LXI
LXI
Sucaelo
Tito Papirio observó desde su tablinum , el despacho donde acostumbraba a recibir a sus visitas, cómo su hijo se alejaba.
Se sentía orgulloso, hasta ese momento se había comportado como un heredero ejemplar.
Se dejó caer en su silla curul, de patas en forma de tijera, y se quedó pensativo.
Todo parecía retornar a la normalidad. Lo único que le preocupaba era Plautia, su amada esposa; aún no había logrado devolverle la sonrisa.
Confiaba, sin embargo, en que el tiempo, ese bálsamo silencioso, acabaría por curarlo todo, incluso la tristeza que anidaba en ella.
La puerta se abrió y, para su sorpresa, entró Domicia Iucunda.
—¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué ninguno de mis esclavos me ha anunciado vuestra visita? —preguntó sobresaltado, levantándose de la silla.
—Tranquilo, he venido sola —interrumpió Domicia.
—Creí haber dejado claro que no quería volver a veros, que había sido un error contrataros.
—No he venido a reclamar nada, Tito... ¿O prefieres que te llame Juno?
Tito Papirio se quedó paralizado.
—No sé de qué hablas —respondió.
—Tenía ciertas dudas —añadió Domicia—, pero ese temblor en la voz es una prueba más que te delata.
—¿Qué te hace pensar que yo soy Juno?
—En primer lugar, porque llevas mintiendo desde que vinimos. Tu esclavo, el primer día que nos vio aparecer, nos dijo que estabas en Roma. Cada vez que te veía te preguntaba sobre tus negocios en distintas urbes que tú nunca negabas. Por tanto, tu esclavo decía la verdad.
—¿Y eso es todo lo que tienes? No soy el único. Fabio Balbo y otros hombres también tienen negocios en Roma.
—La fachada de la casa de Fabio está plagada de nombres electorales, también la de Aurelio Carisio; todas, salvo la tuya.
—Ya te dije que no necesitaba anunciarme. Además, mis clientes y los habitantes de la ciudad me conocen.
—Cierto, lo dijiste. Pero nadie se anuncia en su propia vivienda.
Todas las pinturas las encargan siempre los enemigos políticos para anunciarse ellos mismos.
Tú no tienes ninguna porque tu rival era Quinto Pomponio, el gobernador de la Bética, y dado que es un cargo elegido por el Senado, no tenías oposición.
Tito Papirio la observó en silencio.
—Luego está esa excusa tan pobre de las barras que no bloqueaban las puertas.
Reconozco que me pareció verosímil, pero deberías haber visto la cara de Quinto cuando le hablé de ella.
En eso y en la implicación del gobernador en todo este asunto de las niñas es en lo único que he estado equivocada.
Y para terminar, la prueba que confirma que eres Juno me la ha dado Albino, mi contable, quien ha obtenido tu nombre a través de mis socios en Roma.
—Estoy impresionado. No lo negaré más. No obstante, llegas demasiado tarde.
—Antes de que te regocijes en tu victoria, quiero hacerte una última pregunta: ¿por qué? —susurró Domicia mirándolo con una mezcla de desprecio y curiosidad.
Tito Papirio se levantó, se sirvió una copa de vino y le ofreció una a Domicia, que la rechazó.
—Todo el mundo ansía algo. Un pobre desea ser rico, un rico desea poder, un poderoso desea hacer algo por lo que ser recordado eternamente. Yo solo les he facilitado la posibilidad de que vean cumplidos sus anhelos.
—¿Por qué fuiste a buscar a Tauro?
—Cuando estaba en Roma, no podía dar crédito a mi fortuna al descubrir que Julia Mesa buscaba, con desesperación, al mismo hombre que me había escrito para pedir disculpas a mi esposa y anunciar la muerte de su hermano.
Plautia no me habría perdonado si se lo entregaba yo directamente.
Pero si os alojabais aquí, sabrían dónde podían hallarlo y eso facilitaría su entrega y a mí me situaría en una posición inmejorable con la abuela del emperador.
Nunca he sido muy devoto del teatro, pero reconozco que me divertí interpretando el papel de padre desesperado por buscar a su hija para arrastraros hasta aquí.
La verdad, cuando vi a Tauro abatido en la taberna, no contaba con que podría recuperar su habilidad, y no te mentí: tampoco contaba contigo.
—¿Y esas niñas? ¿Qué necesidad satisface su sacrificio?
—El único propósito de una mujer es traer hijos al Estado y unir lazos con otras familias.
¿Qué diferencia hay entre entregarlas a los brazos de un hombre o a los de una causa?
Si quieres que alguien haga algo, el primero que tiene que servir de ejemplo eres tú.
La única diferencia es que solo Aurelio Carisio y yo sabíamos dónde las entregábamos y la gran mayoría de los hombres nos las confiaron porque, al hacerlo, no imaginaban cómo acabarían; pero ellos necesitaban algo y esa necesidad los llevó a no hacer preguntas.
Me imagino sus caras bajo las máscaras cuando fueron a la villa de Mitra y allí yacieron con ellas.
—¿Y consideras que pagar con esas pobres niñas justifica cualquier fin?
—Ya lo creo. Son tantas las mujeres que mueren al dar a luz o en los primeros años de vida que ¿crees que me preocupa una más o una menos?
Mi padre fue un gran admirador de la obra de Séneca.
Él siempre ponía de ejemplo a los gladiadores.
Decía que si un infame salía a la arena sin miedo a morir y sin miedo al dolor, si no temía a nada, ¿cómo no iba a ser capaz de hacerlo un ciudadano romano?
Al igual que ellos, no niego que sentí dolor cuando tuve que tomar la decisión, pero no tuve miedo a hacerlo, y te diré algo: lo volvería a hacer.
Yo y todos los hombres, desde el cabo Finisterre hasta las Columnas de Hércules, aunque lo nieguen.
—¿Y tu esposa? ¿Ella no es también una víctima?
—No te permito que mezcles a Plautia en esto —dijo amenazante—.
A ella la amo por encima de todo y esto lo hago por nosotros.
Dentro de dos meses me convertiré en el gobernador de la Bética y mis contactos son tan importantes que, en un año, seré senador en Roma.
Mi familia dejará estas calles para vivir en la mismísima Ciudad Eterna.
Conseguiré que Plautia algún día recuerde todo esto como un mal sueño.
—¿Con qué senadores tienes negocios?
—No te daré el placer de saberlo —dijo mientras apuraba su copa.
—Te diré algo sobre cómo es Roma. Puedo ofrecerte algún consejo. He estado viviendo allí toda mi vida hasta hace seis meses.
Domicia Iucunda se levantó y siguió hablando.
—¿Sabes qué es lo que más adoran en Roma?
Los rumores. Nunca los soporté. Porque son como el fuego, se propagan alimentados por las lenguas, transformando todo a su paso.
Tu problema, Tito, es que no solo subestimas a esas pobres niñas, sino también a las mujeres.
Antes de abandonar Roma junto a Tauro, fui una de las matronas más influyentes de la ciudad, o al menos eso decían.
¿Y sabes por qué? Porque mi familia me educó para que no tuviera que estar bajo la tutela de un hombre.
Tenía mi propia independencia económica y eso me permitía gestionar mi fortuna.
La mujer del gobernador me confirmó lo mucho que hablaron de mí el resto de las matronas cuando decidí marcharme con Tauro.
Pero hay algo que jamás abandoné: mis negocios.
Nunca me gustó confiarlo todo a una sola nave, así que mis socios incluyen a senadores de los dos bandos.
¿Quieres que apostemos cuánto tardarás en estar en boca de todo el mundo cuando les diga a los de un bando y otro cómo has alcanzado tu cargo de senador?
Tito Papirio seguía observándola con el rostro serio.
—No te creas tan importante —añadió Domicia—. No estarás durante semanas en boca de todos los círculos como estuve yo. De hecho, no durarás ni dos días, porque quienesquiera que sean tus socios, cuando llegue a oídos de sus enemigos, negarán hasta tu miserable existencia.
Domicia hizo amago de salir.
—Pero no seré yo quien tome la decisión. Al entrar, lo primero que me has preguntado es por qué no había sido anunciada, y la respuesta es porque no he venido a verte a ti.
Plautia, la esposa de Tito, salió de detrás de la puerta. Había escuchado toda la conversación y tenía el rostro cubierto de lágrimas.
—Será ella quien lo decida. Y ahora os dejo a solas. Lo mismo que me has explicado a mí, deberás explicárselo a tu esposa. Aunque imagino que lo que menos necesita en estos momentos son explicaciones.
Domicia tomó las manos de Plautia y puso en ellas un pergamino. Imaginaba el dolor que había tenido que sentir al escuchar aquella declaración.
—Todo está preparado. La denuncia a los senadores está aquí escrita. —Domicia se dirigió hacia Tito—. Sé lo que estás pensando y he hecho más copias. Plautia, ahora depende de ti.
Domicia Iucunda cerró la puerta tras de sí y dejó a Plautia evaluando con la mirada al hombre con quien había compartido su vida y a quien apenas conocía.