LX
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Termas de Ipora
Foedus yacía exhausto, con el sudor recorriéndole la frente, tras haber descargado su brutalidad una y otra vez sobre aquella víctima que apenas podía moverse.
Se bajó la túnica tapándose el pene cubierto de semen.
El hambre comenzó a acariciar su estómago y, en ese momento, solo necesitaba a su madre.
El establo apestaba a paja húmeda, sangre y al miedo de las niñas, sobrecogidas al ver que aquella bestia podía hacerle lo mismo a cualquiera de ellas.
La puerta se abrió y Aquilio entró con paso tranquilo. Atado a una de las cadenas junto a las demás prisioneras se encontraba Expositus. Ya no llevaba la mordaza.
—Cuando venga, te dará una paliza que no olvidarás —dijo el niño poniéndose en pie—.
Te va a dejar el único ojo que tienes como el otro.
Ya lo verás... Bueno, no podrás hacerlo porque no te quedará ninguno.
Si tuviera mi espada, te daría tu merecido...
Tauro me va a enseñar. Me contó cómo dejó en un callejón a tres hombres en el suelo. Y además, es mucho más listo que tú...
—Y si es tan listo, ¿por qué aún no ha venido a buscarte? —preguntó Aquilio con una sonrisa burlona.
—Vendrá..., lo sé —dijo, aunque con un ligero tono de duda.
Aquilio se detuvo frente a él, inclinándose para hablarle al oído:
—¿Sabes? Hay algo que me intriga. Quizá Tauro no esté pensando en rescatarte. Quizá, en su infinita sabiduría, ha decidido que deshacerse de ti sea lo mejor. Y, quién sabe, tal vez si cambia de opinión y decide venir, ya sea demasiado tarde.
Las palabras calaron hondo en el ánimo de Expositus, que bajó la mirada en silencio y volvió a sentarse.
Aquilio se giró hacia el gigante.
—¿Te has divertido, Foedus? —le preguntó con una sonrisa burlona—. Te he traído un regalo aún más especial. Algo que me dijo tu madre que te apasionaba. Pero, dime, ¿dónde se ha metido? Hace mucho que no vemos a Orbiana.
El gigante tenía una comprensión limitada del mundo que lo rodeaba.
Su vida se reducía a obedecer las órdenes de su madre y satisfacer sus necesidades más básicas: comer, descansar y, en ocasiones, saciar unos impulsos sexuales que no lograba entender.
Al escuchar el nombre de su madre, su confusión y frustración se intensificaron, generando en él una angustia difícil de controlar.
—Quizá la joven con la que te has entretenido tenga la respuesta. ¿Por qué no le preguntas a ella?
Foedus se detuvo un momento, confundido, procesando las palabras.
Con movimientos torpes, se giró hacia su víctima.
Sus pesados pies resonaron en el suelo del establo como los de una bestia desorientada.
En dos zancadas, llegó hasta ella. Sus manos, grandes y temblorosas, lucharon con la capucha, mientras su respiración se volvía más irregular.
El rostro de Orbiana apareció ante los ojos del gigante, hinchado, casi irreconocible bajo las marcas de los golpes que había recibido.
Foedus soltó un alarido desgarrador, un sonido primitivo que resonó como el bramido de una bestia herida en lo más profundo de su ser. Con sus manos torpes, luchó por desatar las correas y retirar la tela que amordazaba su boca.
—Tranquilo, hijo mío —susurró Orbiana—. No temas..., no ha sido culpa tuya.
El gigante respondió con un rugido aún más feroz, un grito visceral que llenó el establo de rabia.
Se volvió hacia las rejas y, con toda la fuerza de su cuerpo descomunal, las zarandeó con tal ímpetu que los barrotes crujieron como si el metal estuviera a punto de salirse del lugar donde estaba anclado.
Las niñas escondieron los rostros, aterradas. El horror, que había sido su compañero constante desde el día en que las raptaron, se tornó insoportable ante la brutal escena que acababan de presenciar.
Aquilio se aproximó a Foedus. Su mirada era como la de un domador a punto de someter a su bestia.
—Tu madre se ha sacrificado por ti, Foedus —dijo Aquilio con calma—. Ella eligió tu satisfacción por encima de su propio dolor. Pero nadie decide por mí. Aún quiero divertirme un poco más, al menos hasta que venga Tauro..., si es que decide hacerlo.
Aquilio se volvió hacia Expositus, que desvió la mirada y bajó la cabeza en silencio.
—Y ahora, vayamos a por tu sorpresa.
Sin esperar respuesta, Aquilio abandonó el establo. Momentos después regresó junto a una de las crías empujando un carro cubierto por una lona.
—Te presento a Livia —dijo mirando a Foedus—, la niña con quien pensabas que te estabas divirtiendo. He prometido protegerla y cuidarla si me ayuda, ¿verdad?
La niña no respondió. Tenía la mirada fija en el suelo.
—Y ahora vete a tu puesto, Livia; avísame si ves a alguien acercarse a la villa y ten cuidado con los cristales.
Aquilio observó cómo se marchaba y volvió a fijar la atención en Foedus.
—Esto que tenemos aquí lo he adquirido esta mañana, mientras tú disfrutabas con tu madre.
El sicario extrajo un saco con restos de cocina y cereales: pan duro, salvado y sobras de comida de las niñas. Con ayuda de un plato, introdujo la mezcla por la abertura de la reja preparada para tal fin.
El gigante, como si hubiera olvidado lo ocurrido un rato antes, cogió el plato, se puso de rodillas y comenzó a devorar la comida con ansia. Ni siquiera reaccionó cuando Aquilio cogió otra fuente y la vertió sobre él varias veces.
El único instante en el que Foedus se sobresaltó y se detuvo fue cuando oyó un sonido chirriante.
Aquilio había abierto la reja y, del carro, habían salido dos cerdos que, hambrientos, se dirigieron a la celda al oler la comida, gruñendo y hociqueando con ansia mientras devoraban lo que encontraban por el suelo.
Al gigante lo aterraban los mismos animales con los que se había criado. Dominado por el pánico, se puso en cuclillas, tapándose los oídos con las manos. Comenzó a balancearse adelante y atrás, soltando alaridos y berreando sonidos ininteligibles.
—Este es el regalo de tu madre —dijo Aquilio, con una sonrisa fría.
Orbiana se puso en pie con dificultad, dispuesta a proteger a su hijo.
Sabía del pánico que Foedus sentía hacia aquellos animales.
La sangre empezaba a secarse entre sus muslos, dejando un rastro oscuro sobre su piel.
Cogió el plato que tenía cerca y, con un movimiento desesperado, lo lanzó contra uno de los cerdos.
La cerámica se hizo añicos al impactar con el animal.
Recogió una de las esquirlas, la que le pareció más afilada.
Golpeó a uno de los puercos en el cogote.
Cuando el animal alzó la cabeza con un gruñido, ella aprovechó para clavarle la esquirla en la base del cuello, retirándola con rapidez.
El cerdo emitió un chillido desgarrador que llenó el establo, mientras un torrente rojo brotaba de la herida y empapaba la paja que cubría el suelo y el cuerpo de Orbiana.
Sin embargo, había cometido un error: no matar al cerdo más próximo a su hijo.
El gigante, al sentir cómo uno de los animales comenzaba a mordisquear los restos de comida que chorreaban de su ropa, se levantó de un salto, aterrorizado. El pánico lo llevó a lanzarse hacia su madre, buscando refugio en ella.
Orbiana no tuvo tiempo de reaccionar. Cuando Foedus la abrazó con incontrolable fuerza, buscando protección, la esquirla que ella aún sujetaba quedó atrapada entre su cuello y el brazo musculoso del gigante.
En el forcejeo, el filo se hundió en su tráquea y le arrancó un grito sofocado, que se unía a la impotencia de no poder desembarazarse del abrazo.
Un dolor insoportable le recorrió el cuerpo, mientras el líquido oscuro comenzaba a brotar, llenando el interior de su garganta e impidiéndole respirar.
Sus ojos se abrieron con desesperación, luchando por aferrarse a una vida que se desvanecía. Cuando Foedus la soltó, el cuerpo de su madre cayó inerte, desplomándose sobre el suelo, cubierto de su propia sangre y la del cerdo.