Innocentia LI
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Gades

Aprovechando el desconcierto, Domicia se adentró en el lupanar de Demetrio. Respiró hondo, confiando en que el plan continuara según lo previsto y que, al salir de allí, el peligro hubiera pasado. Un esclavo se aproximó para recibirla.

—Mi señora, me temo que no tenemos hombres. Solo mujeres.

—No busco placer. He venido a ver a Demetrio.

—Lamento informarte de que Demetrio murió hace algo más de un mes... de forma natural.

Domicia sintió que el mundo se caía a sus pies. Ni Tauro ni ella habían previsto aquello.

—Quiero hablar con quien maneja el lugar ahora.

—Llamaré a mi domina . Puedes esperar en esta sala.

El esclavo dirigió la mirada hacia la puerta al advertir el tumulto en la calle y salió con premura en busca de Elia. Un momento después, se presentó la joven. Las dos mujeres se observaron en silencio, analizándose durante un eterno instante.

—¿Tienes algo que ver con el alboroto de ahí fuera? —preguntó Elia.

—Era la única forma de conseguir esta reunión.

Un esclavo entró y susurró algo al oído de su señora, quien luego fijó la mirada en Domicia.

—Hasta que todo pase, no dejes entrar a nadie —le ordenó—. ¿Quién es Tauro y por qué despierta tanto interés?

—Es mi esposo, pero dime, ¿por qué has oído su nombre?

—Sé todo lo que pasa en esta urbe. Debe de ser un hombre importante... Me han avisado de que alguien ha pagado para acabar con él. Además, las calles hoy están llenas de legionarios sin su uniforme, también en su búsqueda.

—Todo se reduce a la misma persona: Julia Mesa.

Elia la estudió con interés; quería saber si podía sacar algo de aquello.

—Me lo pones fácil...

—Domicia, me llamo Domicia.

—Domicia, solo tengo que retenerte aquí y esperar a que Tauro venga a rescatarte. Después decidiré a qué bando os entregaré.

Elia abrió la puerta y fue a llamar a Massin, pero la voz de su interlocutora la detuvo.

—¿Cuál es tu nombre?

—Mi nombre no importa.

—Sé que no me entregarás.

—¿Y por qué estás tan segura?

—Porque intentas intimidarme, pero en el fondo eres una de ellas.

—¿Una de ellas?

—De las niñas. Tauro y yo solo queríamos encontraros.

Elia se giró al oír la puerta abrirse; Annia entró en la estancia.

—Oh, disculpa, Elia. Creía que estabas sola —dijo retirándose.

Domicia se quedó pensativa, tratando de recordar dónde había oído ese nombre. Hasta que lo recordó.

—Nunca llegué a conocer a Fabia.

Elia se quedó inmóvil.

—¿Qué fue de ella? —preguntó observándola con una mirada diferente.

Domicia notó cómo ese nombre había derribado la barrera que la joven había levantado entre ambas.

—Lamento decirte que Fabia se quitó la vida poco después de llegar a Sucaelo. Solo dejó tu nombre apuntado en una tablilla de cera.

Elia sintió el peso de una losa cayendo sobre su cuerpo, aplastando toda la fortaleza que trataba de aparentar. Se acercó a una pequeña mesa, se sirvió una copa de vino y le ofreció otra a Domicia, que la aceptó para su sorpresa.

—Yo misma la entregué a los brazos de la muerte... y lo hice consciente de ello.

—¿Por qué?

—Porque aquí no habría durado mucho, y fuera... Fuera al menos pondría en alerta a su madre. Dime que lo consiguió.

—No del todo. Los hombres lograron ocultar a las mujeres que sabían quién estaba detrás y la causa por la que fueron secuestradas.

La muchacha inspiró profundamente antes de continuar.

—Siento decirte que tu búsqueda ha terminado.

Ya no hay niñas. De setenta que sacaron de Sucaelo, Urgao y otros municipios, no queda ninguna.

Además de las otras veinte que tuve que enviar ayer, y, por lo que me han asegurado mis contactos, me consta que ya han mandado cerca de ciento setenta niñas.

Domicia suspiró. Eran muchas niñas.

—¿Dónde están? —preguntó.

—En Roma. No he podido salvar a ninguna. Si aún no han muerto, están condenadas para siempre.

Su voz temblaba y Domicia, conmovida, le puso una mano en el hombro. Elia sintió un escalofrío; hacía meses que nadie le mostraba algo de cariño.

—Tauro sirvió muchos años en la legión. Una de las niñas era sobrina de un hombre a quien consideraba un hermano. Por eso estamos aquí, buscándola a ella, pero con la esperanza de salvarlas a todas.

—¿Cuál es su nombre?

—Plautia.

—No lo había oído... No llegué a conocerla —mintió.

—No me subestimes, Elia. Sé cuándo una mujer miente.

Esta se giró con la mirada ensombrecida.

—Intenté ayudarla a escapar. Cuando aún había tiempo, pero yo no podía dejar a Fabia. Plautia logró huir, pero la encontraron..., y puedes hacerte una idea de lo que sucedió.

Elia no mencionó el modo en que había muerto Plautia, para ahorrarles sufrimiento.

—¿De dónde eres, Domicia?

—De Roma.

—No sé cómo funcionan las cosas allí, pero como acabo de verte tomar vino, te diré que aquí eso es algo que no se tolera en una mujer, como muchas otras cosas.

Aquí, una mujer debe ser univira : fiel y dedicada a un solo hombre.

Además, ha de hacer honor a la pudicitia , la diosa de la castidad y la pureza femenina.

Nadie querrá jamás a una mujer a la que han violado decenas de hombres.

A casi cien niñas nos arrancaron de nuestros hogares para no regresar jamás.

—¿Por qué?

—Ese es el precio que nuestros padres debían pagar.

Algunos hombres anhelan poder y riqueza con tal ansia que serían capaces de cualquier cosa para conseguirlo, incluso vender a sus propias hijas.

Ese era el pago. Cuando hacían negocios con algunos hombres o cuando buscaban algún puesto de responsabilidad, el coste que asumían era una hija.

Y nuestros padres nos entregaron a cambio: unos, conscientes de nuestro destino; otros, engañados.

Aquellos que se opusieron, y amagaron con denunciar a estos criminales, fueron amenazados con la muerte de toda su familia, hasta que unos y otros fueron invitados a la villa de Mitra, donde comprendieron, demasiado tarde, su error.

Pocos sabían que las niñas a las que iban a violar ese día eran las hijas de sus vecinos, de sus amigos, de sus conciudadanos.

Los mismos hombres que debían protegernos deshonraron a sus hijas aquella jornada.

De esa manera, se garantizaban dos cosas: su silencio, por vergüenza, y que no desearan nuestro regreso jamás.

—Aurelio Carisio.

—Sí, entre otros —respondió Elia, asombrada por la rapidez con que aquella mujer hilaba los hechos—. Yo fui el precio del pacto.

—¿Eres su hija? —preguntó con sorpresa.

—Así es. Pero él es solo una pieza más. Mi madre está muy enferma y necesita remedios muy costosos.

Mi padre nunca nos ha amado. A mi madre siempre la despreció por no haberle dado un hijo varón.

Y a mi hermana y a mí... nos condenó por la única desgracia que, a sus ojos, podía existir: ser mujeres.

Dijo que le daba igual entregarme a un hombre o a un ejército de ellos, mientras yo obedeciera; así podría salvar a mi madre y a mi hermana.

Ahora veo que todo ha sido una mentira. Lo único que ambiciona es poder y restaurar el linaje de su apellido.

—¿Y Quinto, el gobernador? ¿Está por encima de él?

—No. Quinto solo desea que llegue enero para regresar a Roma. El verdadero poder lo tiene Juno.

—¿El dios de las dos caras?

—Exactamente.

—¿Y quién se oculta tras ese nombre?

—Aún lo desconozco, pero pronto lo sabré.

Ha comprado voluntades entre los senadores de Roma a través de la venta de niñas.

Para ellos no somos más que mercancía valiosa.

En Roma ya no bastan las prostitutas esclavas.

Ahora Juno está dispuesto a ofrecerles algo todavía más irresistible a sus ojos: niñas patricias y de familias acomodadas reducidas a puellae gaditanae , las mejores prostitutas y bailarinas del Imperio.

Una tentación que no podrían rechazar. A cambio, obtendrá poder.

Aspira a convertirse en gobernador de la provincia Bética y, cuando lo logre, será la perdición de todas.

—No, si nosotras lo impedimos.

—Solo hay una forma de hacerlo.

—Entonces, lo haremos.

Elia sonrió con frialdad.

—Únicamente pondré una condición.

Domicia escuchó la petición de aquella joven.

—Por supuesto —respondió.