Innocentia XLVI
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XLVI

XLVI

Gades

Tiberio, llevado por la ira, avanzó hacia Elia con el puñal en la mano, decidido a atravesarla.

—Esa puta de Annia cree que puede contentarme con una novicia. —La miró con desprecio—. ¿Quién eres?

La joven apenas pestañeó. En su voz no había ni rastro del nerviosismo que en realidad sentía cuando le dijo:

—Mi nombre es irrelevante. Lo que importa es que yo sé muy bien quién eres tú. —Le sostuvo la mirada, desafiante—: Tiberio Eudoxius, el encargado del gremio de marineros. Pero lo que tengo que decirte va mucho más allá de los nombres.

Con un rápido movimiento, Tiberio la atrapó por el cuello, levantándola del suelo con una fuerza brutal.

—¿Y qué te hace pensar que una vulgar puta puede dirigirse a mí?

Elia jadeó, luchando por tomar aire, pero, en lugar de rendirse, una sonrisa se dibujó en sus labios.

—Porque... no soy yo quien debería preocuparte... —murmuró—, sino el centurión de la VII Gemina.

Tiberio aflojó el agarre despacio, permitiendo que cayera al suelo. Su presa tosió mientras recobraba el aliento.

—Habla y hazlo rápido. O juro que acabaré contigo.

Elia levantó la cabeza, conservando la calma.

—He enviado tablillas a dos hombres: Publio Aemilius y el centurión de la VII Gemina.

Figuran en ellas nombres que te serán familiares: el prefecto de la anona...

y el tuyo. Esas tablillas detallan vuestros negocios y la forma en que engañáis a los mercaderes.

Si algo me ocurre o no salgo por esa puerta, ambos mensajes llegarán a sus manos.

Tiberio lanzó una risa mordaz.

—¿Y pretendes que me fíe de la palabra de una ramera sobre la existencia de esas tablillas?

Le sonrió flemática.

—Dime, Tiberio, ¿hace cuánto que no hablas con Servio?

El encargado del gremio de pescadores intentó recordar. No sabía de él desde hacía semanas.

—¿No te sorprende que lo mencione? Fue él quien me lo contó todo, aunque no por voluntad propia.

Y cuando no aceptó mi acuerdo, Publio Aemilius aplicó justicia a su manera.

Pero tú tienes dos opciones. Puedes matarme y dejar que el centurión te acuse de robo o ver cómo Publio se venga de ti, concediéndote una muerte lenta.

Si ha matado a su hermano, imagina qué hará contigo. La elección es tuya.

Tiberio volvió a mirarla, mostrando por primera vez preocupación.

—Aunque también podrías elegir la alternativa que yo te ofrezco.

—Habla.

Elia trató de mantenerse impasible y seguir pareciendo fría.

—Esas tablillas están encriptadas. Si no se conoce el código, son imposibles de leer. Y solo una persona lo sabe —añadió.

—¿Quién?

—Yo. Y no traduciré una sola palabra... a menos que lleguemos a un acuerdo.

Tiberio la contempló, evaluándola con cuidado.

—Reconozco que tienes valor, pero me lo pones muy fácil. Me basta con matarte aquí mismo.

El marinero desenvainó el puñal y lo acercó peligrosamente a su garganta.

Elia se dio cuenta de su error y trató de enmendarlo.

—¿Crees que por ser joven soy tan ingenua como para no protegerme?

—replicó parsimoniosa, con los ojos fijos en los de Tiberio—.

¿O es que, por ser una prostituta, supones que no tengo recursos?

Dime, ¿cuál de esas dos ideas nubla tanto tu juicio como para no ver que ya me he asegurado de salir de aquí con vida?

Tiberio se detuvo, con el puñal a escasa distancia de su piel.

—Los mismos hombres que tienen las tablillas recibirán las instrucciones para descifrarlas si no aparezco en un lugar convenido cada semana.

—¿Qué precio exiges?

—No soy tan simple —señaló sosteniéndole la mirada—.

Quiero un lugar en tu círculo de influencias.

Tal vez me subestimes, pero no te fíes de mi apariencia: puedo serte mucho más útil de lo que imaginas.

Ya te dije lo que hice con Servio. Y dime una cosa: ¿has creído que la muerte de Demetrio fue natural?

Tiberio rio.

—Tienes agallas, lo reconozco.

—Eso es porque, cuando me lo quitaron todo, también me arrebataron el miedo.

—Lo pensaré.

—No te arrepentirás. Te ofrezco un trato mucho más beneficioso que el que tenías con Servio.

Mañana haré una visita al prefecto de la anona; seré bastante persuasiva para que también acepte mis condiciones.

Antes de acabar con Demetrio, me contó algunos detalles bastante íntimos del prefecto.

Pronto él también hará lo que le ordenemos.

Tú controlas todo lo que sucede en el puerto y yo, con tu ayuda o sin ella, te garantizo que pronto controlaré todo lo que ocurre en Gades.

—Acepto el trato. Me intriga ver de qué eres capaz y de qué modo podrías serme útil. Pero recuerda algo. —Tiberio se inclinó, acercando su rostro al de ella—. Si vuelves a intentar chantajearme, tomaré esas tablillas y te las meteré una por una en cada orificio de tu cuerpo. ¿He sido claro?

Elia asintió sin inmutarse.

—No será necesario. Pronto te haré ganar mucho más dinero del que imaginas.

Con un manotazo, Tiberio tumbó la jarra de vino que descansaba en la bandeja y salió, cerrando la puerta tras él.

Elia sintió cómo sus rodillas flaqueaban, incapaces de sostener su cuerpo, y se desplomó en el suelo. Sus manos temblaban. No comprendía de dónde había sacado el valor para enfrentarse así a un hombre que parecía capaz de matar con la mirada.

Había improvisado toda la historia de las tablillas, pero su plan había funcionado.

Con esfuerzo, se levantó y recuperó la compostura. Salió para ver cómo estaba Annia, con mucha más seguridad en sí misma de la que había sentido al entrar en la habitación. Su cuerpo aún se estremecía; si quería seguir por ese camino, debía andarse con más cuidado.

Massin se acercó al verla con el rostro pálido.

—Annia me ha avisado. ¿Te encuentras bien? —preguntó con preocupación.

Algo más relajada, hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—A partir de ahora no me separaré de ti. ¿Quieres que te prepare algo que te relaje?

Elia asintió con la mente en otra parte. Las niñas que Demetrio debería haber enviado a Roma aún seguían allí, así que pronto recibiría la visita de Aurelio. Cuando eso sucediera, estaría preparada.