LXIII
LXIII
Hispalis
Aurelio Carisio despertó y, como cada mañana, permaneció tumbado en su cama. Era su costumbre comenzar el día elucubrando sobre los asuntos que ocuparían su tiempo una vez que atendiera a los hombres que conformaban su cada vez más numerosa red de clientes.
Se palpó el rostro y notó la aspereza de los pelos que emergían en su barba. Chasqueó la lengua, irritado. Cada día se frotaba la piel con miga de pan para ralentizar el crecimiento del vello, pero aquel remedio parecía tan inútil como sus maldiciones al respecto. Tendría que ir a ver a su barbero.
Pasaría por la villa de Ipora para visitar a Orbiana y asegurarse de que la remesa con las primeras niñas estuviera en perfecto orden.
Más tarde tomaría su carro rumbo a Sucaelo.
Estaba inquieto por la inminente subida al poder de su consuegro y socio, Tito Papirio, aunque prefería llamarlo por el sobrenombre que tanto le gustaba: Juno.
Aquel ascenso era el punto culminante de años de espera y manipulación y no iba a permitir que ningún contratiempo pusiera en peligro el futuro por el que había luchado desde que tuvo uso de razón y comprendió el peso de su linaje.
Cuando hubo repasado cada detalle del día, Aurelio Carisio se levantó.
Sus esclavos ya le habían preparado su primera comida: pan caliente con queso cubierto de miel y una copa de vino de Falerno.
Tras dar buena cuenta del desayuno, se dirigió a Epafrodito, su esclavo de mayor rango y el único al que permitía dirigirse a él.
—Unce los caballos y avisa al cochero. Cuando regrese de la barbería, partiremos a Sucaelo —ordenó con tono seco.
Aurelio atendió los primeros compromisos de la jornada y volvió a su cámara. Allí abrió un compartimento oculto en su arcón. Sacó un pequeño ungüentario que contenía el acónito con el que envenenaba a su esposa. Guardó el frasco entre los pliegues de su toga y se dirigió a su alcoba.
Al entrar, varias esclavas estaban frotando el cuerpo de Ulpia, que yacía desnuda sobre la cama. Las sirvientas se retiraron en silencio al ver a su señor, dejando a su domina a merced de su esposo.
—Deberías verte —dijo Aurelio con asco—. Tan escuálida y pálida... Qué lejos ha quedado tu belleza. El día que celebremos tu muerte, ni el mismísimo Caronte querrá llevarte en su barca.
Ulpia no apartó los ojos de su esposo. Su rostro permanecía imperturbable.
Aurelio sacó el ungüentario y comenzó a verter unas gotas del veneno en la jarra de agua que descansaba en una mesa junto a la cama. Sus labios esbozaron una sonrisa mientras se dirigía a su esposa.
—Gracias a tu dinero, querida Ulpia, en poco más de un año mi destino estará lejos de este rincón olvidado del Imperio.
La fortuna me llevará al corazón de Roma.
Lamento comunicarte que no me acompañarás en ese viaje.
Aumentaré la dosis progresivamente para que tu penosa existencia deje de ser un estorbo.
Sin embargo, debo ausentarme varios días, así que verteré un poco más.
Antes de hacerlo, la puerta de la cámara se abrió de golpe. Aurelio se giró, enfurecido. Era su esclavo de mayor confianza.
—¡¿Cuántas veces debo decirte que no entres sin avisar?! —gritó intentando ocultar el frasquito de la vista del siervo.
—Mis disculpas, domine —respondió Epafrodito inclinando la cabeza—, pero es un asunto urgente.
—¿Qué ocurre? —soltó Aurelio sin bajar el tono de voz.
—Ha venido el edil de la ciudad. Dice que...
—Está bien —lo interrumpió. Entonces salió de la habitación, dejando el ungüentario con el acónito sobre la mesa, junto a la jarra de agua de Ulpia.
Una hora después, tras despachar al edil con un asunto insignificante, Aurelio Carisio salió rumbo a la barbería.
Sus siete guardaespaldas lo escoltaban. Por supuesto que podía permitirse el lujo de poseer un esclavo dedicado en exclusiva a cuidar de su apariencia, pero prefería pasear por la ciudad.
Le deleitaba observar cómo muchos de sus conciudadanos cambiaban de dirección al verlo aparecer en la distancia, como si su sola presencia fuera un mal augurio.
Disfrutaba con los halagos vacíos de los aduladores y aún más con el pánico contenido en los ojos de quienes le temían.
Para él no era poder: era el arte de ser necesario y causar miedo a partes iguales.
Ordenó a sus hombres que esperaran fuera y entró en la barbería.
El ambiente olía a jabón y solo había un cliente en el pequeño local.
Aurelio, absorto en sus pensamientos, se sentó en su silla habitual sin ocuparse demasiado de su entorno.
Pero algo perturbador rompió su concentración: su barbero, siempre atento, solía dejar para más tarde al cliente que estuviera atendiendo para ocuparse únicamente de él.
Esta vez no lo hizo. Aurelio alzó la mirada, irritado, y notó que el barbero sudaba con profusión, sus ojos dominados por una especie de terror que le resultó familiar.
Había visto ese mismo temor en los rostros de algunos de sus conciudadanos momentos antes.
—Vaya, mira quién ha venido a vernos —interrumpió sus elucubraciones el cliente, que se levantó mientras se quitaba los restos de aceite con un trozo de tela.
Aurelio lo reconoció al instante: Tiberio Eudoxius, el encargado del gremio de marineros en Gades.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ocultando su preocupación tras un tono de falsa indiferencia.
—¿Acaso no puedo venir a visitar a un amigo? —replicó Tiberio con una sonrisa torcida.
El duunviro, sin responder, hizo un leve gesto al barbero, indicándole que fuera a avisar a sus hombres. Pero antes de que pudiera moverse, Tiberio le puso una mano en el pecho, deteniéndolo.
—Si cruzas esa puerta, agarro tu maldita navaja y te rajo la cara hasta dejarte irreconocible. Mira el lado bueno, no te volverá a crecer un jodido pelo jamás.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Aurelio poniéndose en pie.
—Que me acompañes —contestó Tiberio mientras señalaba al barbero para que los guiara hacia la puerta trasera.
El encargado del gremio lanzó una última advertencia antes de salir:
—Si alguno de los dos intenta hacerse el valiente y atrae la atención de tus hombres, Aurelio, os haré recoger vuestras tripas del suelo con las manos.
Salieron al callejón que conducía a la calle principal. La puerta estaba despejada y no había ningún guardia a la vista.
—Dirígete a tu casa, Aurelio. Si alguien te detiene, inventa cualquier excusa para quitártelo de encima. Pero escúchame bien: si intentas alertar a alguno, sentirás cómo la hoja de un cuchillo se abre paso por tu espalda.
Aurelio lo miró con frialdad.
—Mis hombres me son leales. En cuanto noten mi ausencia, vendrán a buscarme.
Tiberio sonrió.
—Perfecto. Los estaremos esperando.
El duunviro obedeció y los tres caminaron hacia su domus .
Durante el trayecto, Aurelio hizo gestos disuasorios a quienes intentaron acercarse, conminándolos a dejarlo en paz.
Sin embargo, al llegar a la casa, notó algo extraño: ninguno de los esclavos salió a recibirlo.
La entrada estaba vacía, salvo por dos hombres desconocidos, seguramente enviados por Tiberio.
Los intrusos se adelantaron para sujetar al barbero, apartándolo de él.
Cuando accedieron al despacho de Aurelio, el escenario era un caos. Los dos arcones estaban abiertos, y la mayoría de sus papiros estaban esparcidos por el suelo y la mesa.
—¡Que alguien me explique qué está ocurriendo aquí! —exigió fuera de sí.
Una voz que surgió a su espalda lo hizo detenerse.
—¡ Salve , Aurelio!
El duunviro se giró al reconocerla.
—Ponte cómodo —dijo Elia masticando cada palabra—. Tenemos mucho de que hablar.