Innocentia XLVII
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XLVII

XLVII

Gades

Aquilio estaba en una taberna, oculto en la esquina más oscura, asegurándose de que su espalda quedara bien protegida por la pared.

Hacía horas que no se administraba una dosis de opio y la necesidad ya se dejaba sentir.

Su adicción iba en aumento y su cuerpo le exigía una nueva cantidad cada vez más a menudo.

Sudaba copiosamente y sus piernas no cesaban de temblar bajo la mesa.

Los hijos del tabernero se entretenían en el salón y sus gritos le estaban empezando a desesperar. Estaban jugando a un juego llamado la mosca de bronce. Uno de ellos llevaba los ojos vendados y avanzaba a tientas mientras gritaba:

—¡Yo cazaré a la mosca de bronce!

Los otros niños reían y le respondían, con tono burlón:

—Tú la cazarás pero no la atraparás.

Comenzaron a correr por entre las mesas, imitando el zumbido de las moscas.

El niño vendado tropezó entonces con la mesa de Aquilio y, al extender la mano, lo agarró del brazo, pensando que había atrapado a uno de sus hermanos.

Cuando se quitó la venda y vio al hombre al que había agarrado, el rostro del niño se congeló en un rictus de terror.

La cara de aquella persona estaba quemada y desgarrada; allí donde las tiras de piel se desprendían, quedaban al descubierto los músculos de su rostro, y una de las cuencas de sus ojos estaba vacía, oscura y profunda como la entrada del inframundo.

Era la viva imagen de un cadáver andante.

El niño comenzó a llorar y trató de huir, mientras sus hermanos observaban, petrificados, a aquel hombre al que percibían como un monstruo. Aquilio sacudió el brazo para librarse del muchacho y todos salieron corriendo de la taberna.

Al poco tiempo, un hombre fornido entró en el local.

Por su aspecto debía de ser el contacto que Aquilio estaba esperando, aunque se dirigió al otro extremo de la taberna y pareció no advertir su presencia.

El propio Aurelio Carisio había facilitado este encuentro y el hombre, sin duda, pronto se acercaría.

Tras una larga espera, al fin oyó una voz susurrante a su lado.

—Eres el hombre de Aurelio.

Aquilio giró la cabeza. Era el mismo hombre que había entrado hacía una hora, pero la dependencia del opio lo había vuelto menos atento.

—Siéntate.

—Por Júpiter, tienes un aspecto horrible.

El aludido reprimió el impulso de lanzarse sobre él allí mismo; sin embargo, lo necesitaba vivo y tuvo que refrenarse.

—¿Trabajas en el puerto? —preguntó ocultando su irritación.

—Así es.

—Los puertos suelen ser lugares... peligrosos.

—Aquí lo son aún más por el hombre que los controla.

El asesino asintió, percibiendo que hablaba con la persona correcta.

—Necesito hombres.

—¿Cuántos?

—Los peores que tengas. Marineros sin trabajo, ladrones, desesperados... Seguro que entiendes a qué me refiero.

El hombre se recostó en la silla, cruzando los brazos.

—Te costará caro.

—El dinero no es un problema.

—¿Cuál es el trabajo?

—Sencillo. Necesito secuestrar a alguien.

El hombre soltó una risotada seca.

—No creo que necesites tantos brazos para eso. Hasta podrías hacerlo tú mismo, a pesar de tu estado.

El sicario inspiró hondo para mantener a raya la rabia que le subía por la garganta.

—Este hombre no es cualquiera. Él es el responsable de mi aspecto. A quien me lo entregue, le pagaré el triple de lo acordado.

El hombre levantó una ceja, evaluando la seriedad de Aquilio.

—¿Y qué planeas hacer con él?

El otro se acercó más a la luz de la lucerna, revelando del todo su rostro cadavérico y la cuenca de su ojo ausente.

—Eso no es asunto tuyo. Pero esto que ves —dijo señalando su propia cara— es solo el principio de lo que tengo preparado para él.

El marinero frunció el ceño.

—¿Cómo se llama ese hombre?

—Tauro. Sé el lugar exacto al que irá, pero desconozco el día. Puede que vaya acompañado de una mujer y un niño. —Aquilio se observó las manos y recordó el modo en que habían tratado de quemarlo vivo—. Los quiero a los tres.

El hombre miró a su interlocutor preocupado. Aquello parecía demasiado fácil.

—Mil sestercios por cada hombre que ponga a tu disposición, lo encuentren o no. Y, como dijiste, para aquel que te lo entregue y para mí, el triple: tres mil sestercios por cada uno.

El otro hizo un leve gesto de asentimiento.

—La mitad ahora.

—Mañana se la daré al tabernero.

El hombre se inclinó hacia delante.

—Te conseguiré veinte hombres.

—Que sean cincuenta —replicó Aquilio sin vacilar.

—¿Te has vuelto loco?

El quemado no movió ni un músculo.

—Como desees. Tú pagas. Si en el plazo de un mes no está donde nos digas, cobraremos igualmente.

—Vendrá antes. Estoy seguro.

—¿Y dónde se supone que debemos esperarlo?

—En el lupanar de Demetrio.

El hombre levantó una ceja, sorprendido, pero no hizo más preguntas.

—Los tendrás.

—Otra cosa más.

El otro individuo suspiró, perdida la paciencia.

—Necesito opio.

Más que una petición, sonó a ruego.

—Veré lo que puedo hacer.

—Lo necesito ya. Tanto como puedas conseguir.

—En una hora lo tendrás.

El hombre se levantó, como si la conversación hubiera terminado, pero antes de que pudiera dar un paso, Aquilio lo sujetó del brazo.

—Aún no me has dicho tu nombre —dijo tratando de intimidarlo.

El hombre le sostuvo la mirada.

—No, no lo he hecho —replicó, sin intención de revelárselo.

—Siempre me gusta saber con quién hago negocios. Sé que trabajas en el puerto, pero si en algún momento escucho algo que pueda interesarte, la hora de llegada de Tauro o cualquier otro dato, me gustaría saber por quién preguntar.

El hombre dudó.

—Todos me conocen en el puerto. Pregunta por mí, el encargado del gremio de marineros: Tiberio Eudoxius.