Innocentia XLIV
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XLIV

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Gades

Elia observaba al ratiocinator , el contable que había contratado.

Tal como prometió, había liberado a todos los esclavos de Demetrio, aunque algunos decidieron quedarse por voluntad propia, entre ellos el Africano.

La muerte de su antiguo leno llegó antes de lo planeado, pero eso no hizo más que acelerar los acontecimientos.

Con pericia y discreción, ella había manipulado a un notario, cliente frecuente del lupanar, para falsificar el testamento de Demetrio, asegurándose de figurar como única beneficiaria de toda su fortuna.

Ahora había adquirido una veintena más de prostitutas.

Ninguna niña raptada volvería a ejercer en aquel lugar.

—Las cuentas están bastante saneadas —comentó el contable tras deslizar las piezas en el ábaco y revisar cada columna.

El hombre la estudió con detenimiento—. Quizá desconozcas que, por ley, toda prostituta en tu establecimiento debe estar registrada.

Si el edil realiza un conteo y descubre lo contrario, podría imponer una multa severa.

Mi consejo es que las registres poco a poco, para que las arcas no se vean afectadas.

—Las necesito a todas —respondió Elia, su voz firme.

—Entonces lleva una ofrenda a los dioses para que el edil no decida visitarte.

—Del edil ya me encargo yo.

El funcionario extendió la mano y, tras recibir su pago, se marchó satisfecho.

Elia observó cómo desaparecía y se sirvió una copa de vino mientras pensaba. Tenía planes y eran muy ambiciosos, pero sabía que debía ir despacio. Sus pensamientos quedaron interrumpidos por uno de sus esclavos, que entró apresuradamente.

— Domina , ha llegado un cliente preguntando por Demetrio. Como solicitó, le he informado de la repentina muerte natural del antiguo leno . Ha pedido ver a Annia.

La nueva señora lanzó una maldición a los dioses, temerosa de que el embarazo de la joven ya resultara evidente.

Se dirigió al salón, donde Annia, junto con otra bailarina, enseñaba a las nuevas prostitutas a bailar, a modular las palabras y a comportarse con la elegancia que los clientes esperaban.

Había rescatado a aquellas mujeres de la miseria de las calles, ofreciéndoles no un futuro glorioso, pero sí uno sin frío ni hambre.

Desde la puerta, observó el ambiente: algunas de las recién llegadas aún no dominaban el idioma, y otras, vencidas por el cansancio, dormitaban mientras esperaban a los clientes.

Elia entendió que aún tenía un largo camino por recorrer.

Se acercó a Annia para interesarse por su estado.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

—Bien, aunque el embarazo ya comienza a notarse y las náuseas empeoran.

—Annia, hay un cliente que ha preguntado por ti.

La joven suspiró con resignación.

—Me imagino quién es.

—Puedo ocuparme yo, si lo prefieres.

—No, ya has hecho bastante. Trataré de que no se percate de mi estado.

—¿Quieres que me quede cerca?

Annia la miró con ternura.

—No, Elia. Ese hombre es un animal, pero he aprendido a manejarlo.

—¿Quieres que llame a Massin?

—Con este individuo sus pócimas son inútiles.

—¿De quién se trata?

—Es Tiberio Eudoxius, el encargado del gremio de marineros.

Elia sintió un escalofrío al escuchar el nombre de Tiberio. Aquel era el mismo hombre que mencionó Servio, el prestamista al que habían chantajeado. Sin dudarlo, decidió seguir a Annia, manteniéndose a una distancia prudencial para no ser descubierta.

Desde las sombras de un pasillo, pudo ver cómo Annia acompañaba al imponente Tiberio.

De brazos fornidos y curtidos, su aspecto intimidante hablaba de un hombre endurecido por los años bajo el sol y las largas horas en la cubierta de un barco.

Aunque su presencia era amenazadora, Elia no se amedrentó.

El cliente, molesto por la espera, empujó a Annia hacia una cámara.

La nueva dueña esperó pacientemente; necesitaba encontrar la forma de entrar en esa habitación y quedarse a solas con él. En ese momento, un esclavo pasó con una bandeja.

—Servandus —lo llamó con firmeza.

Él se detuvo, inclinando la cabeza en señal de respeto.

— Domina .

—Annia me ha pedido que sea yo quien entre con la bandeja.

Servandus, tras echar una mirada rápida a su alrededor, le ofreció la bandeja sin poner ningún impedimento.

Elia la tomó y se dirigió a la puerta de la habitación.

Justo cuando estaba a punto de entrar, oyó voces desde el interior.

Se apartó un poco, ocultándose. En ese momento, Annia salió corriendo, sollozando y con una fea herida en la ceja, mientras se sujetaba el vientre con una mano temblorosa.

—¡¿Acaso creías que no me daría cuenta, maldita zorra?! —gritó Tiberio desde el interior.

Elia se asomó. De espaldas a la puerta, se encontraba Tiberio vistiéndose con una túnica.

Aunque sus manos temblaban, no se le volvería a presentar una oportunidad como aquella.

Soltó el aire de los pulmones tratando de relajarse, entró, dejó la bandeja en la mesa y cerró la puerta tras de sí. Se quedó inmóvil, observando a Tiberio. Él se giró despacio, con una expresión de sorpresa que pronto se tornó en desprecio.

—¿Quién cojones eres tú? —preguntó avanzando.

Elia le sostuvo la mirada.

—En tu lugar, escucharía lo que tengo que contarte.

Tiberio, sin dudarlo, agarró un puñal y se dirigió a ella.