instante frente al punto exacto donde en su día encontró el cuerpo sin vida de Pompeya, su hija.

Tras un suspiro cargado de recuerdos, se dirigió al foro.

Todos los ciudadanos estaban allí congregados.

Un mensajero imperial tenía la tarea de clavar en una de las paredes de la Curia, sede de los duunviros, un edicto con la resolución final del Senado de Roma.

Los nervios atenazaban a Menfis y el silencio que se apoderó del lugar se hizo tan denso que casi podía palparse cuando vieron al funcionario dirigirse al centro.

Justo allí, un mes antes, ciento sesenta y ocho matronas habían sido arrestadas por orden del centurión, acusadas de envenenar a sus maridos.

Menfis se había librado de ser apresada porque no tenía esposo y entendieron que no tenía a quien asesinar; sin embargo, fue ella, y no la esposa de Fabio, quien preparó el veneno y lo vertió en la copa de su amante.

Desde el día de los fatídicos hechos, los asesinatos de los ciento setenta hombres en la provincia de Hispania eran el principal tema de conversación en todo el Imperio.

La conmoción fue tal que Lucio Mario Máximo, cónsul de Roma y hombre de confianza del emperador Alejandro Severo, tomó las riendas del asunto.

Ordenó que los flamen dialis , sacerdotes principales de la ciudad, junto con un grupo de senadores y juristas, deliberaran sobre el destino de las mujeres acusadas.

Aquella mañana, la ciudad conocería al fin la condena que les esperaba.

El foro hervía. La ansiedad colectiva era de tal magnitud que los ciudadanos rodearon al funcionario, impidiendo que realizara su labor. Los empujones y los gritos de impaciencia crecían por momentos. Menfis, entre la multitud, alzó la voz:

—¿Alguien puede leerla en alto?

El funcionario imperial, poco acostumbrado a tales interrupciones, dudó un instante. Sin embargo, comprendió que calmar la tensión era imprescindible. Con un gesto solemne, desenrolló el edicto y, tras pedir silencio, comenzó a leer la decisión del Senado:

—Este año infausto nos ha arrebatado a ilustres hombres, envenenados por un acto que no encuentra precedentes en nuestra historia.

Lo anómalo de los hechos solo puede atribuirse a una alteración del orden divino, encargado de regir nuestro destino.

Para determinar este fallo ha sido imprescindible la declaración de Marcio, el centurión de la VII Gemina, que fue testigo de la demencia que gobernaba en los ojos de las mujeres que cometieron estos actos.

En consecuencia, este Senado decreta que el comportamiento insólito de ciento setenta matronas no puede considerarse un crimen, sino una señal prodigiosa.

Por tanto, no podemos aplicar la lex Cornelia contra sicarios y envenenadores.

Declaramos que los acontecimientos ocurridos en la provincia Bética son un prodigio, y no de una maldad premeditada.

El funcionario hizo una pausa y continuó leyendo:

—Este Senado condena a Sucaelo y a los otros municipios, culpables de una manifestación de locura colectiva y únicos responsables visibles, a someterse al acto expiatorio del clavus figendus .

Quinto Pomponio, renombrado gobernador de la Bética, será el encargado de fijar un clavo de hierro en la pared del templo de Júpiter.

Este acto apaciguará a los dioses en estos tiempos de crisis, simbolizando la restauración del orden, la estabilidad y el control sobre el caos, reforzando así el vínculo entre lo humano y lo divino.

La plaza estalló en gritos, tanto de apoyo como de indignación.

Los empujones se intensificaron y varios altercados se desataron entre los presentes.

Algunos coreaban el nombre de Sucaelo, mientras que otros maldecían a su ciudad, clamando justicia por los padres, hermanos o amigos que habían perdido.

Menfis, entre el tumulto, ahogó un grito de satisfacción. Mientras el clamor y el caos la envolvían, alcanzó a escuchar cómo el funcionario leía la última sentencia, cuya decisión hizo que diera gracias a los dioses:

—En nombre del Senado y del Pueblo de Roma: se decreta la inmediata liberación de las mujeres arrestadas y la plena restauración del honor de las ciento setenta matronas acusadas, para que su memoria quede libre de mancha y su dignidad sea devuelta conforme a los dictados de la justicia y la voluntad de los dioses.