Innocentia LII
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Gades

Aquilio buscó entre la multitud hasta que al fin la vio.

Con el corazón latiendo a toda prisa, corrió en dirección al lupanar, desesperado por alcanzar a Domicia antes de que desapareciera tras la puerta.

Arrastraba su pierna herida y el dolor se le clavaba como si mil puñales se hundieran en su piel, pero aun así avanzó, decidido.

Una persona lo empujó y cayó al suelo. Se levantó con rapidez; sabía que esa era su única oportunidad.

Estaba seguro de que si la esposa de Tauro entraba por esa puerta, ya no podría atraparla, puesto que hallaría el modo de salir sin ser vista.

Su mano rozó el puñal que llevaba bajo la capa, listo para extraerlo en cuanto la tuviese a su alcance.

La patricia caminaba con calma para no atraer miradas y él iba recortando la distancia.

La tenía a escasos pasos, ya era suya, pero otro hombre, arrastrado por el tumulto, cayó encima de él, atrapándolo en el suelo.

El asesino imperial forcejeó para librarse, pero aquel desconocido, dominado por el pánico, no dejaba de moverse.

Sin más opción, el sicario sacó el punzón y lo hundió en el abdomen del desdichado y en el costado.

No había sido al azar, sabía perfectamente que había alcanzado la arteria abdominal.

La muerte fue casi instantánea. El individuo quedó inmóvil y Aquilio lo empujó a un lado, antes de que la sangre lo manchara.

—¡Han asesinado a este hombre! —gritó Aquilio tratando de apartar a todos los que estaban a su alrededor.

Su plan funcionó. La multitud cercana se dispersó horrorizada, despejando el camino hacia la puerta del lupanar. Sin embargo, los dos guardianes que custodiaban la entrada comenzaron a repeler a cuantos intentaban entrar buscando cobijo. Aquilio maldijo en silencio; Domicia ya estaba dentro.

Escondido, Expositus aún sentía la presión en la mano de aquel apretón que Domicia le había dado antes de separarse.

Tal como Tauro le había ordenado, se escondió detrás de una esquina, donde nadie pudiera verlo.

No debía moverse de allí bajo ningún concepto.

Desde su posición observaba el caos y todo ese desbarajuste le hizo gracia; Tauro había armado una buena.

Vio a Domicia entrar en el prostíbulo. Todo había salido según lo planeado.

A pesar de que Domicia albergaba dudas, él no tenía ninguna; si Tauro lo decía, se cumpliría.

Expositus, emocionado, sacó su espada rota de madera y empezó a blandirla en el aire, imaginándose en combate.

Tauro y Domicia le habían prometido llevarlo a ver una pelea en el anfiteatro de Corduba cuando todo terminara, y nada le hacía más ilusión.

Ambos eran descendientes de los gladiadores más famosos de la historia.

No podía creer su suerte. Le enseñarían todos los golpes, cada ataque y defensa.

Su entrenamiento se detuvo al oír el grito que avisaba de que alguien había sido asesinado.

—¡Por Júpiter, un muerto! —exclamó.

Expositus no lo dudó y se dirigió hacia allí.

Se acercó para ver al hombre sin vida. Al llegar, contempló el cuerpo inmóvil, los ojos abiertos hacia el cielo, con un charco de sangre extendiéndose a su alrededor.

Fascinado, regresó a la esquina, recordando que Tauro se enfadaría si descubría que había abandonado su puesto. Lo último que quería era decepcionarlo.

Solo tenía que esperar a que Domicia acudiera a buscarlo para dirigirse juntos al puerto. Volvió a golpear el aire, imaginándose como un gran gladiador.

—¡Soy Spiculus, el mejor gladiador de todos los tiempos! —gritó.

De pronto, un hombre se aproximó tambaleante.

—¿Puedes ayudarme? —le preguntó el desconocido.

—¿Qué te pasa? —respondió Expositus.

—Alguien me ha atacado. Ayúdame, te lo ruego.

—Lo siento, amigo. Estoy esperando a Domicia. Es un secreto, no puedo contarte nada más.

El hombre intentó apoyarse contra la pared y cayó al suelo.

Expositus corrió hacia él para ayudarlo a levantarse, pero al hacerlo retrocedió horrorizado.

Bajo la capa vislumbró un rostro desfigurado, cubierto de llagas y quemaduras.

Pero lo que más miedo le dio, lo que hizo que se quedara inmóvil, fue la cuenca de un ojo completamente vacía.

El hombre se alzó esbozando una sonrisa fría.

—Hola, Dentatus —dijo Aquilio poniéndole una zarpa en el hombro—. Lamento decirte que no irás al encuentro con Tauro. Él vendrá a ti.

Entonces, un golpe seco en la nuca lo sorprendió. Expositus sintió cómo sus fuerzas se desvanecían mientras sus ojos, pesados, se cerraban con lentitud. Una oscuridad espesa lo envolvió, arrastrándolo hacia un silencio abismal antes de perder el conocimiento.