LIX
LIX
Villa de Mitra
Tauro llegó a la villa de Mitra. Había cubierto la distancia desde Gades en apenas cuatro jornadas.
Su propósito era claro: adelantarse a Aquilio y, si la fortuna le era propicia, interceptarlo en el camino.
Durante el trayecto, examinó cada carro con el que se cruzó en la calzada, revisó posadas y habló con taberneros y mercaderes.
Sin embargo, ninguno había visto pasar a un hombre con más de la mitad del cuerpo marcado por quemaduras acompañado de un niño.
Al llegar, Tauro desmontó del caballo que había cambiado en la última mansio . Exploró los exteriores de la villa. Todo estaba igual que la última vez, cuando lo torturaron.
Ocultó el caballo tras un tramo del acueducto cercano y buscó un escondite desde el que vigilar. Había traído consigo comida y agua suficiente para dos o tres días. Solo le restaba esperar.
Cuatro días después, el desaliento de Tauro crecía.
No había rastro ni de Aquilio ni de Expositus.
El miedo a lo que pudiera estar ocurriéndole al niño lo atormentaba.
¿Lo habrían engañado? Quizá todo había sido una estratagema para alejarlo de Gades.
Había recorrido la villa varias veces, examinando cada rincón, pero no encontró nada.
Ya sin víveres para él ni para su caballo, sabía que debía marcharse, pero la desesperación por descubrir alguna pista que lo llevara al chico lo mantenía en aquella posición.
Mientras meditaba sus opciones, sus ojos se fijaron en el camino que conducía a la villa. Una nube de polvo levantada por un caballo al galope delataba la llegada de alguien.
Un momento después, un mensajero se detuvo ante la puerta de la villa. El hombre desmontó y trató de abrir la puerta. El golpe de la aldaba contra la madera resonó hasta en el mismo cielo y su eco rompió el silencio de los campos e hizo que varios pájaros alzaran el vuelo sobresaltados.
Antes de que el mensajero pudiera girarse, sintió cómo la fría hoja de un puñal se apoyaba sobre su garganta.
—Las manos donde pueda verlas —ordenó Tauro, con voz firme.
—Por... por favor —balbuceó el hombre aterrorizado—. Solo soy un mensajero. Busco a un hombre llamado Tauro.
Un rápido golpe en la corva lo hizo caer de rodillas con un gemido de dolor.
—¿Quién te envía? —inquirió Tauro apretando el puñal contra su piel.
—No sé su nombre —confesó el mensajero—. Solo me ordenaron entregar un mensaje.
—¿Qué mensaje? —insistió Tauro.
—Una tablilla. Está en el zurrón de mi caballo.
Tauro levantó la vista hacia el animal. El hombre parecía decir la verdad.
—Despacio —ordenó.
El mensajero, aún temblando, se levantó con cuidado y se dirigió hacia su montura. Rebuscó en una de las alforjas, sacó una tablilla de cera, se la entregó y se quedó allí inmóvil, con la mirada fija en él.
—¿Acaso esperas que te la lea? —preguntó Tauro mientras sostenía la tablilla.
—¿No piensas darme una propina? ¡Casi me matas del susto! —protestó el hombre.
La elocuente mirada del frumentarius le dejó claro que era mejor que desapareciera cuanto antes, de modo que se subió a su cabalgadura mientras maldecía por no haber recibido ni una moneda.
Tauro lo observó hasta que desapareció por el camino, luego se centró en la tablilla. La misma escritura cifrada que en el mensaje anterior. Con su puñal, comenzó a apuntar las letras necesarias para descifrar el contenido. Lo leyó dos veces para asegurarse.
Había una dirección y una orden clara:
«Orbiana y su hijo. Mátalos».
Las calles de Augusta Emerita empezaron a despertar cuando los primeros rayos del sol acariciaron las tejas de las ínsulas. Los comerciantes abrían sus negocios y las tabernas, envueltas aún en el aroma del amanecer, comenzaban a servir la primera comida del día: pan caliente con ajo y aceite.
Tauro atravesó la puerta de la ciudad luciendo unas llamativas ojeras y un visible cansancio en el rostro. Apenas había dormido en una semana, desde que Expositus desapareció. La desesperación lo había llevado a no tomar las precauciones habituales.
Llegó hasta una de las varias tabernas donde tenían alquiladas habitaciones para dormir. Había acordado con Domicia ir a la de Sentia Amarantis; allí intercambiarían información.
La tabernera, al verlo entrar, le hizo un gesto acordado y le entregó una tablilla.
Tauro se dirigió a una mesa en un rincón apartado, ajeno al murmullo de los clientes que bebían y discutían a su alrededor.
Se sentó con la angustia de no haber dado aún con Expositus y con la ansiedad de no saber si Domicia estaba bien.
Acercó la tablilla a la nariz y reconoció de inmediato la fragancia de su esposa.
Unas gotas de su perfume habitual impregnaban la cera.
En ese instante, la añoró con pesar. Deseó estar con ella, abrazados, dejando que ese aroma los envolviera.
También extrañaba a Expositus y los cientos de preguntas con las que cada día lo atosigaba. Ahora, en cambio, anhelaba su compañía.
Tauro abrió la tablilla y leyó el mensaje. Suspiró aliviado: el plan había salido como habían previsto. A pesar de ello, recordaba bien lo acordado. No debían verse. Pero nada le apetecía más que estar entre los brazos de Domicia.
Escribió en el otro lado de la tablilla y se la entregó a Sentia. A continuación, con la misma rapidez con la que había entrado, se dirigió a la villa de Ipora, donde estaban Orbiana y su hijo.
Dos horas después, entró Domicia en la misma taberna.
Cogió la tablilla que había pasado por las manos de su esposo y la acarició con suavidad.
Observó a los clientes: algunos charlaban, otros bebían, incluso un peregrino que había entrado tras ella, vestido con túnicas sencillas y un colgante en forma de pez, predicaba sobre su profeta, Cristo.
Domicia leyó el contenido con una pena creciente. No había rastro, de momento, de Expositus. Tauro había anotado la dirección adonde Aquilio lo había mandado. Esperaba encontrar al chico allí. Mientras tanto, ella debía seguir con el plan.
Cuando abandonó la taberna, el peregrino se dirigió a Sentia.
—La tablilla —dijo mirando a la tabernera.
—¿De qué hablas, amigo?
—No te lo repetiré —dijo mostrando un puñal oculto—. Dame la tablilla que te ha dado la mujer que acaba de marcharse.
La tabernera dudó, pero la hoja del puñal era demasiado intimidatoria y acabó cediendo.
El peregrino leyó el contenido. No parecía haber mensajes cifrados ni dobles intenciones. Lo vio demasiado sencillo. El hombre memorizó la dirección y devolvió la tablilla a Sentia, quien la recogió con un leve temblor en la mano.
Sin decir más, salió de la taberna. Aquello, viniendo de Tauro, su mentor, no encajaba.
Había llegado la hora de actuar. Valerio Reburrinus, princeps de los frumentarii , se quitó las ropas de peregrino y se dirigió a avisar a los hombres de Marcio, el centurión.
Después de seguir a Albino, el contable, por Roma, y a Domicia por media Hispania, al fin estaba cerca de su verdadero objetivo: encontrar a Tauro.