Innocentia LXIX
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Sucaelo

Por más que Domicia Iucunda intentara tranquilizarla, Plautia no lograba apaciguar los nervios que la consumían aquel día. Era la primera semana de diciembre y esa noche se celebrarían los ritos de la Bona Dea.

Como cada año, los actos se llevarían a cabo en la domus de la esposa cuyo marido ostentara el cargo más alto del municipio.

Con el inminente nombramiento de Tito Papirio como gobernador de la Bética, Plautia había sido designada anfitriona de los rituales.

Sin embargo, ese año la celebración no solo era especial, sino diferente.

La primera diferencia la marcaban los ritos mismos: la exclusión absoluta de los hombres.

Esa noche, más que nunca, las puertas del mundo masculino quedaban cerradas; ni siquiera podían mencionarse términos que evocaran a los varones dentro del recinto sagrado.

Pero la segunda diferencia era inédita: antes de dar comienzo a las ofrendas de vino, leche y hierbas a la diosa, la anfitriona debía comunicar algo importante a las otras matronas.

A medida que el sol comenzaba a ceder al ocaso, las mujeres acudían puntuales a la cita. Algunas, con rostros ansiosos; llevaban meses esperando quedarse embarazadas, confiando en que esa noche, bajo los auspicios de la divinidad, su plegaria por sentir una vida en su interior fuera escuchada.

Plautia, junto a Domicia Iucunda, recibía a las invitadas una a una.

Aunque la patricia romana había llegado como invitada de honor, su verdadero papel era otro: ser el apoyo discreto y firme que ayudara a Plautia a calmar los temblores invisibles que la invadían.

La esposa de Tito Papirio no dudaba de lo que iba a hacer, pero temía no encontrar las palabras adecuadas para convencerlas.

La otra razón que hacía esa jornada única era el alcance de la convocatoria.

Además de a las matronas de Sucaelo, se había invitado a mujeres de Urgao y otros municipios de la provincia cercanos.

Atraídas por el reclamo de conocer a la esposa del futuro gobernador, ciento setenta mujeres habían respondido a la llamada. Todas las que habían perdido una hija.

Cuando las matronas al completo estuvieron reunidas, la esposa de Tito Papirio avanzó hacia el centro del atrio, preparándose para tomar la palabra.

A su alrededor, algunas mujeres la observaban con curiosidad, expectantes por lo que iba a decir; otras aguardaban ansiosas la ofrenda de la fertilidad.

Pero todas intercambiaban miradas impacientes.

Plautia permitió que el silencio se extendiera como una niebla densa. Antes de pronunciar la primera palabra, buscó con la mirada a Domicia, quien, con un leve asentimiento, la animó a hablar despacio, tal como lo habían ensayado.

Respiró hondo. Las palabras que estaba a punto de decir no solo marcarían aquella noche, sino, quizá, el destino de todas las mujeres allí presentes.

—Amadas conciudadanas. Todas sabéis la gravedad de transgredir los ritos de la Bona Dea y el peligro que supone violar la confidencialidad de lo que sucede en estos actos.

Pero no os hablo bajo el temor de quebrantar la confianza de la diosa, sino que apelo a una causa mucho mayor: vuestra condición de madres.

Porque os aseguro que no desearía vivir condenada por la traición de aquellas mujeres que han padecido lo mismo que yo.

Todas las matronas escucharon sin pestañear cuando Plautia contó, sin ningún tipo de censura, lo que sus maridos habían hecho con sus hijas.

La incredulidad, que al principio dominó a muchas de ellas, se transformó en gritos y maldiciones, hasta que el peso de aquellas palabras y el dolor por sus hijas se aferró a sus pechos y gargantas como un yugo implacable, dejando el aire cargado de angustia y desconsuelo.

Vitruvia, una de las matronas visiblemente más afectadas, decidió tomar la palabra.

—¿Por qué te crees con el derecho de causarnos este dolor? Habría preferido no saberlo.

—Entonces eso me haría cómplice —respondió Plautia.

—¿Y por qué debemos creer que lo que nos has contado es cierto?

Domicia Iucunda se puso al lado de Plautia y respondió:

—Porque tenemos el testimonio de una de las niñas que han sufrido las humillaciones que os hemos relatado.

—¿Quién? —preguntó Vitruvia.

—La hija de un hombre a quien tú misma, junto conmigo, fuiste a pedir consuelo y exigir justicia —añadió Plautia.

—¿Aurelio Carisio?

—El mismo —dijo una joven avanzando desde el fondo del grupo.

Hasta ese momento, nadie había reparado en su presencia—.

Me llamo Elia, y es cierto, Aurelio Carisio era...

, es mi padre. Permití que Plautia os narrara los hechos porque el dolor de hacerlo yo misma me resulta insoportable.

Pero os aseguro que no ha exagerado ni mentido en su relato, pues yo se lo conté.

Lo que me hicieron a mí, también se lo han hecho a todas y cada una de vuestras hijas.

De nuevo, los gritos desgarradores y los sollozos llenaron cada rincón.

Algunas lloraban por la ignorancia que las había mantenido ciegas al infausto destino de sus hijas, incapaces de imaginar su tortura.

Otras, porque la herida de la pérdida volvía a despedazarlas y, a ese dolor, se sumaba la cruel traición de los hombres a quienes, hasta entonces, habían llamado esposos.

Domicia hizo gestos a Plautia para que siguiera hablando, antes de que la desolación por todo lo narrado se aferrara con más fuerza a sus entrañas.

—No dejaremos que los tiranos que han cometido tal crimen salgan impunes.

Sé que se trata de vuestros esposos, pero si no hacemos algo, no solo no descansarán nuestros corazones, sino tampoco el recuerdo de nuestras hijas.

Sé que solo somos dueñas de algo tan débil y frágil como es ser una mujer, pero tenemos el alma del más fuerte de los guerreros cuando se trata de defender a quien estuvo nueve lunas en nuestro vientre.

Porque no ha nacido un Hércules que tenga el coraje de vulnerar lo único que nos hace dignas de tal nombre: ser madres.

Pero no quiero obligar a ninguna a hacer lo que estoy dispuesta a proponeros.

Prefiero morir a que una mancha caiga sobre vuestro honor por mi culpa.

—Dinos qué habéis pensado. Cómo van a pagar por lo que han hecho.

—Antes de hacerlo, necesito saber si cuento con vuestra aprobación.

Pues, si decidís acompañarme, no mereceremos recompensas ni laureles y puede que alguna de nosotras encuentre la muerte.

Tras lo que os he contado, no os ofrezco la sensación efímera que otorga la venganza.

Porque esta no sana; transforma la herida en cicatriz, siempre presente, recordándonos lo que nos fue arrebatado.

Podéis elegir una vida en vuestros hogares junto a los hombres que estarían dispuestos a vender vuestra alma al dios del inframundo.

O algo mucho mayor. La mayor de las redenciones: conseguir el perdón de nuestras hijas, restaurando su dignidad.

Domicia y Elia se miraron. Ya estaba dicho, pero el silencio tras las palabras de Plautia seguía resonando en el atrio de la domus . Las miradas se encontraban unas con otras: algunas cargadas de indignación por lo que habían escuchado; otras, indecisas.

Vitruvia fue la primera en dar un paso al frente.

—Cuenta conmigo.

—Y conmigo —dijo otra.

Todas las mujeres fueron avanzando, hasta que las ciento setenta matronas accedieron.