Innocentia XLVIII
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XLVIII

XLVIII

Gades

Tauro, junto con Domicia y Expositus, entró con su carro en Gades por la puerta de la vía Augusta.

Su mirada recorrió a los viandantes, tratando de identificar a alguien o algo que llamara su atención.

Nada parecía fuera de lugar. Una multitud bulliciosa se movía de un lado a otro, haciendo imposible saber si alguien en particular lo observaba.

Sin embargo, un mendigo y varios clientes de las tabernas lo miraron de una manera que no pudo ignorar.

Quizá fueran imaginaciones suyas, pero no conseguía alejar esa sensación que trataba de alertarlo de que algo no iba bien.

—Ya sabes lo que hacer, Domicia.

—No termino de verlo.

—Confía en mí. Yo tomaré tres habitaciones en distintas posadas, siguiendo las reglas de siempre. Ya sabes cómo encontrarlas: el tercer establecimiento desde cada puerta de entrada a la urbe, excepto la que acabamos de cruzar. Expositus y tú id al puerto. Y allí haz lo que hemos hablado.

—Creo que es una locura.

—No hay tiempo que perder, Domicia. Ya deben de saber que estamos aquí. Desde este momento, los tres juntos llamamos mucho la atención.

Su esposa dudó, pero al final obedeció, aunque la preocupación seguía reflejada en su mirada.

Tomó a Expositus de la mano y se dirigieron hacia el puerto, mientras Tauro se encaminaba a tres tabernas distintas para registrarse en ellas, deseando que su plan diera resultado.

En la última donde reservó una habitación, preguntó al tabernero dónde podía encontrar el lupanar de Demetrio.

Aurelio Carisio estaba en la domus de Juno, en Gades, cuando tomó la tablilla que este le extendió. Sin pronunciar una sola palabra, comenzó a leerla. A medida que sus ojos recorrían cada línea, su rabia crecía con cada palabra hasta que, al concluir, la lanzó al suelo con desprecio.

—¿Quieres explicarme qué está pasando? —preguntó Juno sin apartar la mirada de él.

—No es posible... —murmuró Aurelio.

—El cargamento de niñas no ha llegado a Roma. Lo has leído igual que yo.

Aurelio apretó la mandíbula, maldiciendo por lo bajo.

—Ese maldito Demetrio... Más le vale tener una explicación convincente.

Juno se sirvió una copa de vino.

—Alguien va a pagar por esto, y no seré yo.

Haz algo, Aurelio, porque empiezo a pensar que no estás a la altura de lo que te exigí.

Prometiste tener todo bajo control y últimamente son muchos los hilos que estás dejando sin atar.

Aún nos quedan niñas por entregar para cumplir la cantidad que prometimos.

Aurelio tragó saliva. La tensión en su rostro era evidente.

—Lo arreglaré.

—Recuerda quién te dio lo que tienes. Ya sabes que, con la misma rapidez que determiné que eras el hombre adecuado, también puedo arrebatarte todo.

Aurelio salió de la domus con la rabia marcada en el rostro.

Sus siete hombres lo siguieron a escasa distancia.

Atravesó las calles de Gades en dirección al puerto, mientras los pensamientos le daban vueltas en la cabeza.

Juno había sido su escalera al poder, la mano que lo elevó a duunviro en Corduba y le otorgó el prestigio que siempre había ansiado para recuperar el linaje de su familia.

Pero había una causa mayor: Juno le había brindado la oportunidad de entrar en el negocio de la venta de niñas y, a cambio, él debía encargarse de resolver cualquier problema que surgiera.

Desde aquel día se estaba haciendo muy rico y, ahora, ese tal Tauro y un estúpido leno estaban poniendo en peligro cuanto había construido.

Pronto se encargarían del primero; mientras tanto, él estaba decidido a ocuparse del segundo sin esperar ni un día más.

Aurelio se dirigió a la puerta del lupanar de Demetrio y se dispuso a entrar.

Aquilio estaba en la taberna donde había cerrado el trato con Tiberio, esperando acontecimientos y con la mirada clavada siempre en el mismo lugar.

No estaba nervioso, a pesar de que había pasado casi la mitad del tiempo que le había dado el encargado del puerto.

Acababa de administrarse una dosis doble y estaba de buen humor.

La puerta se abrió de golpe y un mendigo con ropajes andrajosos entró en la taberna y se dirigió a él.

Era una de sus sombras, uno de sus hombres.

—Lo he visto.

—¿Estás seguro? —preguntó sin desviar la mirada hacia él.

—Sin duda alguna. Tenía el aspecto que me dijiste y no iba solo. Con él estaban una mujer y un mocoso con los dientes tan grandes que apenas cabían en su boca.

—¿Viajaban a pie?

—No, en un carro.

Por primera vez en mucho tiempo, una sonrisa torcida se asomó a los labios de Aquilio. Eran ellos. Con una calma calculada, introdujo la mano sana en su túnica y extrajo unas monedas, dejándolas caer sobre la mesa. El mendigo las recogió con rapidez y desapareció de allí.

El asesino bajó la mirada hacia su mano quemada y los recuerdos irrumpieron con fuerza en su mente.

Su padre, Aquilio Felix, había sido una figura implacable desde su infancia, un hombre que no dejaba espacio para la compasión ni le permitía el lujo de que tuviera un solo amigo.

Para él, no existía otra vida más allá del entrenamiento y la disciplina y, en su visión del mundo, solo había una cualidad digna de respeto: la perfección.

Aquilio Felix había servido al general Juliano durante la guerra civil contra el emperador Septimio Severo, labrándose la temible reputación de ser el frumentarius más despiadado de Roma.

En los círculos de poder y en las sombras de la ciudad eterna, era conocido como el Asesino de Senadores.

Sin embargo, incluso aquel hombre, que había forjado su nombre a base de sangre y miedo, había roto sus propios principios.

En lugar de cumplir las órdenes de Juliano, advirtió a Severo sobre el complot, traicionando a su general y convirtiéndose en uno de los más leales verdugos del emperador cuando este se ciñó la púrpura.

Aquilio había odiado a su padre durante toda su vida, hasta el día en que Tauro acabó con él.

Pero solo entonces, cuando el cuerpo de Aquilio Felix se había enfriado, comprendió cuánto lo admiraba.

Ese odio y esa admiración habían dejado una marca imborrable en su alma, encendiendo un fuego que ardía con furia y consumía toda razón.

La ira y el rencor se habían adueñado de él, relegando a un segundo plano los encargos imperiales.

Julia Mesa le había ordenado encontrar a Tauro y matarlo, pero él sabía que este trabajo no era como los demás. No se trataba solo una misión imperial. Era algo más profundo. Era su venganza.

Volvió a mirarse la mano herida. Sabía que este sería su último encargo.

La última oportunidad que tenía para matar a Tauro.

Y deseaba con todas sus fuerzas que sufriera, que sintiera cómo, uno a uno, le arrebataba a sus seres queridos, comenzando por Domicia y aquel mocoso que siempre los acompañaba.

Una vez que aquello terminara, acabaría con su propia vida.

Aquilio bebió de su copa cargada de opio y alzó la cabeza. El rostro familiar de Aurelio Carisio pasó frente a la taberna, pero no reparó en él. El hombre de Julia Mesa volvió a fijar la mirada en el mismo lugar que llevaba observando desde hacía semanas: el lupanar de Demetrio.