Innocentia LXX
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Termas de Ipora

Tauro salió cojeando del establo. Se detuvo cuando vio el polvo del camino, a lo lejos, revelando la presencia de un grupo que se acercaba en dirección a la villa. Supuso que eran los hombres de Marcio. No había tiempo que perder.

Tenía que encontrar a Expositus.

Se dirigió a la casa y se detuvo en las escaleras que llevaban a la planta superior. Era bastante improbable que estuviera arriba.

Aquilio había cosido, delante de sus ojos, la boca de Expositus al cuerpo sin vida de lo que antes había sido una persona.

Después, envolvió ambos cuerpos con cuerdas y los unió, atándole las manos al chico para impedir que pudiera arrancarse el hilo de los labios o soltarse.

Los había subido en un carro y los había sacado de allí.

Tauro supuso que los habría llevado a la casa, por el olor que desprendían en el establo.

El antiguo centurión tenía la nariz cubierta de sangre tras la paliza que le había dado Aquilio. Imaginó que no estaba rota, porque era la única parte de su cuerpo que no le dolía.

Corrió a la cocina y, con el agua de una jofaina, se lavó el rostro, haciendo que se tiñera de sangre. Al sentir sus fosas nasales liberadas, aquel olor nauseabundo regresó. Estaba impregnado por toda la casa.

—¡Expositus! —gritó—. ¡Expositus!

Imaginó que no podría responder debido al trabajo que había hecho Aquilio, pero quizá podía golpear algo o tratar de advertir de su presencia de alguna forma.

Tauro recorrió toda la planta baja sin conseguir dar con el muchacho. En ese momento oyó a Valerio recibir a los legionarios. Pronto entrarían en la casa.

Volvió a recorrer una a una todas las habitaciones.

Entró en la que supuso que era la de Orbiana, la más lujosa.

Era allí donde el olor le parecía mucho más penetrante.

Revisó la habitación buscando algo que hubiera podido pasar desapercibido, pero no encontró nada.

Tocó con los nudillos las paredes y una de ellas le pareció que se hallaba hueca al otro lado.

Regresó a uno de los comedores, el que debía estar pegado a la cámara de Orbiana. Estaba desesperado. Se fijó en el salón. Solo contenía los típicos divanes y, en la pared que daba a la estancia principal, un armario.

Una voz, de alguien que acababa de entrar en la villa, lo alertó.

—¡Por Júpiter! —dijo uno de los legionarios—. ¿Qué olor es este?

Tauro intentó abandonar el comedor para esconderse, pero pisó unas teselas desprendidas en el suelo, y entonces se fijó en el mosaico con diseño geométrico.

Recogió las piezas con la mano y miró en dirección al armario.

Lo habían arrastrado y en su desplazamiento se habían desprendido varias.

Tauro se acercó y comenzó a empujarlo. Detrás había una puerta.

El olor era cada vez más nauseabundo. Podía sentir los pasos de los legionarios acercándose.

—Echamos un vistazo rápido en el comedor y nos vamos.

Tauro entró en el cuarto. Estaba sumido en la oscuridad. Al poco, sintió un mareo provocado por el olor viciado de las vísceras y los fluidos. Iba descalzo y notó que el suelo estaba pegajoso, quizá por los gusanos.

—¡Por todos los dioses! —gritó uno de los legionarios tapándose la nariz y la boca al entrar en el comedor—. Aquí el olor es insoportable.

—Echa un vistazo en ese cuarto oscuro —lo conminó su compañero.

—Ni lo sueñes. Es evidente que solo hay un muerto. No me pagan lo suficiente. Vámonos —dijo abandonando la sala.

Su compañero dudó y se dirigió hacia aquel cuarto, pero cuanto más se aproximaba, más insoportable era el hedor que salía de allí, y se detuvo.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó.

Nadie respondió, y decidió caminar de espaldas hasta que no soportó más el pestilente olor y se marchó a la carrera.

Tauro se agachó palpando hasta que encontró el bulto de lo que debían de ser Expositus y la persona a la que estaba cosido. Tuvo que contener varias arcadas. Pensó en arrastrarlo hasta el centro del comedor, pero temía que ese hombre u otro legionario los encontraran.

Se le aceleró la respiración, convencido como estaba de haber llegado tarde. Otra vez. El mismo desenlace repitiéndose como una maldición. Otra vida que había jurado proteger se le escapaba entre los dedos.

El pecho se le cerró bajo una angustia insoportable. Reconoció aquella sensación antigua y familiar: la culpa. Esa que nunca lo abandonaba, que siempre regresaba para reclamar lo que era suyo. Algo dentro de él volvió a quebrarse, como en tantas otras ocasiones.

No podía aceptarlo. No podía permitirlo.

Tenía que salvarlo. Expositus tan solo era un ser inocente con toda una vida por delante, y él no iba a ser otro de los hombres que lo habían abandonado.

El chico no sería un recuerdo más, ni otro nombre condenado a perseguirlo cada noche cuando cerrara los ojos.

A pesar del miedo que le atenazaba el pecho, comenzó a palpar el cuerpo que estaba en la parte superior con manos temblorosas, buscando cualquier señal.

Era imposible apartar los gusanos. Notó que una de las piernas era más corta y, por el tamaño, supo que era él.

Tragó saliva y trató de zarandearlo con cuidado.

—Vamos, vamos... —suplicaba con la voz rota.

Llegó hasta lo que debían de ser las manos. Estaban atadas. Tuvo que arrastrar los cuerpos hacia la entrada; de otro modo no podría ver si, al introducir el cuchillo, cortaba la cuerda o la carne del muchacho.

Su aspecto, al aproximarlo a la luz, le hizo dar un paso atrás. Jamás en su vida había visto algo igual. Expositus estaba cubierto por una masa de gusanos y larvas blancas.

Aquilio había atado los dos cuerpos con fuerza.

El chico no había podido deshacerse de los nudos.

Tauro logró cortar la cuerda de la primera mano, que cayó inerte.

Mientras trataba de desprender la otra, el miedo se iba apoderando de él con violencia.

Si ya era demasiado tarde, jamás se lo perdonaría.

Miró varias veces hacia atrás, aguzando el oído, temiendo oír pasos de los legionarios acercándose.

Cuando liberó las manos, solo quedaba la boca.

Aquilio lo había cosido a los labios del cadáver, para garantizar una muerte lenta, cruel, insoportable.

Expositus tenía el rostro cubierto de aquellos repugnantes bichos.

Tauro fue apartándolos con la punta del cuchillo mientras cortaba los hilos, procurando no dañarlo.

Apenas había luz. La sangre, la humedad y los pequeños mordiscos de aquellas lombrices dificultaban cada movimiento.

—Vamos, Expositus, quédate conmigo. No me abandones. Tú no —suplicaba con desesperación.

Cuando consiguió liberarlo, el espectáculo era desolador. El aspecto del muchacho lo sobrecogió. Colocó la mano bajo su nariz. Sintió un hilo de aire.

Aquel gesto insignificante fue como volver a la vida.

La voz de la pareja de legionarios aproximándose lo alertó.

—Marcio quiere que comprobemos todas las estancias antes de irnos. Prefiero hacer esto que sacar al gigante de la celda del establo.

Tauro, sin pensarlo, cogió a Expositus en brazos y se escondió con él dentro del armario, apretándolo contra su cuerpo.

Los dos legionarios se adentraron allí con la nariz tapada.

—Mira dónde está —dijo una voz nasal al ver el cadáver descompuesto al que había estado cosido Expositus.

—¡Por todos los dioses, se parece a ti! —dijo uno de los legionarios riéndose.

—Vámonos, anda —respondió el otro haciendo pinza con los dedos sobre la nariz—. No soporto este olor.

—¿Qué le decimos al centurión?

—Bastante tiene con esas niñas. Le diremos que la peste viene del cadáver que hemos encontrado.

En la oscuridad y el silencio de aquel mueble, Tauro sintió el débil latido del corazón de Expositus y aquello le devolvió un atisbo de esperanza. Durante largo rato permaneció abrazado a él, acariciándole los cabellos, velando su pequeño cuerpo.

El frumentarius salió para comprobar que los legionarios se habían marchado.

Volvió y cargó a Expositus con cuidado hasta una habitación.

Allí, bajo la tenue luz de las lucernas, limpió con delicadeza sus heridas, tratando de no hacerle daño.

Durante toda la noche, le humedeció los labios y, poco a poco, logró que bebiera un sorbo de agua, luego otro.

Más tarde, consiguió que tomara pequeños trozos de comida, hablándole en susurros para consolarlo, aunque no pudiera responder.

Al amanecer, Tauro despertó y, al volverse, encontró a Expositus junto a él.

Su respiración, que la noche anterior era errática y apenas perceptible, se había normalizado.

Por un instante, Tauro se quedó inmóvil, mirando el rostro del muchacho cubierto de pequeños mordiscos y heridas.

Al verlo con vida, dejó escapar un sollozo contenido hasta que no aguantó más y lloró, con un llanto profundo y liberador, como nunca lo había hecho.

Mientras acariciaba la frente del chico, murmuró con voz entrecortada:

—Maldito Dentatus... No vuelvas a hacerme esto.