LXII
LXII
Termas de Ipora
Aquilio no pudo contener la carcajada cuando sus ojos se posaron en el cuerpo inerte de Orbiana, desplomado sobre el suelo. La sangre aún manaba de su garganta formando un charco sobre la paja y el suelo de la celda.
Foedus, fuera de sí, se lanzó sobre el cadáver de su madre.
Al ver que no se movía, le golpeó el pecho con tal fuerza que pudo oírse el sonido de su esternón al fracturarse.
La cólera y la desesperación lo dominaron y, como una bestia herida, giró hacia el cerdo que seguía devorando cuanto encontraba.
Con un rugido y, sin el miedo que había mostrado cuando lo vio, descargó su ira sobre la criatura, golpeándola con los puños una y otra vez.
El puerco, al verse atacado, reaccionó con furia. Embistió al gigante con toda su fuerza, y hundió los colmillos una y otra vez en la carne de aquel que lo atacaba mientras emitía gruñidos espeluznantes. La lucha entre el gigante y el animal hacía que retumbasen las paredes del establo.
Aquilio, absorto en la escena, rompió a aplaudir, extasiado. Las niñas apartaron la mirada y Expositus no podía dejar de observar aquel macabro espectáculo, atrapado entre el pavor y la fascinación.
Foedus, con la ira desbordándole los ojos, agarró al verraco por el cuello.
La bestia, en un último intento de resistirse, mordió el antebrazo del hombre y le arrancó un trozo de carne.
Con un grito de rabia, el gigante lo empujó con su enorme fuerza y lo estampó contra la pared.
El cerdo gruñó, golpeó el suelo con las pezuñas en un intento desesperado por recuperar la estabilidad.
Una vez más, cargó con su mastodóntico cuerpo en dirección a Foedus.
El gigante esquivó el golpe en el último momento.
La bestia chocó con la reja de acero con tal violencia que todo el establo tembló.
Aprovechando el respiro, Foedus se agachó para coger un fragmento de cerámica que yacía entre la paja.
Pero no tuvo tiempo de usarlo: el cerdo volvió a embestir, lanzándose sobre él.
Sus colmillos de nuevo encontraron su piel, desgarrando la carne de las manos con las que se protegía, hasta que los dientes alcanzaron su rostro.
Foedus bramó al sentir cómo el animal arrancaba el cartílago de su nariz.
El dolor desató en él una furia inhumana.
Con un acto reflejo, comenzó a clavar el trozo de cerámica en el cuerpo del animal una y otra vez.
La sangre salpicaba su rostro y empapaba su túnica, pero no se detuvo, ni siquiera cuando el cerdo cedió en su mordedura, entre estridentes chillidos.
Siguió apuñalándolo, al tiempo que le hundía el fragmento de cerámica en el vientre hasta que la bestia quedó inerte bajo él.
Foedus se sentó sobre el cuerpo del cerdo y, jadeando, continuó descargando golpes y perforando el cadáver. En el establo solo se oían los gritos del colosal huérfano mientras seguía clavando su improvisada arma en el animal.
Aquilio, fascinado por la grotesca batalla, estalló en aplausos.
En ese instante entró Livia, la niña que estaba vigilando.
—Mi señor —dijo con su voz infantil—, he visto a un hombre acercarse a la villa.
Aquilio giró la cabeza hacia ella.
—¿Un hombre solo? —preguntó nervioso.
La muchacha hizo un gesto afirmativo.
Aquilio destapó su cantimplora. El aroma acre del opio ya lo templó antes incluso de tomar un largo trago. El temblor de sus manos cesó de inmediato, cuando el amargo líquido calmó su ansiedad.
—Todo está saliendo según lo previsto —dijo con una enorme satisfacción.
Su rostro cambió al observar a las niñas.
—Lo que habéis presenciado no será nada comparado con lo que os haré si alguna de vosotras se atreve a abrir la boca antes de lo debido.
Tauro llegó a la dirección indicada en la tablilla que aquel mensajero le había entregado en la villa de Mitra. Dejó a su caballo atado a cierta distancia, a una milla escasa, y se quitó la capa que lo protegía del frío.
Rodeó la villa en busca de un punto de entrada.
No se oía nada, pero un hedor putrefacto empezó a impregnar el aire mientras se aproximaba.
Su estómago se revolvió. Se detuvo un instante y observó el camino por el que había llegado.
Nadie parecía seguirlo. Dudó si esperar, pero algo en su interior le decía que no podía permitirse perder ni un momento. Sabía que el tiempo apremiaba.
Con precaución, apiló varias piedras y escaló hasta una de las tapias de la villa.
Desde allí, se asomó al interior. No se veía a nadie.
El patio, cubierto por un pastizal descuidado y alto, parecía abandonado desde hacía mucho tiempo.
Tauro se dejó caer al otro lado, pero, al tocar el suelo, ahogó un grito de dolor: había pisado un cristal oculto entre la alta hierba, que atravesó la suela de su calzado y se le clavó en la planta del pie.
A pesar del dolor, se tapó la nariz; el hedor que dominaba el lugar era insoportable.
La fetidez se aferró a sus fosas nasales.
Ahogando una arcada, se quitó el pañuelo que protegía su cuello y que lo acompañaba desde sus tiempos de legionario.
Extrajo el cristal con cuidado, levantando la mirada cada poco tiempo, y se cubrió la herida.
Con una mano se tapó la nariz y, con la otra, desenvainó el cuchillo. A pesar del dolor que le mordía con cada paso, avanzó hacia la vivienda con cuidado y apartando otros cristales. Entró con sigilo, con el puñal siempre delante de su cuerpo.
El interior de la casa estaba en silencio, aunque el aire cargado de descomposición hacía difícil respirar.
Tauro revisó la planta baja. Al entrar en la cocina, vio una gran cantidad de harina, como si alguien estuviera preparando comida para un gran número de personas.
Sin embargo, los comedores estaban vacíos.
Dejó a un lado las termas y continuó hacia las habitaciones.
En un dormitorio, abrió uno de los arcones.
En su interior encontró varias túnicas enormes y unas sandalias de gran tamaño.
No necesitó más para deducir que pertenecían al hijo de Orbiana.
Decidió salir y se dirigió a la cuadra, en la zona de los esclavos. Había un carro bloqueando el acceso. Las bisagras de la puerta protestaron al abrirse.
Cuando observó el interior, un escalofrío le atravesó el cuerpo.
Una veintena de niñas se hacinaban al fondo; apenas se atrevían a mirarlo.
En una esquina, el gigante jadeaba, con el aspecto de quien acaba de regresar de la mismísima guerra, mientras abrazaba el cuerpo inerte de una mujer.
A pesar de la sangre que la cubría, no tuvo ninguna duda: era Orbiana.
Dos cerdos descomunales yacían a su lado.
Pero lo que más llamó la atención de Tauro fue la escena en el centro de la cuadra: Aquilio sujetaba a Expositus.
—¿Estás bien? —preguntó Tauro.
—Te dije que vendría —respondió el chico con una sonrisa, tratando de desembarazarse—. Acaba con él —le ordenó a Tauro.
—Todo a su tiempo —dijo su captor, levantando el cuello del crío y poniendo un puñal en su garganta.
El muchacho se detuvo en seco.
—Te estábamos esperando, Tauro. Por favor, toma asiento. Ha llegado la hora de divertirnos un rato —ordenó señalando una silla enfrente de él.
—Si lo hago, nos tendrás a los dos a tu merced. Suéltalo.
Su contrincante comenzó a reírse.
—¿Crees que vas a poner tú las condiciones?
—Deja que el chico se marche. —El tono de Tauro se relajó—. Ya me tienes a mí, tal como querías.
—Prefiero la compañía de ambos —añadió el otro mientras apretaba el puñal contra el cuello de Expositus, que gimió de dolor—. Si vuelves a exigirme algo, te juro que tu amigo descubrirá a qué sabe su ojo derecho.
—Está bien. No le hagas nada, te lo suplico.
—Siéntate. Las manos donde pueda verlas o juro que le corto el cuello.
Tauro obedeció y se sentó en la silla de espaldas a ambos.
Con el pomo de su puñal, Aquilio le golpeó en la nuca con tanta fuerza que lo dejó inconsciente.
—Ha llegado tu hora, Tauro. Llevo mucho tiempo esperando este momento.