Innocentia XLIX
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XLIX

XLIX

Gades

Elia se encontraba junto a Massin en el lupanar, aprendiendo nuevas fórmulas. Había transcurrido poco más de un mes desde que asesinó a Demetrio y asumió la dirección del negocio, y, por fin, las cosas empezaban a marchar. Uno de sus esclavos llamó a la puerta y entró nervioso.

—Tranquilo, Servandus, ¿qué sucede?

— Domina... —respondió el esclavo aún tembloroso—. Un hombre, devorado por la ira, ha solicitado ver a Demetrio.

—¿Ha mencionado su nombre?

—No ha sido necesario. Sé muy bien de quién se trata.

—¿Quién es?

—Aurelio Carisio.

—Dile que voy enseguida.

—¿Entro contigo? —preguntó el Africano, dejando a medias sus explicaciones.

—No, Massin. Esto debo hacerlo sola.

—¿Seguro?

La muchacha asintió.

Elia sintió cómo un escalofrío le erizaba la piel; sus manos, una vez más, comenzaron a temblar y su estómago se encogió, como enroscado por una serpiente.

Bebió una copa de vino para apaciguar los nervios que crecían en su interior.

Aquel momento era el que había aguardado, y temido, durante tanto tiempo.

Salió de la alcoba, seguida por Massin. La puerta del cuarto donde esperaba Aurelio Carisio estaba abierta y, antes de entrar en la habitación, se detuvo en el umbral y lo observó durante un instante.

Inspiró con fuerza y entró.

Aurelio Carisio se giró, sorprendido.

—¿Tú?

—Espérame aquí —ordenó Elia a su amigo.

—Estaré tras la puerta por si necesitas algo —contestó el Africano.

—No me hará daño. Y si se atreviera, no tendría escapatoria.

Aurelio Carisio la miró con desdén y se dirigió a ella con un tono despectivo.

—¿Vas a explicarme qué sucede aquí?

—¿No es evidente? Demetrio ya no dirige este lugar. Yo me he encargado de sustituirlo. Ahora tendrás que tratar conmigo.

—¿Crees que estás en condiciones de negociar? —preguntó riendo.

—Inténtalo. No solo administro este sitio; tengo bajo mi control al encargado del puerto, al prefecto del suministro de alimentos y, por supuesto, al edil de la urbe. Así que puedo garantizarte que ni una sola niña se moverá de aquí.

Aurelio Carisio comenzó a aplaudir con sorna.

—Estoy sorprendido y admirado —dijo, con una sonrisa irónica—. ¿Y cuál es el precio? Imagino que las condiciones han cambiado.

—Así es. No habrá más niñas. No volveréis a secuestrarlas, a abusar de ellas, ni a lucraros con su sufrimiento. He soportado demasiadas humillaciones y lo he hecho para destruir vuestro imperio desde dentro. Te aseguro que lo lograré.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

—Soy una víctima y, además, tengo muchas otras niñas que también pueden demostrarlo. Acudiré al centurión o al mismísimo legado. No descansaré hasta que Orbiana, su hijo, Juno, tú y todos los que estáis implicados paguéis por lo que habéis hecho.

Elia respiró hondo, procurando controlar el temblor en las manos, mientras seguía hablando.

—Sé que deseáis controlar cada cargo de la Bética, pero no lo lograréis. He escrito a Quinto, el gobernador, anunciándole vuestras intenciones.

—Aprendes rápido..., Elia.

—He tenido buenos maestros.

—Quizá no los suficientes. Déjame que sea yo quien te explique tus opciones.

Puedes acudir a Marcio Flavio, el centurión de las tropas auxiliares de la VII Gemina , que se encarga de la Bética.

Incluso puedes ir a ver a Lucio Sicio, el mismísimo legado en la provincia Tarraconense.

¿Deseas que te diga dónde está su campamento?

A ellos no hemos conseguido comprarlos, pero ¿sabes qué ocurrirá?

Yo te responderé: nada. Serán destituidos de su cargo.

Incluso puedes ir a las mismísimas puertas de Roma a presentar una denuncia en el Senado.

Puedo darte varios nombres: los de los mismos hombres que trafican con vosotras.

Y si consiguieras que alguien te escuchara, ¿qué crees que harían?

—Acabaré con todos vosotros de una forma u otra.

—Muy bien, presenta una denuncia si quieres.

Seremos puestos ante la justicia y aceptaremos nuestra culpa.

Pero permíteme detallarte algo sobre la ley en Roma, por si aún no lo has aprendido.

Cuando un hombre comete un delito se considera un crimen y es juzgado por ello.

Si es considerado culpable, puede ser condenado de muchas formas.

En un caso tan grave como este, podría acabar en el anfiteatro, devorado por las fieras.

Sin embargo, cuando son muchos los que cometen el mismo crimen a la vez, deja de ser un simple delito y se convierte en un prodigio.

Elia lo miró sin comprender y Aurelio sonrió.

—Lo suponía. Cuando se acusa a tantos hombres de la misma falta, se considera que la locura ha sido provocada por los dioses y se interpreta como un mensaje divino, un prodigio. Y para calmar la ira de los dioses, basta un simple clavo. ¿Has oído hablar del ritual del clavus figendus ?

Elia apretó los puños.

—Un sacerdote tomará un gran clavo de metal y lo clavará en una columna o en una de las paredes del templo de Júpiter.

Así se fijará el mal que ha dominado nuestras mentes.

Y, con ello, pedirán a los dioses que la paz y el orden vuelvan a su lugar, y el mal se habrá aplacado.

¿Y sabes qué? Nada cambiará. Nosotros seguiremos con nuestros negocios y vosotras con vuestra miserable vida.

Y ahora, dejemos de perder el tiempo. Mañana quiero que mi mercancía parta hacia Roma.

—No me trates como si fuera una niña estúpida.

—Pues no te comportes como tal. ¿Crees que puedes doblegarme con unas pocas amenazas?

No te niego que estoy sorprendido, pero antes de comenzar una partida de dados asegúrate de que tu rival no los tiene trucados.

Con toda la sorpresa que me ha producido este encuentro, he olvidado decirte que tu madre no se encuentra bien.

—¡Maldito! La última vez me prometiste que la cuidarías.

—Lo hice a cambio de que no me dieras problemas. Además, su enfermedad es implacable. Deberías verla..., tan débil, tan insignificante.

Elia apretó los puños con furia, sintiendo cómo las uñas se le clavaban en la piel.

—Mañana enviarás a las niñas a Roma —añadió Aurelio inflexible— o haré que su tormento sea mucho más lento.

—¿Por qué lo haces?

—Por lo mismo que tú estás haciendo esto. El poder es el único camino hacia la grandeza. Al final, todo se reduce a quién impone su voluntad y quién se somete. ¿O no es ese el mismo motivo por el que has acabado con Demetrio? Ser superior.

—Te equivocas. Yo lo hago porque odio a los hombres como tú y porque me prometiste que no harías daño a mi madre. Pero no, no te las enviaré. Ella en mi situación haría lo mismo.

—No me dejas más opciones. ¿Sabías que tu hermana pequeña tiene el mismo mal?

—Mientes.

—Tal vez, pero nunca lo sabrás. Solo yo sé dónde está y solo yo decido sobre su destino. Quizá pronto la veas aquí, en este mismo lugar. No estoy seguro de que lo resista. O quizá jamás la vuelvas a ver.

Elia cayó de rodillas, derrotada.

—Está bien... —dijo desesperada—. Tendrás a las niñas. Pero prométeme que no la dañarás. Que a ella le darás todo cuanto necesite.

—No es suficiente.

—¿Qué más quieres que haga?

—Dilo.

—Por favor...

—¡Dilo, Aurelia!

—Por favor..., papá.