Innocentia LXV
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LXV

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Sucaelo

Para muchas mujeres, una vida como la suya sería envidiable.

Pero solo aquellas de su rango social comprendían lo que significaba nacer con un destino escrito antes incluso de abrir los ojos por primera vez.

Plautia recordó las noches previas a conocer a Tito Papirio, cuando era prisionera de sus miedos y esclava de un sufrimiento que la atormentaba noche y día: saber cómo sería el hombre a quien se uniría el resto de su vida.

Cuando al fin lo vio el día de su casamiento, sintió un destello de alivio.

Era apuesto, incluso hermoso, pero el verdadero juicio no residía en su apariencia, sino en aquello que solo su hogar, tras las puertas cerradas, revelaría sobre su verdadera esencia.

Esa primera noche descubrió a un hombre atento y, para su sorpresa, a partir de ese día las cadenas del amor envolvieron su espíritu.

No tardó en acostumbrarse a los suspiros cálidos al oído, al roce de sus cuerpos anhelantes, a las voces temblorosas y a las risas cargadas de complicidad.

Las miradas que brillaban con una intensidad que solo el amor podía alumbrar.

Plautia siempre había adorado las palabras, prefería vestirse con ellas que con cualquier otra joya.

Uno de los primeros regalos que le dio Tito Papirio fue un códice, el tesoro que más iluminaba su alma: El arte de amar , de Ovidio.

Había memorizado cada uno de los versos, pero siempre hubo dos que eran los que más habían enardecido su espíritu. El primero seguía sintiéndolo:

«El amor es un arte que hay que aprender».

Había seguido al pie de la letra aquella afirmación y, junto a su esposo, se habían instruido en todo lo concerniente a quererse, amarse y respetarse.

Pero todo había cambiado al escuchar, atónita, la confesión de aquello que el hombre al que adoraba había hecho.

Si las palabras hubieran surgido de los labios de Domicia Iucunda, jamás las habría creído.

Solo un ser cruel y despiadado sería capaz de semejante acto, y ese no era Tito Papirio, el hombre más maravilloso del mundo.

Pero no, la voz que lo reveló fue la de su esposo, la persona que durante años había amado con devoción.

¿Cómo era posible que aquel a quien entregó su alma se convirtiera, de pronto, en un extraño?

Y esa era la segunda de las sentencias de los versos que tanto admiraba de Ovidio y que más pesaba en su corazón:

«El amor se alimenta con el trato; la ausencia lo mata».

Aquellas palabras la atormentaban. Jamás había querido separarse de su amor.

Cada viaje que su esposo realizaba, suponía una tortura al sentirlo tan lejos y, ahora, lo único que anhelaba con desesperación era no volver a verlo.

Estar lo más alejada posible de su presencia.

Se maldecía por concebirlo como una especie de peste que en ese momento la contaminaba; deseaba con todas sus fuerzas mantenerlo lejos.

Desde entonces, detestaba cualquier detalle que lo evocara: las sábanas que antes la cobijaban con su calor ahora le producían rechazo, como si en ellas se hubieran impregnado las sombras de lo imperdonable.

Los cubiertos, el mobiliario, incluso el mosaico del suelo, que tantas veces habían pisado juntos, le quemaba los pies; todo era ahora un recordatorio de lo que le había arrebatado.

El agua fría acarició sus piernas desnudas.

La orilla del río, donde ahora se encontraba, era su único refugio.

En aquel lugar jamás había estado junto a él y no guardaba el eco de su traición ni el mar de sus caricias.

Allí, bajo el murmullo constante del agua, hallaba un consuelo efímero, un respiro ante las dudas que azotaban su alma.

Plautia abrió el papiro que le había escrito Domicia Iucunda con la denuncia.

En ella hablaba de la conspiración que se había producido con las niñas de la provincia Bética.

Estaba dispuesta a hacer varias copias para diferentes miembros del Senado y con ello acabar con cualquier posibilidad de convertirlo en senador.

La esposa de Tito Papirio dejó caer al río el papel que sentenciaba a su esposo. Las aguas comenzaron a abrazar y a expandir la tinta hasta que engulleron la denuncia. Se dio la vuelta y se dirigió a su esclavo para que la llevara de vuelta a Sucaelo.

Había tomado una decisión.

Cuando llegó a la urbe, la sombra de todos y cada uno de los recuerdos con Tito Papirio, todos los lugares donde se habían amado seguían apareciendo por su mente, pero ya no la atormentaban.

Con paso decidido se bajó del carro y atravesó el foro.

No se detuvo ante nada ni ante ninguno de los vecinos que quisieron detenerla para intercambiar unas palabras.

Llegó hasta la taberna donde Domicia Iucunda le había dicho que la esperaría. Solo ella sabía la dirección. Ya allí, preguntó al tabernero y esperó con paciencia sentada a una mesa.

No le importó.

Domicia Iucunda bajó cuando habían pasado algo más de dos horas.

—Entiende que tengo que tomar mis precauciones —dijo la patricia romana a modo de disculpa por la espera.

Plautia se puso en pie.

—No voy a delatar a mi esposo. Te ruego que no envíes esas cartas.

—Es una decisión tuya, Plautia. Respetaré tu opinión.

Domicia Iucunda se dispuso a darse la vuelta.

—Espera. No he terminado. Me diste varias alternativas y yo las escuché: denunciar a mi esposo u olvidarme de todo y seguir con mi vida.

—Te di otra más.

—Y esa es la que acepto, pero antes quiero conocerla.

—No depende de mí. Tendré que preguntárselo.

—Esperaré.

—Si quieres que salga bien, tendrás que hacer todo tal como yo te diga.

Plautia suspiró pensando en su hija y en todas las pequeñas a las que les habían arrebatado la vida.

—Haré lo que me pidas.