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Gades
Habían transcurrido dos semanas desde su llegada a Gades.
Durante esos días, Tauro, siempre bajo un disfraz diferente de artesano, había inspeccionado con precisión cada rincón alrededor del lupanar de Demetrio; ahora sabía que al menos treinta hombres estaban aguardando su visita.
Incluso en la taberna le pareció ver una figura que, por su aspecto, fuese quizá Aquilio, pero no podía correr el riesgo de ser descubierto.
Domicia se levantó más nerviosa que los días anteriores.
—Hoy es el día. Lo hiciste tal como te pedí, ¿verdad? —insistió su marido.
—Sí —contestó Domicia agotada de repetirlo—.
Tal como me pediste, fui al puerto y hablé con uno de los legionarios.
Le dije que tenía información acerca de un hombre buscado por Marcio Flavio, centurión de la VII Gemina, que estaría hoy en el lupanar de Demetrio, planeando un complot contra el gobernador.
—¿Le dijiste mi nombre? —preguntó como si fuera la primera vez que lo hacía.
—Sí, Tauro, lo dije —contestó ella hastiada.
Su esposo la miró con dudas.
—¿Y crees que te tomó en serio?
Domicia frunció el ceño, ofendida.
—Claro que se lo tomó en serio. Me aseguré de ser convincente.
—¿De qué modo fuiste convincente?
Una sonrisa sensual cruzó el rostro de Domicia mientras se acercaba a él, rozándolo con el dedo índice por el cuello y los hombros en una lenta y suave caricia.
Expositus se levantó suspirando.
—Ya, ya sé que queréis que me marche —dijo el crío, que sin esperar respuesta salió de la habitación rezongando.
Domicia y Tauro se miraron con deseo y, al instante, sus cuerpos se fundieron en un abrazo tan profundo que hasta sus almas parecieron entrelazarse.
—Tengo miedo de que algo salga mal —susurró ella besándole el cuello.
—Créeme —contestó Tauro—, si los legionarios han tomado en serio tu advertencia, acudirán. Y roguemos a los dioses para que así sea; solo entonces mi plan funcionará. Pero aún no has respondido a mi pregunta: ¿cómo de persuasiva fuiste con el legionario?
Domicia lo empujó contra el borde de la cama y, sin decir palabra, se subió el vestido con sensualidad.
Con una calma provocadora, se sentó sobre él, dejando que sus dedos recorrieran su pecho desnudo al despojarlo de la túnica.
Le besó el cuello y fue bajando por su vientre.
Mientras Tauro, excitado, se rendía al calor de sus labios.
En un movimiento inesperado, él la tomó en sus brazos y la tumbó en la cama.
Sus manos se perdieron con avidez entre sus muslos.
Su lengua le recorrió cada poro de la piel.
Se besaron como si aquella fuera la primera vez y se amaron como si fuera el último día de sus vidas.
Una hora después volvieron a vestirse.
—Ha llegado el momento, Domicia. Sabéis lo que tenéis que hacer, pero, por favor, tened mucho cuidado. Si algo os sucediera, no podría perdonármelo.
Tauro se acercó a ella, envolviéndola en un abrazo lleno de intensidad.
Domicia se rindió al refugio de sus brazos y un suspiro se le escapó del alma.
Todo lo vivido desde su partida de Augusta Emerita, el afán de Tauro por salvar a las niñas, incluso poniendo su vida en peligro, y su obstinación por hacer justicia le devolvían al hombre del que seguía enamorada, aquel que ni el tiempo ni la distancia habían logrado borrar de su corazón.
Aquilio estaba sentado en la taberna de la que era un cliente habitual, moviendo las piernas con impaciencia.
Cada día se sentía más nervioso. Las jornadas seguían pasando y Tauro no aparecía.
Sus ojos recorrieron la calle y se detuvieron en un vendedor ambulante de especias que ofrecía sus productos a gritos.
No lo había visto antes. Luego detectó a varios hombres desconocidos, vestidos con túnicas y caminando de un lado a otro como si patrullaran en círculos.
Llevaba tiempo vigilando aquella puerta y estaba seguro de que esos hombres no trabajaban para Tiberio, el encargado del gremio de los marineros.
Observó cómo se perdían en un callejón y respiró aliviado.
Sin embargo, otros dos aparecieron en el extremo opuesto de la calle.
Se puso en pie. Ya no tenía dudas: esos hombres eran legionarios. Alguien más los había alertado. No, no podía ser. Si esos hombres detenían a Tauro, todo estaría perdido.
La calle bullía de gente que iba y venía y el asesino a sueldo trató de identificar a otros posibles legionarios, analizándolos por sus movimientos, su edad, cualquier señal que lo ayudara a distinguirlos.
Contó más de veinte. Si Tauro aparecía y se enfrentaba a los hombres de Tiberio, aquello se convertiría en una batalla campal.
Un mendigo postrado en el suelo le hizo el gesto acordado y Aquilio tensó los músculos.
A lo lejos, una mujer, con un niño de la mano, y un hombre se acercaban.
Aquilio apuró de un trago su copa con opio, buscando calmarse.
Aún no estaban tan cerca como para distinguirlos y todas las veces anteriores habían resultado ser una falsa alarma.
Sin embargo, en esta ocasión, cuando al fin estuvieron frente a la taberna, se levantó despacio.
Eran ellos.
Tauro, encapuchado y cubierto con una capa, parecía estar intentando pasar desapercibido. Domicia y Expositus caminaban a su lado, aparentando tranquilidad.
Entonces, todo se precipitó.
Uno de los hombres de Tiberio se lanzó corriendo hacia ellos.
Aquilio maldijo en silencio, sintiendo que el ataque se había iniciado demasiado pronto.
Desde su posición, observó cómo Tauro empujaba a Domicia y al crío y echaba a correr hacia el callejón junto al lupanar.
Los legionarios también entraron en acción, intentando rodearlo.
En su huida, Tauro volcó un puesto de frutas y esquivó al hombre que trataba de atraparlo.
Uno de los mercenarios de Tiberio sacó un cuchillo y en un instante una pelea estalló entre ambos bandos.
Gritos y alaridos de dolor resonaron en la calle, pero era imposible saber quién había acabado herido. La multitud comenzó a correr en todas direcciones y el caos envolvió las calles.
Aquilio salió a la carrera. Con esfuerzo, subió a uno de los puestos de venta que había junto a la taberna y, desde allí, pudo ver cómo unos pocos hombres peleaban entre sí, mientras otros perseguían a Tauro.
Lo último que atisbó, antes de que Tauro desapareciera por una calle lateral, fue cómo se deshacía de su capa y seguía corriendo.
Desesperado, bajó del puesto. La tensión y el caos reinantes habían escalado hasta un nivel incontrolable. Decidió huir, deseando que fueran los hombres de Tiberio quienes lograran atrapar a Tauro.
Sin embargo, tras dar unos pasos, se detuvo en seco. Se giró y buscó a Domicia y a Expositus. No había rastro de ellos. Entonces lo comprendió: una vez más había sido engañado.
Desde uno de los callejones, Tauro, disfrazado como un vendedor ambulante de especias, había estado pendiente del desarrollo de toda la escena.
El hombre que había contratado para hacerse pasar por él había actuado a la perfección; cada movimiento había salido justo como lo había planeado.
Camuflado en aquel revuelo de gente, Expositus se ocultó en una esquina para vigilar y esperar a Domicia, quien aprovechando el caos había logrado escabullirse hacia el lupanar.
Satisfecho, Tauro se dio la vuelta y empezó a caminar en dirección al puerto, retomando los gritos de su mercancía para no despertar sospechas. Mientras Domicia buscaba el paradero de las niñas, él se encargaría de asegurarse tres plazas en un navío con rumbo a Hispalis.