Innocentia XLV
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XLV

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Hispalis

Expositus estaba junto a otro muchacho, acechando a una pareja de gatos escondidos en un callejón.

—No tienen escapatoria —dijo Celso, el otro niño.

—Tú ve por el otro extremo y corre hacia ellos.

Cuando vengan hacia mí, les lanzo el saco y los atrapamos.

Esa nigromante nos dará un dineral por los dos.

Créeme, lo más valioso son los pelos de los bigotes; si se los arrancamos mientras están vivos, se los venderemos y sacaremos el doble. No es la primera vez que hago esto.

Celso se frotó las manos ante la perspectiva de lo que parecía un dinero fácil.

—Si se te escapa alguno, te daré una paliza, ¿entendido?

Expositus no contestó, concentrado con el saco en la mano, esperando.

Mientras miraba de reojo hacia la esquina donde debería aparecer Celso y vigilaba a los gatos, su atención se desvió hacia un hombre que estaba dando los últimos retoques a una pintura en la fachada de la taberna.

La curiosidad pudo más que la tensión de atrapar a los animales que acechaba y se acercó al pintor.

—¿Qué dice ahí, amigo? —preguntó.

El hombre lo miró de reojo y continuó pintando, sin responderle.

—Anda, no te costará nada; dímelo. Si no lo haces, mi amigo y yo encontraremos pintura y lo taparemos.

—Como se te ocurra...

—Ya podrías habérmelo dicho en vez de discutir conmigo.

En ese momento, los gritos de Celso empezaron a resonar al otro lado del callejón. El pintor, temiendo que aquel mocoso cumpliera su amenaza, leyó en voz baja:

—«El flamen Lucius Cornelius Bocchus, sacerdote perpetuo de Augusta Emerita, presentará veinte parejas de gladiadores.

Lucio Cornelio Bocchus, su hijo, presentará diez parejas de gladiadores.

Los combates se celebrarán en Hispalis los días 8, 9, 10, 11 y 12 de octubre.

Habrá una cacería según las normas habituales».

Para cuando terminó de leer, Expositus ya se había marchado. El pintor giró la cabeza a ambos lados, pero no había rastro del niño. En ese instante, Celso llegó corriendo detrás de los gatos que huían despavoridos.

—¡Dentatus! Pero ¿dónde estás? —exclamó llevándose las manos a la cabeza—. ¿Has visto a un niño con grandes dientes por aquí? —le preguntó al pintor.

—¿Lo has visto tú?

Expositus llegó corriendo hasta la taberna donde pernoctaban. Domicia y su marido ya cargaban sus pertenencias en el carro y se preparaban para partir hacia Gades.

—¿Se puede saber dónde te habías metido, Expositus? —preguntó Tauro—. Tenemos que irnos.

—¡Van a celebrar luchas en el anfiteatro! —dijo emocionado.

—Ya te dije que iríamos cuando todo esto acabara —respondió Tauro sin dureza—. Ahora no podemos. Sube al carro.

—Domicia, por favor... —suplicó arrodillándose.

—Tauro lleva razón, Expositus —intervino ella con suavidad—. Cuando todo esto termine...

El crío se aupó al carro y se cruzó de brazos, visiblemente enfadado. Tauro se sentó junto a Domicia y emprendieron el viaje de cinco jornadas que los llevaría hasta Gades. Al poco rato de iniciar su trayecto, Tauro miró al muchacho y advirtió el brillo húmedo en sus ojos.

—¿Quieres que te cuente por qué dejé de ser frumentarius ? —le preguntó.

El muchacho lo miró emocionado. Domicia esbozó una sonrisa sutil. Habían pasado algo más de seis meses desde que abandonaron Roma y, hasta ese día, Tauro nunca había hablado de aquel asunto.

—Nací en Lucus Augusti, 1 al norte de Hispania. Sin embargo, perdí a mis padres cuando la peste, a la que llamaron Antonina, se cobró sus vidas. Mi abuela, Thais, había sido prostituta en Roma, pero un gladiador la sacó de las calles.

—¿Un gladiador? —preguntó Expositus sorprendido.

—Así es. Se llamaba Probus.

—¿Tu abuelo era Probus?

—El mismo. Su padre, Ronet, también fue gladiador. Debió de ser incluso mejor, porque venció a uno de los más famosos de todos los tiempos.

—¿A quién?

—A Spiculus.

—¡Por todos los dioses, me tomas el pelo! No te tenía por embustero.

Expositus miró a Domicia en busca de confirmación y la patricia asintió con la cabeza.

—Pues espérate cuando te diga que la abuela de Domicia fue Achilia, la gladiadora que se enfrentó a Amazona en el que fue llamado el duelo de la eternidad.

—¿Os estáis burlando de mí?

Marido y mujer rieron brevemente. Pero la risa se apagó pronto.

—La abuela de Domicia y la mía eran grandes amigas.

Así fue como nos conocimos. Sin embargo...

—La voz de Tauro se ensombreció; aquellos recuerdos le dolían—.

La dejé atrás para seguir a mi hermano. Él siempre quiso ser legionario y yo temía que, sin mí, le ocurriera algo.

Allí conocí a Marco y a Rufo, mis compañeros de contubernio, hombres por los que habría dado mi propia vida.

En aquel tiempo el emperador era Macrino, un enfrentado a Julia Mesa, hermana de Julia Domna, la antigua emperatriz con Septimio Severo y madre de Geta y Caracalla.

Pero Macrino subestimó a Julia Mesa, la mujer a la que más admiro y odio a la vez...

Tauro detuvo el carro. Bajó sin decir palabra y se alejó unos pasos. Se quedó mirando el horizonte, como si buscara algo que ya no estaba allí. El aire parecía no llegarle a los pulmones.

Expositus hizo ademán de seguirlo.

—Déjalo. Necesita tiempo —dijo Domicia con suavidad—. Es la primera vez que habla de esto desde que abandonamos Roma.

Al cabo de un momento, Tauro regresó. Tenía los ojos enrojecidos, pero el gesto firme. Retomó la marcha.

—Julia Mesa me lo dio... y me lo quitó todo.

Fui yo el hombre que puso la cabeza de Macrino a sus pies y por eso me convirtió en centurión de su servicio secreto.

Aquello me llevó de nuevo a Roma, donde me reencontré con Domicia, el amor de mi vida.

Pero tardé en darme cuenta de que para Julia Mesa yo solo era un esbirro, el hombre que podía hacer desaparecer a quien ella considerase una amenaza.

En las legiones maté por la gloria de Roma, pero con ella me vi obligado a asesinar a numerosos hombres en su nombre, muchas veces sin saber el motivo real, y eso me atormentará hasta el fin de mis días.

Se pasó una mano por el rostro; el peso de los recuerdos le exigió de nuevo el refugio de siempre, el único que había creído capaz de sostenerlo: el vino. Rechazó ese pensamiento y continuó hablando. Soltar todo lo que llevaba dentro le estaba resultando doloroso pero también liberador.

—Domicia intentó advertirme, pero cuando quise escuchar ya era demasiado tarde.

Julia Mesa es una mujer despiadada; no deja nada al azar y jamás permite que quede un cabo suelto.

Me costó comprender que la justicia que reinaba en las calles de Roma era solo la que ella imponía.

Cuando se cansó de su nieto, el emperador Heliogábalo, decidió acabar con su vida.

No podía permitirlo y traté de salvarlo.

No salió bien. Julia Mesa consideró aquel intento una traición hacia ella.

Fue entonces cuando Domicia y yo tuvimos que huir y desde entonces somos fugitivos.

Sé que no descansará hasta ver cumplida su venganza. Por eso dejé de ser frumentarius .

—Pero..., Tauro, ella no puede hacerte nada. Eres el hombre más valiente que conozco.

—No, Expositus... Soy un cobarde, no tuve el valor de enfrentarme a ella cuando debería haberlo hecho. Tú sí que eres el hombre más valiente que he conocido, porque yo hui, pero tú no; tú naciste sin nada y con todo que perder y, aun así, decidiste luchar por sobrevivir.

Sin decir nada, Expositus abrazó a Tauro. Domicia los miró a ambos con evidente orgullo.

El viaje prosiguió. Tauro sentía una mezcla de alivio —por haberse liberado de aquello que tanto lo atormentaba— y de una inquietud creciente a medida que se acercaban a Gades. Un cosquilleo en la nuca, familiar y persistente, le advertía de que algo no marchaba como debería.