Innocentia LVII
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LVII

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Sucaelo

La asamblea de los duunviros había concluido.

Uno a uno, los hombres más influyentes de la ciudad abandonaron la curia, con rostros serios.

Aurelio Carisio, al frente de la reunión, había proclamado lo acordado con Juno: ninguno de los miembros de la élite local podría postularse en las próximas elecciones. Ellos elegirían los nombres.

El anuncio fue recibido con gestos dispares. Algunos se mostraron satisfechos, otros no disimularon su descontento. Pero solo uno se atrevió a expresar su discrepancia: Lucio Cornelio Nigrino.

Como era costumbre, varios miembros de la curia se dirigieron a la domus de uno de los magistrados salientes, en este caso la de Tito Papirio, para celebrar los recientes nombramientos.

Sin embargo, lo harían con la contención que la farsa requería.

El pueblo debía creer que los candidatos elegidos eran los únicos aspirantes y que, por ese motivo, no habría necesidad de comicios.

—¡Enhorabuena por el nuevo cargo! —exclamó con un tono irónico Lucio Cornelio Nigrino a Fabio Balbo, uno de los que serían elegidos como duunviro ante la vista de todos.

El padre de Fabia, la niña que había conseguido escapar y se había suicidado cuando regresó a Sucaelo, comprobó de un vistazo que no hubiera habido testigos de aquella felicitación cargada de sarcasmo, agarró del brazo a Nigrino y se lo llevó aparte.

—Enseguida vuelvo —dijo al grupo, mientras lo arrastraba a un sitio más discreto.

Cuando estuvieron solos, Fabio se volvió hacia él, furioso.

—¿Has perdido la razón, Nigrino? ¿Cómo osas contradecir en público a Aurelio Carisio? ¿Es que quieres que te maten?

Nigrino lo enfrentó con la mirada.

—¿Y qué importa ya? Estamos condenados. Dime, Fabio, ¿cómo soportas vivir con lo que hicimos? Entregamos a nuestras hijas y, ahora, te prestas a participar en sus intrigas. Eso te convierte en cómplice.

Fabio bajó la vista, apretando los puños.

—Siempre soñé con ser duunviro, pero nunca tuve suficiente dinero para presentarme al cargo. Ahora, por fin, puedo ocupar mi lugar.

El otro esbozó una sonrisa amarga.

—¿Y crees que todo tiene un precio? ¿Incluso lo que le ocurrió a tu hija? ¿Vale tanto un cargo?

—¡Vamos, Nigrino! —respondió Fabio con desesperación—.

¿A quién pretendes engañar? Sabías tan bien como yo que estábamos vendiendo a nuestras hijas.

Las excusas solo nos servían no para engañarnos a nosotros mismos, sino a nuestras mujeres.

Nunca imaginé que Fabia regresaría, y aquello que los ojos no ven, el corazón no lo padece. ¿Qué me dices de nosotros?

Nigrino se giró asqueado.

—Gracias al sacrificio de nuestras hijas, nuestros negocios han prosperado —continuó el futuro duunviro—. Carisio cumplió su palabra y, gracias a él, por fin exportamos nuestro aceite a Roma y hemos conseguido saldar nuestras deudas.

—El fin no justifica los medios. Desde que supe lo que les habían hecho a nuestras hijas, no hay un solo día que no lamente cada uno de los latidos de mi corazón.

¡Por todos los dioses, Fabio! Tuvimos que presenciar cómo las violaban en la villa de Mitra una y otra vez y no hicimos nada por protegerlas.

—¡No lo justifico! También a mí me atormenta, pero ya no hay remedio.

—¿De verdad lo crees? —le desafió Nigrino—.

Cuando mi hija nació, su madre murió en el parto.

Su mirada curiosa me sobrecogió la primera vez que la vi.

Desde aquel día me esforcé en hacer lo que es tarea de las mujeres; tuve el cometido de enseñar a aquella inquieta criatura todo lo que no se puede aprender por uno mismo y sobre las cuestiones que en la vida pudieran acontecerle.

Procuré ser su guía sobre la moralidad y la conducta humana, sin darme cuenta de que los hombres también aprenden mientras enseñan, siendo ahora consciente de que aprendió más de aquella mirada el maestro que la alumna.

Y yo la vendí, Fabio. Preferí el poder y el dinero al amor. ¿Cómo pude dejarme embaucar?

Nigrino hizo una pausa y volvió a dirigirse a su igual.

—¿Qué dirán vuestras esposas cuando lo sepan? Yo estoy perdido, pero ¿y vosotros?

—¿Qué te propones hacer? —preguntó Fabio con preocupación.

—Marcharme. Recorreré todo el Imperio hasta que la recupere. Sé que es casi imposible encontrarla, pero antes expondré la verdad.

El angustiado padre miró a Fabio. Habían sido socios durante años, pero ahora dudó si seguir hablando.

—Siempre hemos sido sinceros el uno con el otro, amigo. Sé que hay algo que me ocultas. Confía en mí.

—En el foro, delante de toda la ciudad. Ninguno de los hombres que han participado o han ocultado lo que ha ocurrido saldrá impune.

Fabio se llevó una mano al rostro, viéndose perdido.

—¡Es un suicidio! Te matarán.

—Quizá. Pero no hay viento favorable para quien no sabe adónde va. Solo podré redimirme si hago lo correcto. Mi conciencia no me permite callar.

—¿Cuándo lo harás?

—Mañana, en el mercado. La ciudad estará llena. Haré lo que debo.

Sin esperar respuesta, Nigrino se alejó. Fabio quedó inmóvil, mirando cómo desaparecía en la distancia. Después se encaminó hacia la domus donde lo habían invitado.

Esa noche, cuando Nigrino regresó a su vivienda, ordenó la manumisión de todos sus esclavos.

Había dejado constancia de todo ante el notario ese mismo día.

Sostuvo en las manos la barra de metal que protegía la puerta por el interior y pensó en el día en que se negó a hacerlo tras aceptar el acuerdo.

Se dio la vuelta y sintió la vivienda vacía, como la había sentido desde que vendió a su hija, desde que decidió que el dinero valía más que la vida de la persona a quien más amaba.

Seguía sin encontrar una respuesta a cómo había podido hacer aquello.

¿Cómo pudo aceptar vender a su propia hija solo por salvar su negocio?

¿Qué clase de locura había irrumpido en su mente para hacerle cometer un acto tan deleznable, tan infame como era presenciar, ante sus propios ojos, cómo la violaban?

Nigrino se sirvió una copa de vino y miró sus pocas pertenencias.

Tal como le había dicho a Fabio, al día siguiente acudiría al foro y lo contaría todo.

Desenmascararía a Aurelio Carisio y a todos los hombres que habían silenciado lo que habían hecho y las habían deshonrado por la fuerza.

Después se iría a Roma a buscar a su hija.

Como cada noche, se bebió varias copas de vino hasta que contempló el fondo vacío de la jarra.

Aquel líquido color ámbar era, según él, el culpable del acto deleznable que había cometido.

Ebrio, subió las escaleras de su vivienda hasta entrar en su alcoba.

Quizá, si no hubiese bebido tanto, habría oído a varios hombres irrumpir en su domus por las tapias del peristilo.

O habría oído el ruido de la estatua con la que chocaron en la oscuridad al caer al suelo.

O tal vez habría sentido el ruido de la madera al chirriar cuando los sicarios subieron las escaleras.

Pero no. Nigrino estaba completamente dormido y no pudo hacer nada cuando dos hombres cubrieron su rostro hasta que dejó de respirar.