LVI
LVI
Augusta Emerita
El sol del mediodía caía implacable cuando Domicia atravesó la monumental puerta del puente que daba entrada a Augusta Emerita.
Llegaba exhausta.
Dos días habían tardado los hombres de Tiberio Eudoxius en cubrir la distancia entre Gades e Hispalis en barco, además de otros cuatro días en hacerlo en el cissium , el carro con conductor que había alquilado para que la llevara, sin apenas escalas, hasta la que había sido su vivienda.
Contempló el teatro y el anfiteatro, que se alzaban imponentes frente a las puertas de su domus .
Todo parecía detenido en el tiempo desde que, junto a Tauro, seis meses atrás, habían decidido partir en busca de la sobrina de Marco.
Los mismos comerciantes voceaban sus productos, los mismos ciudadanos conversaban bajo los pórticos y el mismo cielo inmenso los acogía, indiferente a todo lo que había sucedido en su ausencia.
Varios de sus esclavos, sorprendidos y a la vez alegres de verla, le dieron la bienvenida cuando entró en su vivienda. Le prepararon un baño en sus termas y cocinaron su comida favorita.
Tras una semana descansando, se dirigió con uno de sus siervos hacia la taberna de Sentia Amarantis.
La tabernera la recibió con una inclinación de cabeza.
—En la segunda alcoba, Domicia —murmuró—. Tu visita ya ha llegado. Te espera desde hace rato.
La patricia avanzó sin añadir una sola palabra. Entró en la pequeña sala, donde la recibió el olor agrio de la humedad y del vino.
Cayo Albino, su contable, sonrió al verla y se levantó. El peso de los años caía sobre sus huesos. Su cuerpo menudo y su escaso cabello blanco reflejaban el paso del tiempo.
—Me preguntaba si vendrías —añadió.
Domicia lo miró, entre sorprendida y enojada.
—¿Insinúas que no puedo valerme sin Tauro?
Albino sonrió.
—Si hiciera una afirmación tan grave, no saldría por esa puerta en el mismo estado en el que he entrado hace una hora.
—Me alegro de verte, Albino.
—Yo también, Domicia, aunque tu aspecto no es el mejor.
—Ya tendré tiempo para recuperarme. ¿Traes lo que te pedí? —preguntó tomando asiento frente a él.
Albino señaló varios sacos con dinero en uno de los rincones.
Domicia hizo un gesto a su esclavo para que los recogiera.
—Tus cuentas van bien —declaró el contable—. Tus negocios siguen aumentando sus beneficios gracias, entre otras cosas, al esmerado esfuerzo que hago.
—Y por eso te pago lo que te pago, Albino.
—Tengo asuntos importantes que comentarte respecto a varias inversiones.
—No quiero oírlos. Confío en tu criterio. Ya sabes que eso no es lo que necesito saber ahora mismo.
Albino se detuvo a contemplar los penetrantes ojos color miel de Domicia, que lo escudriñaban fijamente.
Entonces sacó de entre los pliegues de su túnica una tablilla y la colocó encima de la mesa, frente a ella.
La lámina de madera permanecía sellada con la cera de abeja, lo que garantizaba la confidencialidad del mensaje.
—¿Cómo lo has conseguido? —preguntó Domicia.
—Me ha costado una fortuna —respondió Albino.
—No me refiero al dinero.
—He sobornado a tus socios en el Senado.
Como te sugerí en su día, hacemos negocios con los dos bandos que gobiernan Roma.
Aceptaron el dinero, pero la causa por la que accedieron a darme la información era por tratarse de ti.
Sin embargo, tal como me señalaste, el más complicado ha sido Valerio Reburrinus, el princeps de los frumentarii , el nuevo centurión que ha sustituido a Tauro.
Él ha contrastado la información. Pero ha sido difícil encontrarlo.
—Tuvo un buen maestro.
—Y es gracias a que sirvió a las órdenes de Tauro por lo que me entregó esta tablilla que ahora tienes delante de ti, pero eso también os ha puesto en peligro.
Domicia lo miró con el rostro serio.
—Son numerosos los jugadores implicados en esta partida —continuó Albino—.
Duunviros que harían cualquier cosa por el poder, senadores que no dudarían en perseguirte hasta encontrarte si sus nombres salen a la luz, e incluso has involucrado a los frumentarii , por no mencionar a Julia Mesa.
¿Quién te dice que uno de sus hombres no me ha seguido para encontrarte?
Todo esto por unas niñas que no conoces y que dudo que alguna vez vuelvan a la vida que tenían.
Sin duda, Domicia, sabes elegir bien a tus enemigos.
Ya tenías a la abuela del emperador detrás de vosotros y ahora quieres enfrentarte a la élite de Hispania y de Roma.
—Tengo un plan.
—¿Y qué plan es ese? No puedes salvar a todo el Imperio.
—¿Por qué un legionario empuña su espada contra los enemigos de Roma?
Lo hace por su gente, por su cultura; lucha y protege a personas que no conoce porque ese es su deber.
La grandeza de una persona no se define por sus títulos, su riqueza y, mucho menos, por su poder; su verdadero valor se revela en sus acciones.
No puedo permitir que sigan torturando a unas pobres e indefensas niñas.
Albino se acercó a Domicia y puso las manos sobre los hombros de ella.
—Prometí a tu padre que te protegería. Tienes una fortuna que no gastarías en varias vidas. Márchate. Olvídate de esas niñas, de Hispania..., incluso de Tauro. Vive sin preocuparte por otra cosa que no seas tú.
Domicia suspiró y agarró la tablilla. Albino puso la mano sobre ella.
—Ahí tienes los nombres de los hombres de la Bética que tienen negocios en Roma con senadores, incluido el nombre que buscas.
Valerio Reburrinus me dijo que entre ellos está el que sería el nuevo gobernador de la provincia.
¿Qué crees que harán si intentas detenerlos?
¿Piensas que se quedarán de brazos cruzados?
No pensaba que llegarías tan lejos, pero si sigues, no habrá vuelta atrás.
Domicia levantó la mirada.
—Por eso debo saber quién está detrás de todo esto. Es la única manera de detenerlos.
—Piensa bien en las consecuencias antes de emprender algo de lo que puedas arrepentirte el resto de tu vida o que tengamos que lamentar los que nos preocupamos por ti —añadió Albino.
Domicia rompió el sello con cuidado y recorrió con la mirada los nombres inscritos. Su rostro, hasta entonces impasible, se endureció.
Levantó la vista cuando leyó uno de ellos.
Allí, grabado en la cera, estaba el del hombre que buscaba.
—Gracias por todo, querido amigo —dijo Domicia dando la conversación por terminada—. Ten cuidado cuando regreses a Roma.
El viejo contable suspiró, se colocó sus escasos cabellos y, antes de abandonar la estancia, añadió:
—¿Crees de verdad que unas niñas merecen tal sacrificio?
Domicia suspiró.
—Esas niñas jamás alzarán la voz para reclamar una justicia que saben que nunca recibirán, ni exigirán la restitución de una honra irrecuperable. Pero, en lo más profundo de su ser, permanece una voz latente, silenciosa, que nunca se extinguirá y que no clama justicia, sino venganza.