LXXI
LXXI
Sucaelo
A mediados de diciembre, la ciudad de Sucaelo se encontraba engalanada para recibir la Saturnalia.
Era la fiesta favorita de los romanos. La ciudad parecía intentar, poco a poco, librarse de la tristeza que había inundado sus calles durante ese año, pero la nostalgia seguía latente en gran parte de la población.
Solo en aquellas casas que no habían perdido a una de sus hijas se disfrutaban los festejos: los esclavos intercambiaban bromas con sus amos, y las familias reían juntas alrededor de interminables banquetes.
El intercambio de pequeños regalos, como velas que simbolizaban la luz renacida, muñecos de terracota o figurillas de arcilla adornadas con hojas entrelazadas, se realizaba como muestra de afecto.
Las calles lucían ornamentadas. Guirnaldas de laurel, hiedra y pino colgaban de las puertas de las casas y los pórticos de los templos; coronas de flores y hojas verdes decoraban estatuas y altares.
Lámparas de aceite y velas de cera de abeja iluminaban las vías, creando un cálido resplandor.
Incluso en el aire podía sentirse el aroma a incienso y especias.
Por todos los rincones resonaba la algarabía de la música y los gritos de celebración.
Esa mañana, toda la ciudad se había dado cita en el foro para ser testigo de la ceremonia en honor al dios Saturno y acudir al banquete público.
Incluso las mujeres de Urgao, Singilia Barba 1 o Tucci 2 acudieron aquel año a disfrutar de la fiesta en la ciudad del futuro gobernador.
Todos llegaron con platos cocinados y vino de sus hogares para celebrar la jornada festiva.
Entre todos esos ciudadanos también estaban las ciento setenta mujeres que habían perdido a sus hijas, acompañadas de sus maridos.
Plautia paseó por el foro, buscando entre la multitud a las matronas que, como ella, habían tomado la decisión más difícil de sus vidas.
A pesar de la repulsión que sentía hacia Tito Papirio, había pasado las dos últimas semanas esforzándose por mantener una actitud medida: ni demasiado cercana ni demasiado distante.
No podía permitirse que él sospechara. Sin embargo, en su interior albergaba una inquietud constante: ¿habrían cumplido todas las mujeres la promesa que hicieron bajo el manto de la Bona Dea?
Una a una, todas ellas le hicieron el gesto convenido, asegurándole que todo estaba listo, que cada detalle se había dispuesto tal como lo habían planeado.
Solo entonces, Plautia dejó escapar un suspiro breve.
Se consintió un atisbo de calma; estaba convencida de que, por fin, todo saldría según lo previsto.
El foro hervía de vida. Gente de todas partes se había congregado para los festejos de la Saturnalia.
Las mujeres se agruparon mientras sus maridos charlaban.
Cuando el sacerdote realizó la ofrenda en honor al dios Saturno, cada una tomó una copa de mulsum , vino mezclado con miel, y se la ofreció a su esposo.
En un gesto al unísono, los hombres de Sucaelo alzaron sus vasos y bebieron, excepto Tito Papirio, demasiado nervioso.
El futuro gobernador permanecía inmóvil y con el semblante tenso.
Aunque su relación con Plautia había mostrado señales de mejoría, sabía que algo en ella había cambiado, algo que no lograba descifrar.
Además, una preocupación más inmediata lo atormentaba: Aurelio Carisio.
Desde hacía casi un mes no tenía noticias de él.
Aquello lo enfurecía tanto como lo preocupaba.
Lo enfurecía porque, con todo lo que estaba en juego, su ausencia era incomprensible; y lo preocupaba exactamente por la misma razón.
—¿Te pasa algo? —preguntó Plautia.
—¿Por qué lo preguntas? —contestó su marido.
—No has probado el vino.
Tito observó su copa y, justo cuando iba a beber, Fabio Balbo lo interrumpió.
—Gobernador.
Muchos ciudadanos ya lo llamaban por el título que estaba a punto de recibir para ganarse su favor.
—Dime, Fabio.
—Me gustaría tratar un asunto en privado.
—Hoy no es el día. En la Saturnalia no se pueden cerrar negocios.
—Es sobre una petición que me hiciste.
Plautia fingió alejarse, pero no perdía de vista a su esposo.
—Es sobre Aurelio Carisio. Aprovechando mi visita a Hispalis, acudí, tal como solicitaste, a su domus . Sus esclavos me dijeron que había salido de viaje hace cerca de un mes y aún no ha vuelto.
Tito lo miró con preocupación.
—Además —continuó Fabio—, como también tengo negocios en Corduba, acudí allí y visité a varios de sus clientes, pero nadie lo ha visto. Es como si se lo hubiera tragado el mismísimo dios Saturno, al que hoy veneramos.
Hizo una breve pausa antes de añadir, con gravedad:
—Pero eso no es lo peor. Han encontrado con vida a unas veinte niñas en la villa de Ipora... y ninguna ha sido mancillada. Los hombres más influyentes de la ciudad han señalado a Aurelio. Aseguran que los amenazó para obligar a cada uno de ellos a entregarle a una hija.
El inminente gobernador de la Bética hizo un gesto dando por terminada la conversación.
Todos los habitantes de Sucaelo comenzaron a disfrutar de la fiesta al son de la música.
Poco a poco, los patricios se mezclaban con los conciudadanos de menor rango social.
Los niños corrían unos con otros. Las plebeyas bailaban.
Los hombres comían y brindaban una y otra vez, y ellas lo hacían con passum , un vino dulce hecho de pasas, de muy baja graduación, para evitar el estigma que causaba verlas beber en público.
La jornada dio paso a la tarde y, de repente, en uno de los accesos al foro, el bullicio se silenció de golpe y, como una ola, la mudez se extendió por toda la plaza.
La música cesó y las risas se detuvieron cuando los habitantes vieron en el centro del foro, donde se hallaban las mesas con comida y bebida, a Marcio Flavio, centurión de la VII Gemina, secundado por una centuria de legionarios.
Tito le pasó su copa a su esposa para dirigirse al gobernador.
—Soy el próximo gobernador de la Bética. ¿Qué sucede? —preguntó Tito Papirio.
—He recibido una demanda de algo muy grave que está ocurriendo aquí —respondió el centurión.
—Debe de ser una acusación muy seria. No se pueden presentar demandas en la Saturnalia.
Marcio paseó entre las mesas de comida y bebida.
—Fue cursada cinco días antes de la fiesta.
—¿Por quién y de qué se nos acusa?
Marcio observó los rostros de las mujeres.
Algunas estaban nerviosas, otras rezaban en silencio.
Plautia pensó en Domicia y deseó con todas sus fuerzas que hubiera estado allí en ese momento.
Su presencia siempre la llenaba de sosiego.
También pensó en Elia. Era evidente que había cumplido su parte. Ahora era su turno.
—Centurión —dijo Tito Papirio perdiendo la paciencia—. Te he preguntado por el motivo de la acusación y la razón que impide a mis conciudadanos disfrutar de la fiesta.
Marcio Flavio continuó caminando, examinando las caras y los gestos de los presentes, tratando de ver algo fuera de lo normal.
Quizá debería haber ignorado la acusación que había recibido tan solo cinco días antes, más aún teniendo en cuenta quién la presentó.
Pero su instinto le decía que era cierta y la tensión que percibía en algunas miradas lo confirmaba.
—¡Centurión! Como gobernador, exijo una explicación.
Marcio lo miró con calma y respondió:
—Aún respondo a Quinto Pomponio, así que aquí las preguntas las hago yo. Hace cinco días —añadió Marcio— recibimos una acusación por parte de una esclava.
El foro estalló en protestas. Era inadmisible que un esclavo presentara una denuncia directa contra ciudadanos romanos.
—¿Y por qué se tomó en cuenta? —preguntó Tito asombrado.
—Porque era la esclava de una matrona que está aquí presente.
El murmullo creció en intensidad. Marcio levantó la mano, pidiendo silencio, y añadió:
—Y porque la acusación no fue contra sus amos, sino contra todas las matronas de Sucaelo, Urgao y los municipios aquí reunidos.
El desconcierto se convirtió en un clamor de voces.
—¿Qué clase de acusación es esa? —insistió Tito.
Marcio los miró con dureza.
—La denuncia nos alertaba de que hoy ciento setenta matronas planeaban envenenar a sus maridos.