Innocentia LV
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Gades

—Cuando venga, no solo te arrancará la escasa piel sana que te queda, sino que también te sacará el único ojo que tienes.

¡Y no podrás hacer nada para evitarlo! Tauro es muchísimo más fuerte que tú, tiene los brazos gigantes y, además, es más alto.

¡No tienes ni una oportunidad contra él!

Y mírate..., ni siquiera puedes mover una pierna. ¿Cómo piensas ganarle en una pelea?

Aquilio suspiró con exasperación antes de detener el carro en seco. Ya no podía soportar ni un instante más a aquel crío insolente, que no había dejado de parlotear desde que lo atrapó.

—Por si no lo sabías —gruñó el muchacho—, Tauro desciende del único gladiador que derrotó a Spiculus, el mejor de todos los tiempos. ¡Su nombre debería aterrarte! Solo por eso deberías huir y no volver a pisar estas tierras jamás...

El sicario, sin decir una palabra, sacó un pañuelo y lo ató con firmeza alrededor de la boca del chico, silenciándolo de una vez por todas.

—¿Sabes qué? —dijo mientras anudaba el pañuelo—. Si tu amigo es tan listo como dices, sabrá descifrar el mensaje. Le daremos un mes para encontrarte. Si no lo consigue..., te espera algo especial.

Aquilio se inclinó hacia el muchacho.

—¿Sabes quiénes eran los mejores en el arte de la tortura? Los etruscos. ¿No has notado el hedor denso que emana de la parte de atrás del carro? Esa peste pútrida que nos acompaña desde que salimos de Gades. Fue su obra maestra y la he guardado para ti.

El miedo inundó la mirada de Expositus.

—Vaya, parece que no solo el pañuelo te ha dejado sin palabras.

Tauro irrumpió en la taberna y recorrió aquel espacio con la mirada, buscando la esquina donde estaba seguro de haber visto, horas antes, a alguien con el aspecto de Aquilio.

En su lugar, ahora, un grupo de ancianos comentaba en voz baja el alboroto de la calle, mientras los hijos del tabernero jugaban con canicas de barro cocido junto a las mesas.

Se detuvo en la barra. El cuerpo le temblaba sin que pudiera evitarlo.

Primero habían sido sus compañeros de armas, hombres que murieron confiando en él.

Luego Marco. Aquel mismo día había comprendido que tampoco iba a lograr salvar a las niñas ni a la sobrina de su amigo.

Pero lo que en ese instante lo desgarraba por dentro era la posibilidad de haber perdido también a Expositus.

El tabernero dejó una jarra de vino frente a él.

Tauro sintió cómo su mundo amenazaba con venirse abajo.

Todos los que habían confiado en él. Todos a los que había jurado proteger.

Muertos... o desaparecidos. Sus dedos se cerraron en torno a la jarra.

Bastaba con beber. Siempre había sido así.

El vino acallaba las voces, silenciaba los recuerdos, le ofrecía un refugio momentáneo contra el dolor.

Alzó la jarra, a escasa distancia de sus labios.

Entonces pensó en Expositus.

No. No podía permitir que se convirtiera en otra víctima más. Si quería encontrarlo, si aún quedaba una mínima posibilidad de salvarlo, no podía esconderse tras el vino. Tenía que mantenerse firme. Tenía que ser el hombre que aquel muchacho creía que era.

Dejó la jarra intacta sobre el mostrador.

Respiró hondo y, alzando la mirada, se dirigió al tabernero.

—El hombre que estaba sentado allí —indicó señalando la esquina—, ¿dónde está?

El tabernero apenas levantó la vista. Siguió secando vasos como si tal cosa.

—Ni idea, amigo; aquí solo servimos vino.

Tauro no respondió. Con un rápido movimiento, rodeó el mostrador y se plantó frente al hombre. Antes de que pudiera reaccionar, sacó un puñal y lo colocó a poca distancia de su ojo derecho.

Se hizo el silencio. Todos los presentes contemplaban la escena con atención. Incluso los niños olvidaron sus canicas y comenzaron a llorar al ver a su padre amenazado.

—Escúchame bien —murmuró en tono bajo e intimidante—. Si no me dices lo que quiero saber, usaré este puñal para sacarte un ojo. Luego se lo daré a esos críos para que vean si rueda tan bien como sus bolas de barro.

El tabernero palideció.

—¡Está bien, por favor! —rogó con la voz quebrada—. No quiero problemas.

—Habla.

—Se ha marchado hace más de una hora, pero ha dejado la habitación pagada por un día más.

—¿Iba con algún niño?

—No... Estaba solo.

Tauro tensó la mandíbula.

—¿Te ha pagado la habitación un día antes o después de devolverte la llave?

—Después —contestó el tabernero tembloroso.

—Dámela.

El hombre asintió. Abrió un cajón, sacó la llave y se la entregó con manos trémulas.

Tauro la tomó y lo miró con cierta complicidad, al tiempo que le dirigía una disculpa en silencio. Los niños sollozaban y los clientes de la taberna lo siguieron con la mirada mientras subía las escaleras con paso firme.

Se maldijo por la violencia con la que había actuado. Debía tranquilizarse.

Aquella era una de las primeras normas que siempre trataba de enseñar a sus hombres: la más diminuta de las acciones pierde su virtud cuando se deja arrastrar por la impaciencia. Sin embargo, la rabia de que algo pudiera pasarle a Expositus lo consumía.

En ese instante solo quería centrarse en encontrarlo.

Su mente pensaba con rapidez. Si Aquilio había pagado la habitación y luego devuelto la llave, solo podía significar una cosa: no planeaba volver.

Eso abría dos posibilidades. La primera, que sabía que Tauro acabaría yendo tras él y había dejado algún mensaje.

La segunda, que todo aquello era una trampa.

Llegó frente a la puerta. Golpeó el pomo con los dedos, tanteando por si el metal estaba caliente, un truco aprendido en sus años como frumentarius . Todo parecía en orden, pero esa calma lo inquietaba aún más. Empujó la madera con fuerza y, de inmediato, se apartó, pegándose al muro.

La habitación permanecía en silencio. Ninguna flecha ni ningún puñal lo recibieron.

Con cautela, entró y sus ojos recorrieron cada rincón.

La estancia estaba en perfecto orden, como si su inquilino apenas hubiera pasado tiempo allí.

Una cama bien hecha, un banco vacío junto a una mesa y un ánfora de agua intacta.

Nada fuera de lugar, ni un indicio que delatara el peligro.

Cuando se giraba para marcharse, algo llamó su atención.

Una pequeña tablilla de cera descansaba sobre la cama.

Tauro la abrió y la leyó:

YEL ROPLD FRHSHYPW

A primera vista, aquellas letras eran palabras sin sentido.

Buscó alguna pieza que sirviera de stilus , el instrumento con el que se escribía en las tablillas de cera.

En la Castra Peregrina en Roma, donde se encontraban los frumentarii y los speculatores , los guardaespaldas personales del emperador, empleaban una escritura cifrada que se remontaba a los tiempos de Julio César.

Comenzó a descifrar el mensaje. Recordó el método, el mismo que utilizaba el divino Julio: cada letra debía ser sustituida por la tercera anterior o posterior en el alfabeto. Una técnica antigua pero eficaz.

Tras varios intentos, las letras empezaron a encajar y las palabras emergieron con claridad.

Tauro se levantó de un salto, dejando caer la tablilla sobre la cama. La frase no era una simple pista. Era una amenaza y una advertencia. Ya no solo temía por Expositus, sino también por Domicia. En ese momento, su esposa se dirigía hacia allí.

Bajó pensando en la tablilla con un espanto creciente en su alma.

VBI OMNIA COEPERVNT

«Donde todo comenzó»