LXVI
LXVI
Hispalis
Elia paseaba con calma delante de su padre.
—Han pasado tres meses desde que murió Demetrio.
En ese tiempo, me he hecho con el control de todos los lupanares de Gades.
Gracias a ti, aprendí una lección a la fuerza: independientemente de su condición, todos los hombres ansían poder, pero hay algo que os hace débiles por igual: el sexo.
—Hizo una pausa, saboreando cada palabra—.
Con los acuerdos que he cerrado con tu buen amigo Tiberio, aquí presente, y otros hombres, pronto manejaremos los lupanares de Malaca, toda la costa hasta llegar a Cartago Nova.
Tal vez porque, al final, uno termina dedicándose a aquello que más odia.
Aurelio la observó con atención y curiosidad.
—Juntos podríamos ser más fuertes —aventuró, intentando encontrar un resquicio para negociar.
Elia se detuvo en seco y lo miró con desdén.
—¿Ahora quieres hacer negocios conmigo? En primer lugar: mírate; no estás en disposición de negociar, y no me trates como a una niña a la que crees que puedes manejar. En segundo lugar: no vuelvas a interrumpirme.
Aurelio no pudo ocultar su sorpresa. La dureza del tono de Elia era desconcertante; jamás su hija se había dirigido a él de aquel modo. Ya no estaba delante de una simple cría.
—Demetrio no tuvo tiempo de enseñarme todo lo que sabía. El pobre nos dejó antes de que pudiera hacerlo. Así que Massin, un hombre africano que trabajaba para él, me ha enseñado todo cuanto hay que saber sobre brebajes, pócimas y venenos.
Aurelio, con el rostro tenso, trató de levantarse de su asiento para servirse una copa de vino. Tiberio lo empujó de los hombros contra su silla. Iba a protestar, pero Elia lo cortó en seco.
—Beberás, comerás y respirarás cuando yo lo mande —dijo su hija con frialdad.
Ahora sí que Aurelio estaba atónito. Pensó en su acuerdo con Juno; pronto semejantes negocios serían una insignificante limosna, y trató de reconducir la conversación.
—¿Qué quieres? —preguntó al fin, con un tono seco—. Haz la petición que has venido a hacerme y acabemos de una vez. Si tanto ansías los lupanares de Hispania, podemos hacer un trato. Quédatelos.
Elia negó con la cabeza.
—Todavía no he terminado. Como te decía, Massin me lo enseñó todo.
Se acercó despacio y, de una pequeña bolsa en su cintura, sacó un frasco familiar.
Aurelio lo reconoció al instante: el ungüentario de acónito. Con disimulo llevó la mano al pliegue de su toga, pero no lo encontró. Debía de haberlo dejado sobre la mesa de Ulpia.
—¿Puedo saber qué es eso, Aurelia? —preguntó con un esfuerzo considerable por mantener la compostura.
—Dímelo tú —respondió su hija alzando una ceja—. Te he visto llevar la mano al hueco de tu toga.
El silencio de Aurelio lo delató. Elia continuó, avanzando hacia él.
—Debiste de dejarlo olvidado y nada más olerlo lo reconocí.
Tendría que haberlo imaginado antes, pero era una niña.
Supongo que sobornaste a los médicos que venían para tratar de consolar y dar con su dolencia.
La forma en que madre se fue apagando...
Aquellos vómitos, el malestar constante, hasta que quedó postrada en la cama, incapaz de hablar, de moverse, pero sintiendo todo lo que pasaba a su alrededor.
Siempre pensé que no había nada más doloroso que su muerte, esa sensación irrevocable de su pérdida.
Pero me equivoqué. —Se inclinó hacia él, masticando cada palabra—.
Lo más doloroso fue verla morir en vida, día tras día, mientras dos niñas pequeñas la miraban, impotentes por no poder recibir sus caricias, incapaces de escuchar su risa o su voz cuando queríamos que sus palabras nos alentaran.
—Elia por primera vez se emocionó—. Y lo peor: saber que todo eso se podría haber evitado.
Que fue obra de su propio esposo. De nuestro padre.
Aunque no sé cómo me sorprende viendo lo que has sido capaz de hacerle a tu propia hija.
Aurelio conservó el rostro impasible.
—No tienes pruebas de lo que estás diciendo —replicó con calma—. Yo también he lamentado su estado.
Elia suspiró, controlando la rabia. Hizo un gesto y Tiberio salió de la sala. Momentos después, volvió con el esclavo de mayor rango de la domus .
—Epafrodito, cuéntame qué has presenciado esta mañana —planteó Elia sin apartar la mirada de su padre.
—Claro, domina — contestó el siervo con un tono muy distinto del que usaba con Aurelio—. He visto a tu padre verter unas gotas de ese frasco en el agua de su esposa, Ulpia.
Aurelio lo miró, perdonándole la vida en silencio. Pero el esclavo no había concluido:
—No solo eso. Sé el lugar donde lo guarda. Lleva mucho tiempo haciéndolo.
El duunviro comenzó a sudar. Aquello cambiaba mucho la situación. Aunque se tratara de un esclavo, si lo demandaban por delitos relacionados con prácticas de magia y envenenamiento, tendría serios problemas.
Elia tomó la palabra:
—Sé lo que estás pensando. La misma lex Cornelia, introducida por el dictador Sila hace algo más de doscientos años, habla sobre las penas para los sicarios y envenenadores y, aunque ha habido resoluciones que han ampliado las disposiciones de la ley, sigue siendo muy clara al respecto.
A todos los que utilicen la magia o el veneno se los condenará a muerte, salvo, como tú muy bien me explicaste, cuando son muchas las personas que ejecutan a la vez; entonces se considera una intervención de los dioses, ¿no es así?
Pero, en este caso, es evidente que solo hay un culpable: tú.
Desde nuestra última conversación sé todo lo que hay que saber sobre los envenenadores y las leyes que vosotros decidís.
Es lo único que he aprendido de ti: a ser precavida.
Aurelio aplaudió. Solo necesitaba ganar el mes y medio que restaba para que Tito Papirio se alzara como gobernador de la Bética. Aquella acusación desaparecería.
—Lo negaré todo —manifestó con voz firme—. Dentro de poco tiempo, nadie recordará este incidente. ¿Crees que una simple acusación va a acabar conmigo? No tienes idea de dónde y con quiénes te estás metiendo.
—Espera, espera... ¿Has pensado que voy a presentar una demanda contra ti por envenenamiento?
Aurelio la miró sin comprender.
—¿Por un instante... —continuó sin poder parar de reírse— has creído que iba a delatarte y a llevarte a juicio?
Elia reía a carcajadas hasta que, de repente, la risa se cortó de raíz.
—Ni por asomo creas que va a ser tan fácil.
La joven se marchó y enseguida regresó acompañada por el Africano.
—Él es Massin, el hombre del que te he hablado.
Le ofrecí la libertad, pero eligió permanecer a mi lado.
Durante este tiempo nos hemos cuidado mutuamente y, por primera vez en mi vida, he sentido el calor y el afecto de un hombre.
No, no es lo que estás pensando. Ni una sola vez ha posado un dedo sobre mí.
Tenía una niña de mi edad y extraña cada día a la familia que se vio obligado a asesinar, igual que yo añoro la figura paterna que nunca tuve.
Sé que hará por mí cuanto yo le pida, porque un verdadero padre está dispuesto a todo por su hija.
Aurelio la miró con preocupación. Había en sus palabras una amenaza que no terminaba de comprender.
—Te diré lo que vamos a hacer —prosiguió Elia, mientras observaba a Massin preparar el brebaje—.
No alcanzas a imaginar lo que ese líquido hará en tu cabeza, pero no te dejaremos morir, por mucho que lo desees.
Antes de comenzar, quiero que sepas que encontraré a los mejores médicos para que cuiden de mi madre; a partir de ahora no le faltará de nada.
Tú, en cambio, atravesarás el mismo suplicio que ella sufrió, solo que el tuyo será más cruel.
Hasta que los dioses decidan llevarte, y créeme que espero que tarden en hacerlo, te mantendremos con vida, alimentado apenas lo justo para prolongar tu agonía.
Recibirás el mismo veneno, de modo que no puedas hablar ni moverte, pero lo sentirás todo.
Massin lo alternará con el brebaje. Al principio será una vez al mes; luego, cualquier día.
Nunca sabrás cuándo te lo administrará y esa incertidumbre, sumada al terror de ver regresar las sombras que poblarán tu cabeza, convertirá tu existencia en un insoportable tormento.
Nadie volverá a oír hablar de Aurelio Carisio, ni de ese linaje que tanto ansiabas.
No habrá redención, no habrá descanso. Vas a lamentar cada suspiro, cada latido de tu corazón y, en cada mísero amanecer que te reste, rogarás que ponga fin a tu vida.