LIV
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Hispalis
Aurelio Carisio descansaba en las termas privadas de su domus . Un esclavo había preparado su piel con el ritual del unctio , aplicando aceites aromáticos. Después, con el estrígilo, eliminó los restos de aceite, sudor y suciedad, dejando su cuerpo limpio y perfumado.
Como de costumbre, el duunviro ordenó que los residuos de su limpieza no se desperdiciaran, sino que fueran reutilizados para aplicárselos a su esposa. Para él, no tenía sentido desperdiciar aceites limpios en alguien que solo respiraba.
Cuando terminó, se vistió con una toga de Tarentum, la mejor lana del Imperio.
Se perfumó con un bálsamo de almendras y orcaneta y salió de las termas en dirección a la cámara donde descansaba su esposa.
Su porte imponente no se debía tanto a los cuidados recibidos o a su atuendo, sino a la firme seguridad que irradiaba.
Impecable, más por la confianza en sí mismo que por la calidad y los cuidados que llevaba sobre su piel, llegó a la cámara.
Al entrar, la esclava que vigilaba a su esposa día y noche se levantó con rapidez.
Tras una reverencia, salió de la estancia.
Ya a solas con Ulpia, su esposo vertió unas gotas de acónito en la jarra de agua colocada junto al lecho.
Llevaba años envenenándola; la sustancia que corroía su cuerpo cumplía bien su cometido, apagando poco a poco su vida.
—Ulpia, hoy es el enlace de tu hija. Qué lástima que no puedas asistir —dijo con desprecio.
Se sentó en la cama y se inclinó hacia ella.
—Te lo advertí. Todo esto ocurriría si no me dabas un hijo.
Podríamos haber tenido un futuro espléndido, pero todo cambió cuando supe que jamás me darías un hijo varón.
Ahora solo eres un lastre. Llevo tiempo fingiendo tu enfermedad; por eso, cuando mueras, a nadie le sorprenderá.
Y podré volver a casarme para buscar el ansiado heredero que me merezco.
Gracias a la dote que trajiste a esta casa, habré ampliado el linaje de nuestra familia y restaurado nuestro honor.
Aurelio se levantó y paseó por la estancia, disponiendo a su gusto los pliegues de su toga mientras seguía hablando.
—Pronto llegarán los invitados. Deberías ver cómo hemos decorado la domus , estoy seguro de que te habría encantado.
Las esclavas han adornado las salas con narcisos, jazmines y todas tus plantas favoritas.
También la hemos cubierto con tapices y cintas de lana.
Y, como madre de la novia, imagino que habrías querido ayudar a nuestra hija a vestirse: ajustarle la túnica recta, anudar el nudo de Hércules en su cintura y colocarle el flammeum , el velo anaranjado que cubre su rostro.
Pero no te preocupes, una esclava hará todas las funciones que deberías haber cumplido tú.
Se detuvo junto al lecho y añadió unas semillas de adormidera a la jarra de agua.
—Dentro de un rato, imagino que la novia bajará para que al menos puedas verla vestida. Hoy saldrá de esta casa para no volver jamás. Pero ni siquiera te concederé ese consuelo. He añadido algo especial a tu agua para que pases todo el día dormida. Es lo mejor para todos.
Ulpia escuchaba aquella sentencia con el rostro contraído. Había perdido hacía tiempo la capacidad de comunicarse o moverse, pero aún podía escuchar las palabras que, en ese momento, torturaban su alma.
Un esclavo llamó a la puerta.
— Domine , los primeros invitados a la celebración han comenzado a llegar.
—Voy enseguida —respondió Aurelio con indiferencia.
Antes de salir, se detuvo en el umbral y miró a su esposa una última vez.
—Ah, por cierto. Quizá te interese saber que tu otra hija, Aurelia, o ese estúpido nombre con el que siempre ha preferido que la llamen, Elia, ahora dirige un lupanar.
Pronto no habrá mucha diferencia entre ella y una vulgar prostituta.
Ha heredado tu belleza, pero, sin duda alguna, también posee mi inteligencia.
Y ahora, Ulpia, haznos un favor a todos: termina de morirte de una vez.
Con esas palabras, Aurelio salió, dejando tras de sí un aroma de almendras y su desprecio.
Todo estaba preparado para la boda de su hija. Se habían evitado cuidadosamente los días infaustos, y el flamen , sacerdote de Júpiter, había sacrificado varios corderos para examinar sus entrañas. Los augurios eran favorables.
El día era caluroso y el sol brillaba en un cielo tan azul que deslumbraba, como si los propios dioses aprobasen la unión.
El novio llegó acompañado de sus padres y de todos los hombres que componían su clientela. La escena era un desfile de alianzas políticas más que un simple evento familiar. Los invitados ovacionaron a los novios cuando se reunieron en el atrio y pronunciaron la fórmula nupcial con la que se unían:
— Ubi tu Gaius, ego Gaia!
El sacerdote cortó el mustaceum , el pan de boda romano, sobre las cabezas de los novios, sellando el ritual con un gesto cargado de simbolismo. Con la ceremonia concluida, se inició el banquete.
Mientras los invitados se acomodaban, Aurelio Carisio condujo a su consuegro al tablinum . Allí, en un espacio más íntimo, vertió vino de Falerno en sendas copas y alzó la suya.
—Ya no solo nos unen los negocios. Ahora somos familia —añadió el anfitrión.
—Así es —respondió Juno—. Juntos, seremos imparables. Este matrimonio es solo el inicio de algo mucho más grande.
Juno tomó un sorbo de vino, con la mirada fija en su socio, como evaluando hasta dónde podía confiar en él.
—¿Sabemos algo de las niñas? —consultó al fin Aurelio, rompiendo el silencio.
—Han llegado a Roma. Hemos cumplido el acuerdo y superado los inconvenientes: algo más de ciento setenta niñas han sido entregadas. Mis socios están más que satisfechos. Tanto que han solicitado más. Tenemos un año para preparar a otras doscientas.
Aurelio asintió, tratando de organizar en su mente los pasos necesarios.
—A pesar de los desafíos, todo ha salido según lo planeado.
Repetiremos la estrategia en Hispalis. Sobornaremos a los patricios y duunviros que ansíen algo y, si no, les haremos creer que lo necesitan, como hicimos en Sucaelo y los otros municipios.
Al igual que a ellos, les ordenaremos que retiren los pasadores que bloquean las puertas para que así podamos entrar a por las niñas.
Juno sonrió con frialdad y añadió:
—Contacta con Orbiana y con esa criatura infame que tiene por hijo. Es hora de que se pongan a trabajar. No podemos permitirnos demoras. Hay mucho en juego.
—Todo marcha según lo previsto, pero hay algo que me inquieta: ese tal Tauro. Podría ser un problema.
Juno agitó la mano, restando importancia al asunto.
—Lo manejaremos. En esta ocasión no hablamos de simples monedas, como en el pasado.
Aurelio arqueó una ceja, intrigado.
—¿Qué han ofrecido esta vez? —preguntó.
Juno volvió a llenar su copa.
—Gracias al edicto del emperador Caracalla, que otorga la ciudadanía romana a todos los hombres libres del Imperio, se han eliminado las barreras provinciales.
Me han prometido un cargo que nos permitirá que seamos nosotros quienes designemos a los nuevos magistrados; manejaremos las legiones, a los jueces y, lo más importante, nadie podrá ponernos límites.
Tendremos el poder necesario para controlar la provincia entera.
Si conseguimos las doscientas niñas, seremos integrados en las estructuras de poder del Senado romano.
El paso previo para convertirnos en senadores.
Eso, claro, siempre y cuando garanticemos la suma de un millón de sestercios.
Aurelio pensó en Ulpia, su esposa, y en cómo su fortuna le había conducido hacia su sueño.
—¿Eso significa que nos convertirán en ediles o cuestores? —preguntó tratando de disimular la emoción.
Juno dejó escapar una leve risa.
—Esos pasos intermedios son para las élites provinciales comunes. No, querido Aurelio. En poco más de un año la mismísima Julia Mesa nos nombrará senadores.
Aurelio sintió que un escalofrío de placer le recorría la espalda. Era el culmen de todo lo que había anhelado durante su vida.
Antes de que pudiera responder, un esclavo interrumpió la conversación.
— Domine , ha llegado un correo imperial para nuestro invitado.
Ambos hombres intercambiaron miradas tensas. Una visita así solo podía significar algo importante. Juno tomó la misiva y la abrió. Sus ojos recorrieron las líneas en silencio, hasta que una sonrisa se dibujó en su rostro. Cerró el pergamino con calma y se levantó.
—Acompáñame. Es hora de anunciar algo a nuestros invitados —dijo saliendo del tablinum .
Aurelio lo detuvo, ansioso por conocer el contenido del mensaje.
—¿Qué ocurre? —insistió, mientras caminaban hacia el atrio.
Juno se giró, haciendo una pausa para saborear el momento.
—Querido Aurelio, lo que me habían asegurado se acaba de confirmar. En dos meses asumiré el cargo de nuevo gobernador de la Bética. Todo está saliendo según lo previsto. Nadie podrá detenernos.