LIII
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Gades
Domicia salió por la parte trasera del lupanar de Elia.
Uno de los esclavos de la joven había inspeccionado la salida y confirmado que no había rastro ni de los hombres de Aurelio ni de los legionarios.
Aun así, la patricia se envolvió en una capa que la joven le había ofrecido para pasar desapercibida.
Al llegar al callejón, miró a ambos lados antes de avanzar, procurando no llamar la atención.
Su mente seguía atrapada en la conversación que había mantenido con Elia.
Sentía un temor profundo ante la reacción de Tauro cuando tuviera que decirle que todos sus esfuerzos habían sido en vano.
No solo porque Plautia había sido asesinada poco después de que la apresaran, sino porque las niñas estaban en Roma y localizarlas allí sería casi imposible.
Además, algo en la información recibida no terminaba de encajar.
Aunque no dudaba de la sinceridad de Elia, le costaba creer que Quinto, el gobernador, no estuviera implicado de algún modo.
Un hombre con tanto poder debía de contar con apoyos sólidos en Roma, los suficientes para garantizar que el secuestro de las niñas quedara al margen de cualquier investigación.
Había, sin embargo, una forma de saber quién movía realmente los hilos.
Por eso, antes de marcharse del lupanar, Domicia había entregado a Elia una tablilla de cera con una breve instrucción grabada: debía hacérsela llegar a Cayo Albino, su contable en Roma.
Era un plan arriesgado, casi temerario, pero si alguien podía desentrañar aquella red de nombres y transacciones, era Albino. Y no disponían de mucho tiempo.
Se adentró despacio en la calle que conducía al lupanar.
Apenas una hora antes, Tauro había provocado el caos en ese mismo lugar.
Un grupo de personas se arremolinaba alrededor de alguien caído en el suelo.
Domicia sintió cómo se le erizaba la piel y la ansiedad se enroscó en su pecho al imaginar que podía ser su esposo.
Se acercó, notando que su corazón amenazaba con salirse por su boca.
Cuando al fin logró abrirse paso entre la multitud, respiró aliviada al ver que no era él.
Ya se marchaba cuando el pretor de la ciudad llegó acompañado de unos esclavos para retirar el cadáver.
Debido a que nadie había presentado una denuncia y el tumulto dificultaba identificar al culpable, no habría investigación alguna.
El cuerpo fue cargado en el carro de la Parca y la muchedumbre comenzó a dispersarse.
Domicia siguió su camino hacia la esquina donde se suponía que debía estar esperando Expositus. Todo se estaba desarrollando tal como Tauro había planeado, pero, al llegar, no pudo evitar ponerse nerviosa. Miró en todas direcciones. No había rastro del muchacho.
Evitó gritar su nombre para no llamar la atención.
Recorrió las calles aledañas varias veces y volvió al lugar donde debía estar el crío, pero no lo encontró en ninguna parte.
Frustrada, Domicia maldijo en silencio al muchacho una y otra vez.
Sacó un pequeño pañuelo para secarse el sudor, pero este se le cayó de las manos.
Al agacharse para recogerlo, algo captó su atención.
Allí, en el suelo, estaba la espada de madera de Expositus.
Domicia no sabía si era una especie de sexto sentido o el simple hecho de que el niño jamás se separaba de su espada, pero sintió, sin necesidad de verlo, que algo le había ocurrido a Expositus.
Con el alma encogida, aceleró el paso y fue al puerto. Al llegar, Tauro la vio acercarse y fue corriendo a su encuentro.
—¿Qué sucede? Estás pálida —la urgió con el ceño fruncido.
—No sé por dónde empezar... —murmuró Domicia evitando su mirada.
Tauro miró a su espalda, buscando al niño. Iba a preguntar, pero Domicia comenzó a relatar con detalle su conversación con Elia: las niñas estaban en Roma y todos sus esfuerzos habían sido en vano.
Cuando Domicia le contó que la sobrina de Marco había muerto pocos días después de que la secuestraran, Tauro sintió que algo se quebraba en su interior.
Las fuerzas lo abandonaron y se dejó caer al suelo, abatido, como si el peso de todas las muertes que arrastraba hubiera regresado de improviso.
Otra más. Otra persona a la que no había llegado a salvar a tiempo. No podía hacerle eso a Marco. No a él.
Por un instante, Domicia dudó si era juicioso compartir toda la verdad con su esposo, al ver cómo le afectaba, pero decidió que ambos debían conocer hasta el último detalle.
La rabia fue apoderándose de Tauro hasta el punto de que una versión de sí mismo, que creía enterrada en el pasado, retomaba el control de su mente y de su cuerpo.
El deseo de venganza. El ansia por matar a los responsables.
Tauro se levantó de golpe. Desde que había visto a Domicia llegar sola, una pregunta lo había atormentado y ahora no podía guardarla más.
—¿Dónde está Expositus? —preguntó con una mezcla de preocupación y temor.
—Lo he dejado para el final. De otro modo no me habrías escuchado.
Domicia le mostró la pequeña espada de madera del niño.
—Ha desaparecido —dijo con la voz quebrada.
El corazón de Tauro pareció detenerse.
Quizá porque el verdadero valor de lo que amamos se revela con mayor fuerza cuando lo perdemos.
O, tal vez, porque la ausencia tiene una forma cruel de recordarnos la importancia de lo que un día ignoramos.
Hasta entonces no había sido consciente de cuánto significaba aquel muchacho desde que lo vio por primera vez en la taberna.
Siempre había creído que era él quien protegía al niño, cuando en realidad Expositus había sido su sostén, el recordatorio de que aún quedaba algo por lo que luchar.
—¡Mataré a todos los que hayan tenido algo que ver con su desaparición! —bramó Tauro, con el rostro encendido de furia—. Que los dioses los amparen, si le han hecho algo.
Antes de que Domicia pudiera responder, un grupo de legionarios apareció en el puerto. Tauro entrecerró los ojos, evaluando la situación. La rabia lo consumía.
—¿Eres Tauro? —preguntó una voz a su espalda.
El antiguo frumentarius se giró despacio.
—¿Quién lo pregunta? —dijo mientras llevaba la mano al pugio que tenía escondido.
—No hay tiempo para explicaciones. Soy Tiberio, encargado del puerto. Elia me envía. Debéis esconderos y huir de inmediato. Tengo un navío preparado que os llevará por el río Betis 1 hasta Hispalis.
Domicia abrazó a Tauro con fuerza y, sin perder tiempo, le explicó su plan.
Reconocía esa mirada en su esposo: jamás abandonaba a los suyos y nada ni nadie lo convencería de dejar atrás a Expositus.
Pero los legionarios ya estaban inspeccionando las naves y los puestos de los pescadores. Se acercaban peligrosamente.
—¡El navío ya ha soltado amarras! —exclamó Tiberio—. Solo espera a que subáis de una maldita vez. Los legionarios están aquí mismo. ¡Yo los distraeré mientras huis!
Sin darles tiempo a responder, Tiberio avanzó hacia los hombres y señaló en dirección opuesta.
—¡Por allí! —dijo con rotundidad—. He visto a un hombre escapando hace un momento.
Los legionarios corrieron hacia el lugar señalado, mientras Tiberio los conducía lejos del puerto. Cuando estaba a suficiente distancia, se volvió hacia el río. Distinguió el navío alejándose en la oscuridad. Entrecerró los ojos, tratando de distinguir a quienes estaban en la cubierta.
Reconoció a sus hombres. Pero en la popa del barco, mirando al puerto, solo había una silueta. La de ella.