LVIII
LVIII
El frío de la noche envolvía la ciudad en un manto de penumbra.
Las nubes sobre el río Betis ocultaban la luz de la luna, dejando que la bruma emergiera en la oscuridad.
En las calzadas vacías resonaba el eco del viento, que silbaba entre los muros de las villas y los pilares del foro.
Los braseros apenas lograban combatir el aire húmedo que se aferraba a los huesos, mientras las hojas de los olivos y laureles susurraban bajo el gélido lenguaje de los dioses, quienes, una vez más, parecían divertirse con el horror de los habitantes de la ciudad.
Orbiana abrió la puerta cuando oyó cómo los carros, cargados de jovencitas, rompían la quietud de la noche al acercarse a la villa.
Foedus, junto con otros tres hombres de Aurelio, comenzó a bajar a las muchachas del carro, que lloraban asustadas, pidiendo ayuda desde sus ojos aterrados.
Bajo la luz temblorosa de una antorcha, Orbiana observó el rostro de una de ellas.
Estaba desfigurado y, como en otras ocasiones, imaginó que su hijo la había golpeado al intentar escapar.
Las veinte niñas fueron encadenadas en uno de los salones en la zona destinada a los esclavos. Orbiana, agotada, sabía que al día siguiente tendría mucho trabajo por hacer. Otras veinte criaturas serían capturadas en Carmo y todo debía estar dispuesto.
Mientras repasaba con la mirada la remesa, se percató de que Foedus no apartaba la vista de la niña con el rostro golpeado.
La muchacha no cesaba de llorar. Su túnica de lino de color azafrán, desgarrada de cintura para abajo, delataba el intento de huida.
Orbiana supuso que, al tratar de escapar, la muchacha había desencadenado el castigo de su hijo.
A diferencia de la villa de Mitra, allí habían construido una pequeña celda en la misma sala para encerrar a las niñas que intentaran huir o incitaran a las demás a hacerlo.
Habían aprendido la lección tras las rebeliones de Fabia, Plautia y Elia.
Sin mediar palabra, Orbiana agarró a la menor y la llevó a la celda, encadenándola con violencia.
Al día siguiente, permitiría que Foedus se desfogara con ella.
Poco le importaba lo que pensara Aurelio Carisio.
Por la mañana, Orbiana entró por la puerta de la villa. Volvía de reunirse con los hombres de Carisio para que le dieran las direcciones de las domus adonde debían dirigirse. Ese día no estaba de buen humor. Apenas había pegado ojo durante la noche.
—¡Foedus! —gritó apenas entró, pero no obtuvo respuesta.
Caminó hacia la habitación donde estaban las cautivas, pero tampoco lo encontró allí.
No le preocupó; imaginó que estaría fuera bañándose en el estanque.
Observó a las muchachas, que, aterradas, eran incapaces de devolverle la mirada.
Cuando iba a salir, se fijó en la niña del vestido color azafrán.
Se lo había quitado y lo había atado en una de las rejas, seguramente con la intención de suicidarse, pero había llegado justo a tiempo de impedirlo.
—Cuando venga mi hijo, os enseñaré lo que les ocurre a aquellas que intenten quitarse la vida.
Orbiana dejó que sus palabras calaran en las almas de las pobres muchachas y se dirigió al interior de la vivienda. Había mucho que organizar y poco tiempo. Mientras avanzaba hacia la cocina, maldiciendo, una voz conocida sonó a su espalda.
— Salve , Orbiana. ¿Creías que me había olvidado de ti?
La mujer se detuvo en seco. No se giró, sino que buscó con la mirada el puñal que solía utilizar.
—¿Buscas esto? —preguntó Aquilio mostrando la daga.
La mujer se volvió despacio, con el rostro tenso de terror.
—Me has fallado demasiadas veces, Orbiana. No mataste a Tauro y ahora debo ocuparme yo de él. Trataste de advertir a Aurelio de mi presencia el día de la reunión y eso podría haberme costado la vida. Dime, ¿qué debo hacer contigo?
—Haré lo que me pidas. Siempre lo he hecho.
Aquilio sonrió.
—Hay mucha gente que no entiende por qué me gusta tanto la violencia y provocar dolor.
A ti también, admítelo; ya he visto la compañía que tienes ahí detrás y he oído lo que les has dicho.
La forma en que lo has hecho es propia de alguien que, como yo, disfruta con lo que hace.
Sin embargo, el dolor es algo que pocos saben manejar.
Provocar sufrimiento no es solo violencia; es precisión, es poder.
Cada lágrima, si se obtiene de la forma correcta, es un trofeo; cada grito, una victoria.
Porque en el dolor ajeno se halla la prueba más pura de dominio. Y yo... adoro dominar.
Orbiana cayó de rodillas.
—Hazme lo que quieras, pero deja a mi hijo fuera de esto. Por favor..., ya ha sufrido suficiente.
—Sea. A ti te daré dolor y a él... satisfacción.
Una hora después, Foedus entró en la villa empapado, tras haberse dado un baño en el estanque. Buscó a su madre por toda la vivienda, pero no dio con ella y se dirigió a la sala donde estaban las recién llegadas.
Cuando llegó, algo llamó su atención: iluminada por una tenue lucerna, la celda donde habían encerrado a la cría del vestido color azafrán se encontraba abierta.
Se dirigió hasta allí y entró. La muchacha tenía las manos atadas y una bolsa de tela cubría su cabeza.
Cuando se acercó, el sonido metálico de la puerta de la verja sonó a su espalda.
Corrió hacia ella, agarrándola con fuerza, pero no logró abrirla.
En ese instante, varias antorchas se fueron encendiendo hasta iluminar la habitación por completo, mostrando los rostros de angustia de las veinte niñas.
Foedus entornó los ojos y gruñó cuando vio al hombre con quien había peleado en la villa de Mitra, que iba acompañado de un niño atado y amordazado.
—Tu madre me ha dicho que quiere hacerte un regalo, Foedus —dijo Aquilio.
El gigante lo miró sin comprender.
—Esa niña es tu regalo. Orbiana me ha contado que ha tratado de escapar y me ha pedido que te diviertas.
Quizá tu escasa inteligencia no te permita captar la sutileza del momento, pero ese vino que tienes a tu lado es una ofrenda, como las que se ofrecen a los dioses antes de un sacrificio.
Y tú estás a punto de presenciar algo digno de ellos.
Tu madre le ha añadido un poco de raíz de satirión para que tengas un insaciable deseo sexual. Y ahora es toda tuya. Tómala.
Un hilo de saliva cayó por la barba de Foedus. Sin pensar, se subió la túnica y avanzó hacia su víctima, que forcejeaba en vano contra las cuerdas. En pocos instantes, comenzó a abusar de ella, ignorando sus gritos ahogados.
—Ya casi estamos todos. Solo nos falta un invitado especial —añadió Aquilio, mientras sus ojos se detenían en Expositus.