Innocentia LXVIII
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LXVIII

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Termas de Ipora

—Hazlo ya, maldito cabrón. Mátame de una vez —replicó Tauro.

Aquilio se puso a escasa distancia y lo miró sin responder.

El antiguo frumentarius empezó a reírse.

—Tiene que ser duro, ¿verdad, Aquilio? Ser el hijo de uno de los asesinos más despiadados que ha conocido Roma y no estar a su altura; ¿me equivoco?

Tauro hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran.

—Imagino que te pasarías todo el día oyendo la misma historia.

Cuando Septimio Severo quiso alzarse como emperador, su enemigo, el general Juliano, envió a tu padre para que lo asesinara.

Sin embargo, en vez de cumplir sus órdenes, se unió al bando de Severo.

Supongo que no resultaría fácil para ti crecer al lado de un hombre temido y tachado de traidor a partes iguales.

—Sé lo que intentas...

—Si viera en lo que te has convertido, dudo que estuviera muy orgulloso de ti.

—Sé que intentas desesperarme para que cometa algún error, pero no te daré esa satisfacción.

Tauro recibió un puñetazo en la mandíbula, seguido de dos más que, sumados a la paliza que llevaba, lo dejaron medio inconsciente.

—Voy a prepararlo todo. La última de las torturas...

Ah, la más exquisita, la más perversa. He reservado esta para ti, como un legado de los etruscos, esos maestros del arte de la agonía.

Te enterraré vivo en una caja. Pero no te preocupes, no estarás solo.

Me quedaré a tu lado, seré testigo de tu descenso a la desesperación.

Quiero escuchar cómo tus gritos se ahogan entre la madera y la tierra, cómo tus uñas desgarran con angustia el ataúd, buscando una salida que no existe.

Quiero saborear cada instante en el que la impotencia te devore.

Cómo el pánico se adueña de tus sentidos.

Y cuando hayas dejado de respirar, abriré la caja y te cortaré la cabeza para llevársela a Julia Mesa.

Será un espectáculo sublime. Un acto final digno de un hombre sentenciado desde que mataste a mi padre.

Tauro estaba medio inconsciente y no escuchó ni una sola palabra; veía todo borroso.

—No te vayas muy lejos —dijo Aquilio abandonando el establo—, enseguida nos ocuparemos de este magnífico espectáculo.

La vida de Tauro pendía de un fino hilo.

Tenía el rostro reventado por los golpes.

El pecho, los brazos y las piernas envueltos en sangre seca.

Pero la herida más grave era la del estómago; si no recibía pronto atención médica, moriría, y sabía que eso era justo lo que estaba a punto de suceder.

Por lo único que se maldecía era por no haberse despedido de Domicia y no haber podido salvar a Expositus.

Su cabeza le cayó sobre el pecho y, en ese momento, vio dos piernas delante de él, aunque su visión era borrosa. Sintió cómo le levantaban la cabeza por el pelo.

—¿Tauro? —preguntó una voz—. ¿Marciano Tauro?

—Acaba ya de una maldita vez, Aquilio —respondió.

—¡Por todos los dioses!, ¿puedes explicarme qué está pasando aquí?

Tauro trató de enfocar. Delante de sus ojos estaba Valerio Reburrinus, centurión de los frumentarii .

—¡Valerio! —dijo Tauro con un atisbo de voz—. ¿Por qué has tardado tanto en venir?

—Jamás imaginé que encontraría algo así cuando acudí en tu ayuda. Un hombre colosal con una mujer y dos cerdos en una celda, muertos; veinte niñas encadenadas y tú cubierto de más sangre que cuando te dieron a luz.

—Ya te lo explicaré todo. Ahora, desátame antes de que regrese.

Valerio comenzó a cortar las cuerdas que lo apresaban mientras Tauro seguía hablando; ver a su antiguo compañero de armas le infundió una energía renovada.

—Domicia sugirió que Albino, el contable, fuera a verte para dejarte la pista de dónde estábamos.

Confiábamos en que la seguirías... El mensaje de la taberna no podía ser más claro.

—Tauro negó despacio con la cabeza—. Por todos los dioses, Valerio...

, creía haberte instruido mejor. ¿Por qué has tardado tanto en llegar?

—Lo supuse. Viniendo de ti no podía ser tan fácil. Por eso desconfié —dijo haciendo un esfuerzo por cortar la última de las cuerdas—. Pero, si necesitabas ayuda y viendo el sangriento espectáculo que hay aquí, ¿por qué no avisaste a Marcio Flavio, el centurión?

—Porque el gobernador ha puesto precio a mi cabeza y solo confío en hombres a los que he adiestrado yo mismo. —Le dio una palmada breve en el hombro, rebajando la tensión—. Aunque empiezo a pensar que tampoco lo hice tan bien.

—Pues Marcio no tardará en llegar. No me fiaba y le dejé un mensaje. Por eso he tardado en venir.

Tauro procuró ponerse en pie, tapando con la mano la herida del estómago, pero tenía las piernas dormidas y la rodilla machacada, de modo que cayó al suelo.

Valerio intentó ayudarlo. Se giró al oír a las niñas gritar, como si trataran de advertirle de algo, pero fue demasiado tarde.

En ese momento sintió que algo se le clavaba en su espalda.

El centurión cayó al suelo con un quejido.

—Vaya, no esperábamos compañía —dijo Aquilio extrayendo el punzón de su espalda—. No pasa nada, hay sitio para uno más.

Valerio se revolvió y le dio una patada, provocando que el arma saliera despedida.

Aquilio se agachó y golpeó el rostro de Valerio.

El centurión se giró con inesperada energía y se colocó encima del hombre que había tratado de asesinarlo por la espalda.

Al verlo de frente, su aspecto lo impresionó: tenía media cabeza quemada y una de las cuencas del ojo vacías.

El sicario aprovechó aquella indecisión, extendió la mano, cogió el trozo de hierro con el que había machacado a Tauro y le golpeó en la cabeza.

Valerio rodó por el suelo. Trató de ponerse en pie, pero una patada en el costado se lo impidió.

Aquilio, con el trozo de hierro, le golpeó una y otra vez hasta que casi dejó de moverse.

Tiró el metal y, con dificultad, le dio la vuelta.

Le puso las dos manos sobre el cuello y comenzó a apretar, sintiendo la tráquea bajo sus pulgares.

—¿Creías que ibas a acabar conmigo? —Y mirando a las niñas con odio por haber tratado de prevenir a Valerio les dijo—: Ya me ocuparé de vosotras.

Una especie de clavo le atravesó la garganta desde atrás.

El asesino se puso en pie, intentando sacarse aquel objeto. Al girarse, Tauro estaba a su espalda.

Con dificultad, Aquilio consiguió extraer la aguja.

La sangre brotó a borbotones por su garganta y su boca.

Observó el arma que había empleado; estaba cubierta de sangre, pero la reconocería entre mil.

Era su punzón de las muescas. Comenzó a sentir debilidad en las piernas, pero, antes de ceder al abrazo de la muerte, pensó en la marca que faltaba y se lanzó, de forma desesperada, contra Tauro con el punzón en la mano.

El antiguo frumentarius , a pesar de su estado, logró esquivar el ataque a tiempo.

Con un movimiento preciso, agarró el brazo armado de su agresor, doblándolo con fuerza hasta dirigir el arma hacia su propio rostro.

El punzón con las muescas entró en el único ojo sano de Aquilio, que cayó al suelo a plomo.

Su contrincante se acercó a él y lo observó mientras aquel ser consumido por el odio se debatía entre estertores. La sangre salía como un torrente por su garganta y por su boca y descendía por el rostro desde su único ojo, hasta que dejó de moverse.

—Muérete de una maldita vez —masculló Tauro, mientras se volvía hacia Valerio—. ¿Puedes levantarte? —le preguntó, sujetándolo con firmeza para ayudarlo a incorporarse.

El centurión tosía con dificultad, tratando de recuperar el aliento.

—Estoy bien... —alcanzó a decir.

Tauro asintió, evaluando sus heridas con una mirada rápida y experta.

—Has tenido suerte, podría haberte matado.

Valerio respiró hondo y esbozó una mueca que pretendía ser una sonrisa.

—He llegado a tiempo, por lo que veo no lo he hecho tan mal.

—Y te lo debo —respondió Tauro—. Nos has salvado. ¿Puedes encargarte de esas niñas? —preguntó.

—Por supuesto. Huye, los hombres de Marcio no tardarán en llegar.

—Antes debo ir a buscar a alguien. Debe de estar en la casa —dijo Tauro cogiendo el puñal de Aquilio.

—¿A quién? ¿Hay más?

—Sí. Tengo que encontrar a Expositus.