LXXII
LXXII
Anfiteatro de Itálica (Santiponce)
Con motivo de la Saturnalia, aquella jornada los juegos en el anfiteatro de Itálica atrajeron a una multitud de más de treinta mil almas, ávidas de emociones.
Desde el amanecer, la ciudad hervía de actividad.
Los caminos se llenaron de ciudadanos y viajeros de todas partes, ansiosos por disfrutar de los espectáculos.
El aire estaba impregnado del olor a carne asada, especias y vino, mientras los gritos de los vendedores ambulantes resonaban unos por encima de otros, ofreciendo sus mercancías: pequeñas figurillas de gladiadores articulados en hueso, espadas de madera y lucernas decoradas con los nombres de los combatientes más famosos de Hispania.
Desde el día que Tauro consiguió salvar a Expositus, el muchacho no había pronunciado una sola palabra.
Parecía habitar en un lugar propio, ajeno a todo cuanto lo rodeaba.
Ni siquiera mostró ninguna emoción cuando ese día cumplió su sueño: acudir al anfiteatro a ver a los gladiadores.
O cuando Domicia le compró una nueva espada de madera.
Incluso al entrar, los gritos de las apuestas y las conversaciones animadas de los espectadores no lograron provocarle ninguna reacción.
La pareja y el crío se acomodaron en las filas superiores, pues a Domicia, por ser mujer, le estaba prohibido ocupar las gradas más bajas.
Sin embargo, Tauro no deseaba contemplar el espectáculo sin ella, de modo que, aunque aquello no era lo habitual, acompañado de Expositus, tomó asiento junto a su esposa.
La mañana comenzó con las exhibiciones de animales, un espectáculo destinado a maravillar a los espectadores.
Leones, leopardos y aves exóticas desfilaron por la arena mostrando destrezas que arrancaron vítores del público.
En un instante, un león depositó con los colmillos una liebre viva en el suelo, sin dañarla, una demostración que hizo que Domicia se levantara entusiasmada, mirando al muchacho con la esperanza de conseguir una respuesta, por débil que fuera.
Pero Expositus no hizo ningún movimiento.
Más tarde llegaron las venationes , las luchas entre fieras.
El público contuvo el aliento cuando un toro y una pantera, atados por una correa, comenzaron a destrozarse en su intento por liberarse.
Los rugidos y bramidos de las bestias llenaron el anfiteatro, mientras el polvo y la sangre empezaban a teñir la arena.
Domicia apartó la mirada. Tauro gritaba y vitoreaba con emoción, incluso intentó que Expositus apostara por la pantera.
Pero el muchacho permaneció inmóvil, con el rostro imperturbable.
A la hora del almuerzo, la multitud se dispersó entre los puestos de comida del exterior o sacó los manjares que habían traído de su casa.
Tauro, entusiasmado, regresó a su asiento con un cuenco de terracota.
El recipiente contenía tortilla de leche con miel, el plato favorito de Expositus, que desprendía un aroma peculiar que atrajo la atención del hombre sentado junto a él, que, con la única compañía de un pellejo de vino, lo miraba con un hambre evidente.
—He comprado tu comida preferida —anunció Tauro sonriendo.
El niño observó el plato y desvió la mirada sin intención de probarlo.
Tauro miró el cuenco.
—Si tú no comes, yo tampoco —añadió, para acto seguido ofrecérselo al hombre que tenía al lado.
El desconocido aceptó el plato con avidez, relamiéndose de antemano, y, a cambio, le ofreció a Tauro su pellejo de vino. Este le echó una mirada y negó con la cabeza, agradecido.
Domicia contemplaba todo con una sonrisa cómplice. En ese preciso instante, reconoció a su esposo y comprendió que su marido había vuelto. Al observar sus gestos, su actitud, la fidelidad con los suyos, reconocía al hombre que, tantos años atrás, había conquistado su corazón.
En ese momento dio comienzo la damnatio ad bestias . Los criminales, ladrones y cualquier persona que hubiera cometido un delito penado con la muerte recibían su castigo en el anfiteatro.
Cuando pasaron dos horas de ejecuciones, llegó el último de los condenados.
Un hombre cuya figura enorme y poderosa fue reconocida al instante por Tauro y Expositus: Foedus, el hijo gigante de Orbiana.
Los tres guardaron silencio. Expositus se removió, incómodo, en su asiento.
Tauro lo atrajo hacia sí y lo rodeó con un brazo, apretándolo contra su pecho, como si quisiera resguardarlo de lo que estaban a punto de presenciar.
Luego alzó la mirada hacia la arena. Aquella era una de las razones que los había llevado al anfiteatro: sabían que el gigante sería condenado ese día y querían presenciar cómo se hacía justicia.
Foedus levantó de sus asientos a muchos de los espectadores, impresionados por su tamaño, pero sobre todo ansiosos por arrojarle fruta podrida, insultos y toda clase de restos de comida.
Al escuchar del praeco , el hombre encargado de anunciar los espectáculos, el crimen por el que había sido condenado, la multitud coreó el motivo de su condena:
—¡Secuestró a veinte niñas y violó hasta matar a su propia madre!
El gigante estaba asustado. Llevaba los pies y las manos atados de forma excesiva, por miedo a que se liberara, y todo su cuerpo se hallaba cubierto de cadenas. Pero, incluso tras aquella apariencia, seguía imponiendo.
Una cruz lo esperaba en el lado más próximo al pulvinar , el palco de honor.
Varios operarios tuvieron que golpearlo en las piernas para lograr tumbarlo.
Cuando lo consiguieron, lo colocaron sobre la cruz.
Tres hombres fueron necesarios para llevar el primero de los brazos a su sitio.
Foedus no gritó cuando el clavo atravesó su muñeca, rasgando músculos, tendones y huesos hasta hallar la madera al otro lado.
Tampoco lo hizo con el segundo clavo, ni mucho menos cuando fue el turno de los pies.
Una vez fijado, le quitaron las cadenas y abrieron varios cortes profundos en su pecho para que sangrara. Entre diez hombres levantaron la cruz hasta que se sostuvo en posición vertical.
Entonces ocurrió algo que sobrecogió a todos los espectadores, incluidos Tauro y Domicia, pero no a Expositus, que no mostró emoción alguna. La arena del anfiteatro se abrió y, de sus entrañas, emergió un inmenso oso negro.
—¡Por todos los dioses! —gritó Tauro abrazando a Expositus—. ¿De dónde ha salido esa bestia?
El niño no respondió.
El animal, de espaldas a Foedus, se alzó sobre sus patas traseras y olfateó el aire.
El gigante intentaba liberarse de los clavos, tirando con fuerza, pero los operarios, al clavarlos, habían doblado las puntas al otro lado de la madera, haciendo imposible que salieran.
Cuando el oso olió la sangre, se giró y, con una rapidez que sorprendió a todos los presentes, corrió hacia su presa. Al llegar, se detuvo y comenzó a gruñir, caminando de un lado a otro, girando sobre sus pasos y midiendo a su adversario.
Los bufidos resonaron por todo el anfiteatro. De repente, el oso lanzó su primer ataque: un golpe devastador con las garras delanteras. El zarpazo fue tan feroz que el pecho de Foedus quedó desgarrado, dejando al descubierto gran parte del esternón.
A continuación, el oso lanzó varios mordiscos a los brazos y las piernas. Los gritos del gigante contrastaban con los vítores del público. Finalmente, los colmillos del animal se clavaron en el cuello del hombre. La sangre tiñó el hocico del oso, y cuando rugió, ofreció un aspecto aterrador.
En poco tiempo, el cuerpo de Foedus quedó irreconocible. Las entrañas yacían esparcidas por la arena, los brazos apenas sostenían lo que quedaba de su torso y las piernas colgaban destrozadas, inertes, mientras la sangre empapaba la arena del anfiteatro.
Domicia hacía rato que había dejado de mirar.
—Sé que se lo merece, pero no puedo evitar sentir que una pena así es excesiva —dijo la patricia.
Tauro suspiró y respondió:
—Lo único que lamento, Domicia, es que después de todo lo que ha ocurrido, de todo el dolor que han causado, solo este pobre desgraciado padezca la condena de pagar por tanto sufrimiento.
Me resulta injusto pensar que hay otros hombres que merecen un castigo igual o mayor, pero solo el gigante y su madre han encontrado la muerte.
Domicia sonrió.
—¿Estás seguro?