LXVII
LXVII
Sucaelo
Tito Papirio se encontraba en su tablinum con el rostro serio.
Las sombras bajo sus ojos delataban que llevaba dos días sin dormir.
Sobre su mesa descansaba la carta que, un mes antes, había recibido del Senado de Roma, confirmándolo como el nuevo gobernador de la Bética.
Solo quedaba un mes. En enero, tras la Saturnalia, alcanzaría por fin el sueño que había perseguido toda su vida.
Pero no podía dejar de pensar que su futuro no estaba ligado a esa carta, sino a la decisión que tomara la mujer más importante de su vida: Plautia.
Se puso en pie y se sirvió una copa de vino. La llave de su destino estaba en manos de su esposa. Las dos cosas que más ansiaba eran irreconciliables: el poder que había codiciado y el amor que todavía sentía hacia ella.
Cuando aquella maldita Domicia Iucunda llegó y soltó su acusación, en ningún momento pensó que Plautia estaría escuchando.
Nunca lo hacía. Ella siempre había sabido mantenerse discreta y alejada de sus negocios.
Pero, tras la marcha de esa mujer, la domus quedó sumida en un silencio pesado, como si los muros mismos se hubieran convertido en cómplices del dolor de su esposa.
Tito Papirio decidió esperar varios días para hablar con ella, pero no la encontró.
Uno de sus esclavos le dijo que Plautia había pedido estar sola, reflexionando, intentando asimilar lo sucedido.
Estaba convencido de que aún no había enviado la carta, que su esposa todavía no había tomado una decisión. Aunque quizá pronto lo hiciera.
Tito era uno de los pocos hombres que sabía que su socio, Aurelio Carisio, llevaba años envenenando a su esposa. Apuró su copa de un trago, intentando ahogar esos pensamientos. Amaba a Plautia demasiado como para hacer algo así, se decía una y otra vez.
Suspiró, dejando la copa sobre la mesa, y volvió a enfrentarse al peso de sus opciones: su esposa o el Senado de Roma. La respuesta se le reveló con claridad, puesto que ya no disponía de la primera.
Durante la siguiente hora, repasó lo que debía hacer. Necesitaba averiguar las intenciones de Plautia. Si tenía la más mínima duda sobre su lealtad, no titubearía. Muy a su pesar, tendría que matarla.
Se sirvió otra copa, con una inquietud que lo corroía por dentro. Pero recordó una frase de Aurelio Carisio que ahora se revelaba como una verdad ineludible: «Los remordimientos se desvanecen, se debilitan, cuando el acto se repite más de una vez». Era mucho peor pensarlo que ejecutarlo.
La puerta del tablinum se abrió y la figura tras ella lo devolvió a la realidad.
—¿Por qué? —preguntó Plautia, su voz apenas convertida en un hilo tembloroso entre el dolor y la ira contenida.
Tito se levantó, observándola con cautela.
—No hay excusas que puedan justificar lo que he hecho, así que no las buscaré. Lo hice por consolidar nuestra posición, porque era la manera más rápida de asegurar un futuro para esta familia.
—¿Por nuestra familia? ¿Por esta casa? —repitió Plautia con las lágrimas asomando otra vez en sus ojos—. ¡Asesinaste a nuestra hija, Tito! Y tienes la desfachatez de decir que era por nosotros.
—No pensé en ella como nuestra hija —respondió él con un tono casi defensivo—. Si lo hubiera hecho, jamás habría sido capaz. La vi como un instrumento.
Plautia cerró los ojos, como si intentara contener un océano dentro de sí.
—Llevo días intentando comprenderlo, pero no puedo...
—confesó con una tristeza que parecía partir el aire—.
Escucho tus palabras, pero no reconozco al hombre del que me enamoré.
Me esfuerzo por entender cómo el padre de mis hijos, aquel al que entregué mi corazón, pudo desvanecerse para dar paso a lo que tengo ante mí. A un extraño. A un monstruo.
El silencio cayó entre ellos, pesado como una losa.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Tito tratando de descifrar el futuro en los ojos de su esposa—. ¿Entregarme?
Plautia lo miró durante un largo rato, sin responder.
—¿Es eso lo único que te preocupa? Porque si es así, no dudaré en hacerlo.
—No, lo único que me importa somos nosotros dos. No puedo cambiar lo que he hecho, pero podemos empezar de nuevo, en Roma, lejos de aquí.
—Pensé en hacerlo, sí —admitió ella con la voz cargada de amargura—. Quise verte pagar por lo que has hecho. Por lo que le hiciste a nuestra hija. Pero no, no voy a entregarte.
El alivio que sintió Tito fue inmediato pero breve. Había algo más en las palabras de Plautia.
—¿Por qué no? —preguntó, con cautela.
Ella clavó los ojos en él, llenos de una determinación que lo inquietó.
—Porque si te delato a ti, acabaré con lo poco que queda de nuestra familia. Parvus ya ha comenzado una nueva vida; no imagino qué será de él cuando la gente descubra este horror. Quiero que prometas que nunca le harás daño, que tendrá un futuro, aunque sea sobre las ruinas de mi alma.
Tito, conmovido, se arrodilló ante ella.
—Te doy mi palabra.
Plautia dio un paso atrás.
—Pero no te equivoques: no lo hago por amor ni por lealtad. Lo hago por mis hijos. Y porque prefiero condenarte a vivir con esta culpa antes que otorgarte la paz de la muerte.
Tito retrocedió, abrumado por el peso de sus palabras.
Plautia no lo perdonaba; lo condenaba a una vida en la que el recuerdo de su hija sería su verdadera prisión.
Pero podía vivir con ello. Lo más importante en ese momento era que su mujer no lo iba a delatar.
Al cabo de un año, cuando estuvieran en Roma y tuviera el puesto de senador, volvería a analizar su situación.
—Plautia... —intentó hablar, pero ella lo interrumpió.
—No vuelvas a decir mi nombre como si aún tuvieras derecho a pronunciarlo. Desde hoy, somos extraños bajo este techo. Y si alguna vez vuelves a poner en peligro a esta familia, yo misma te entregaré.
Plautia salió del tablinum , dejando que su condena flotara en el aire.
Caminó hasta su cámara y se dejó caer sobre la cama.
Sus manos aún temblaban. No sabía dónde había encontrado la fuerza para hacerlo.
Cuando llegó al despacho de su esposo y lo vio sentado, creyó que no sería capaz, por eso había tratado de acabar cuanto antes con la conversación.
Para que el plan saliera según lo previsto, Tito Papirio debía creer, sin ningún atisbo de duda, que no lo iba a denunciar.
Domicia Iucunda le había explicado paso a paso cómo obrar, cómo manipularlo, y estaba convencida de que lo había conseguido.
Mientras sus pensamientos se agolpaban, una frase de Ovidio acudió a su mente: «El amor es una especie de guerra, y nadie está a salvo en el campo de batalla».
Ninguno de los dos saldría ileso de lo que estaba por suceder.
No le importaba morir; su hija descansaba donde habitan las almas eternas, pero su recuerdo, afilado como la más letal de las espadas, guiaría cada golpe en la batalla que estaba a punto de comenzar.
Una batalla que ni siquiera su admirado Ovidio habría podido imaginar.