Innocentia LXIV
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LXIV

LXIV

Termas de Ipora

Tauro escupió un diente, sintió en el paladar el sabor metálico de la sangre llenándole la boca mientras luchaba por abrir el único ojo con el que aún podía vislumbrar algo. Trató de zafarse de las cuerdas que le mordían la piel y lo tenían inmovilizado, pero fue inútil.

Aquilio no cesaba en su brutal paliza. Le había roto varios huesos de la mano, dislocado una rodilla y, con un pequeño trozo de hierro oxidado, castigaba sin piedad su rostro, dejando marcas profundas en la carne.

—¿Me das un poco de agua? —murmuró Tauro con un susurro.

El sicario de Mesa se detuvo y se giró hacia una jarra.

Se acercó con una copa y la llevó a los labios del antiguo frumentarius .

Tauro bebió un sorbo, jadeando por el dolor, y escupió el contenido entero en la cara de su torturador.

Este le propinó un puñetazo en el rostro, seguido de otro y otro más.

El antiguo legionario apenas se mantenía consciente; su cabeza pendía a un lado, y un hilo de sangre colgaba desde sus labios hasta el suelo polvoriento y cubierto de paja.

—Tienes suerte de que no haya traído mis juguetes de tortura, pero no los necesito —dijo el asesino observando las muescas de su punzón con detenimiento—. Solo le quedan tres: la de tu amigo, la tuya... y la mía.

—Escucha, Aquilio —respondió Tauro—, ya me tienes a mí. Suelta al chico, él no es culpable de nada.

—Tranquilo, aún falta mucho para que dejemos de divertirnos. ¿Sabes? Hay muchas zonas del cuerpo donde un corte sangra con abundancia, como esos tres cerdos —dijo señalando a la celda donde estaba el gigante—, pero no te mata.

Con un movimiento rápido, Aquilio rasgó la túnica ensangrentada de Tauro, dejándolo casi desnudo salvo por un calzón.

—Te diré por qué hago esto. En primer lugar, aunque no debería reconocerlo, es por envidia.

En ese momento le hizo cortes en los brazos y las piernas. Tauro se retorció en la silla, tratando en vano de liberarse de las cuerdas que lo tenían apresado.

—Cuando vivía en Roma, todos hablaban de tus éxitos. Nosotros, los que matábamos en las sombras, nunca gozaríamos de tu fama.

Aquilio se giró, jugando con el cuchillo.

—El segundo motivo es por ambición. Siempre quise demostrar que soy mejor que tú.

Sin previo aviso, rajó el pecho de Tauro de un lado al otro. Este gritó y su cuerpo se tensó por el dolor.

—El tercero, por redención.

Entonces le hizo varios cortes en la parte superior de la espalda, dejando que la sangre corriera libremente.

—Pero el más importante: por venganza.

Con precisión, hundió el punzón en el abdomen de Tauro, justo entre las costillas inferiores y la cadera, sin penetrar demasiado.

Tauro apretó los dientes, jadeando para no gritar.

—¿Sabes? Siempre desprecié a mi padre, el hombre al que llamaban Aquilio, el Asesino de Senadores, hasta que tú lo mataste. No fue por cariño, aunque me enseñó todo lo que sé. Pero, por un instante, solo por un ínfimo instante, lamenté su pérdida.

Tauro, tembloroso, estaba cubierto de sangre, a punto de perder el conocimiento.

—¿Qué pasa? ¿Ya no eres tan valiente? ¿Dónde están todos tus éxitos ahora? —preguntó el vástago del Asesino con una sonrisa fría—. No quiero que te mueras desangrado. Lo que te espera será mucho peor.

—Tu padre... —dijo Tauro con un hilo de voz— fue un rival mucho más digno que tú.

—Sin embargo, seré yo y no él quien acabe contigo.

Aquilio destapó la cantimplora. En sus ojos y en el temblor de sus manos se notaba que su cuerpo comenzaba a exigirle su dosis.

—Debería tomar mi opio —murmuró mientras se limpiaba el sudor de la frente—.

Gracias a ti soy un adicto, pero si lo hago me tranquilizaré, y eso es lo último que necesito ahora.

Mientras te recuperas, iré a por el regalo de Expositus.

Mi último trabajo. La obra final. ¿Estás listo? —preguntó mirando al chico.

Sin esperar respuesta, Aquilio cubrió su propio rostro con trapos y salió.

—¿Tauro...? Tauro, ¿estás bien? —susurró Expositus con la voz angustiada.

—Tranquilo, chico... —respondió Tauro con un hilo de voz—. ¿Y tú?

—Quiero salir de aquí. Ese hombre me da miedo.

—No temas... Créeme, saldremos de esta —dijo tratando de calmarlo.

—¿Vamos a morir?

—Haré todo lo que pueda para evitarlo.

Expositus lo interrumpió, olfateando el aire.

—¿Hueles eso?

A pesar de los golpes y las heridas, Tauro notó el hedor nauseabundo aproximándose.

—Sí, lo he olido desde que he llegado.

Aquilio entró en ese momento.

Tauro torció el gesto al notar el olor. Expositus se quedó helado, el resto de las niñas arrancaron a llorar, aterradas, y el gigante se puso en pie.

La escena era una pesadilla: Aquilio arrastraba el cuerpo en descomposición de una persona, dejando tras de sí un rastro de gusanos, sangre seca y vísceras. El hedor era insoportable, tan ácido que parecía incrustarse en las fosas nasales, llenando cada rincón del establo.

El sicario se acercó al chico y le ofreció la cantimplora.

—Será mejor que bebas esto.

El chico negó con la cabeza, cubriéndose nariz y boca con ambas manos. Aquilio entonces se volvió hacia Tauro, levantando su puñal.

—O lo haces... o le saco el ojo y así estamos iguales.

Expositus, aterrorizado, empezó a beber.

—Todo.

—Aquilio, por favor —suplicó Tauro—. Es solo un niño. Hazme a mí lo que sea que estés pensando.

Su torturador recibió aquella súplica con una sonrisa torcida.

—A ti te espera otra muerte, Tauro.

El opio comenzaba a hacer efecto en el muchacho, que parpadeaba con pesadez. Aquilio se inclinó sobre él.

—Mientras te adormilas, déjame contarte lo que vamos a hacer. Pero antes, te presentaré a nuestra amiga. El cuerpo que yace en el suelo nos acompañó todo el camino desde Gades. ¿No recuerdas el olor a podrido?

Expositus fue cerrando los ojos.

Los gusanos salían de todas las cavidades del cadáver y su fetidez era tan penetrante y repulsiva que pareció llenar la habitación.

—Siempre he admirado a los etruscos —continuó—. Te habrían encantado, Tauro; ellos sí que sabían torturar. Lo que vais a ver era una de sus obras: se llama el suplicio de Mezencio. Pero lamento decirte, Tauro, que no es para ti. Este regalo es para Dentatus.

Aquilio liberó las cadenas del chico, que ya estaba casi dormido.

—El castigo consiste en atar a un vivo a un cadáver, cara a cara. Ambos comparten el hedor, la putrefacción... y los fluidos.

Tauro tiraba de sus cuerdas, desesperado por soltarse.

—Además —añadió Aquilio sosteniendo hilo y aguja—, los gusanos no distinguen entre carne viva y muerta. Poco a poco, lo devorarán. ¿No estás ansioso por verlo, Tauro? Es una muerte lenta, dolorosa..., perfecta.

Cuatro horas después, Expositus comenzó a abrir los ojos.

Todo estaba oscuro, salvo por la tenue luz de una lucerna.

Lo primero que lo devolvió a la realidad fue, de nuevo, el olor.

Trató de llevarse las manos a la nariz, pero no pudo.

Estaba atado. Sintió que algo se movía en su boca y en la garganta.

Le costaba respirar. Sus ojos comenzaron a enfocar y pudo distinguir cientos de puntos blancos que se desplazaban, pero seguía sin saber qué era.

Tenía los labios unidos a una superficie viscosa.

No podía moverse. Trató de sacudirse, pero fue inútil.

Empezó a ponerse nervioso hasta que sus ojos se adaptaron a la oscuridad, y lo vio a escasa distancia: las cuencas vacías de un muerto, de las que salían cientos de larvas blancas.

Entonces sintió cómo esos gusanos estaban también por todo su cuerpo, entrando por su boca, introduciéndose en sus oídos y mordiendo su piel.

El grito aterrador que dio, antes de desmayarse, se perdió en la garganta del cadáver al que estaba cosido.