XLIII #2
—Será mejor que me invites a sentarme y me escuches, centurión —prosiguió el supuesto vendedor—. El vino que bebes está envenenado y solo yo tengo el antídoto.
Marcio bajó la vista hasta su copa, comprendiendo por fin el sabor dulce del vino.
Mientras tanto, Tauro lanzó una mirada a Expositus.
El muchacho, con unos gestos que habían tenido que ensayar una centena de veces, le indicó la ubicación de los legionarios infiltrados: uno en la puerta, dos en una de las mesas y el último —disfrazado de borracho— era el que maldecía al edil.
Para sorpresa de Tauro, había cumplido su cometido a la perfección.
—Ahora, diles a tus hombres que se vayan —ordenó Tauro al centurión.
Este vaciló.
—Ya has visto que no hay puerta trasera. No llegaré lejos. La verdadera pregunta es si quieres salir vivo de aquí.
Marcio giró la cabeza y ordenó a los dos legionarios sentados que se marcharan. Después, hizo lo propio con el que estaba en la puerta.
—Listo —dijo al fin.
—Marcio, no me tomes por ingenuo. Dile al borracho que corte el numerito ese de echar maldiciones contra el edil y que se largue. Aquí no tengo escapatoria y, fuera de aquí, frente a tus hombres, son pocas mis opciones.
El centurión sonrió, levantó la mano derecha y el borracho, como si su embriaguez se disipara de repente, dejó de hablar y salió, ante la sorpresa de los hombres que bebían con él.
—El famoso Marciano Tauro. Veo que haces honor a tu reputación.
—Te sorprendería saber cómo lo he averiguado. Además, no creo que mi fama sea digna de gloria. Si de verdad fuera una leyenda, jamás habrías oído hablar de mí.
—Las horas en la legión son largas. Todos hemos escuchado historias sobre el temido hombre de Julia Mesa.
—Eso forma parte de otra vida.
—Por eso me sorprende oír que te mostrabas ante el gobernador. Te daré una hora para que escapes. Después, tendré que ir a por ti. Quinto quiere llevarte encadenado ante Julia Mesa.
—Eso sospechaba. Pero ¿por qué habrías de darme una hora?
—Llevo veinte años en la legión. Solo nosotros, los legionarios, comprendemos lo que significa pasar horas de guardia, combatir, confiar nuestras vidas a otros hombres y llorar a los compañeros caídos.
Solo así nacen los lazos que esos senadores, duunviros y gobernadores jamás entenderán.
Reconozco en mí el sentido del deber; cumplo con lo que se espera de alguien de mi posición.
Pero es a mi conciencia a la que respondo y por ello me debo al honor.
Jamás traicionaré a quien, como yo, ha combatido bajo las águilas de Roma, y menos aún si alguna vez le confié la vida de mis hombres.
Tauro frunció el ceño tras la última afirmación.
—Como te digo, tu fama llegó hasta Hispania.
Cuando estaba en Tarraco, 2 tenía dos hombres que parecían hechos en la forja de Vulcano.
No solo eran valientes, demostraron mucho más que eso.
Podían cumplir cualquier misión que les encomendaras: esconderse, infiltrarse, camuflarse.
Así que los propuse como frumentarii en Roma y tú los aceptaste.
—¿Quiénes eran?
—Valerio Reburrinus y Claudio Victor.
—¡Valerio y Claudio! Dos de mis mejores hombres. Capaces de cualquier cosa. Si les ordenabas infiltrarse como prostitutas, se convertían en las más solicitadas de toda Roma.
—¿Sabes qué ha sido de ellos?
—No lo sé —mintió—, y esa es la mejor señal posible. Significa que hice bien mi trabajo.
Marcio rio y señaló su copa. Tauro hizo un gesto a Expositus, que le trajo un pequeño frasco y una jarra de vino.
Fue entonces cuando el centurión sonrió al comprender que había sido el muchacho quien, con su charla, había logrado distraerlo y consumar el engaño.
Bebió el antídoto y lo acompañó con un trago de la copa que Tauro había dispuesto para él.
—No tenemos tiempo que perder. ¿Qué deseas saber?
—Investigo el secuestro de un grupo de niñas de Sucaelo y de otros municipios; puede que a estas alturas sean menos que las que desaparecieron.
Entre ellas está la sobrina de Marco, que no solo fue mi segundo e instructor de hombres como Valerio y Claudio, sino que además, como bien has dicho, era mi hermano de armas.
—Es algo muy serio para que semejante crimen no haya llegado a nuestros oídos.
—¿Nadie os ha informado?
—Nadie. Y eso me inquieta.
—¿Ni siquiera Quinto, el gobernador?
—Lo único que Quinto nos ha pedido es que te arreste y te lleve encadenado ante él.
—Aquí en Corduba hay un hombre llamado Aurelio Carisio, el duunviro. ¿Lo conoces?
—Todo el mundo conoce a Carisio. Pero si preguntas si ha presentado denuncia alguna por la desaparición de esas niñas, la respuesta es no.
Ni él ni Quinto han dicho una sola palabra al respecto.
Y dado que, si denuncias, tendrás que exponerte públicamente ante ellos y asumir el riesgo que eso implica, te conviene valorar cuál es el mejor modo de proceder.
Tauro quedó pensativo. Sabía con certeza que Aurelio estaba implicado, pero aún dudaba sobre las verdaderas intenciones de Quinto.
¿Podría el gobernador estar ocultando la verdad a las legiones porque también estaba involucrado?
Domicia estaba convencida de que sí. Sin embargo, algo en la intuición de Tauro le decía que Quinto no tenía relación directa con el asunto.
Empezaba a considerar dos posibles explicaciones.
La primera, que Quinto quería evitar mostrar debilidad.
Su cargo de gobernador era un nombramiento del Senado y, si la curia llegara a enterarse de que no tenía un control efectivo sobre su provincia, su prestigio y reputación se verían gravemente comprometidos.
Además, su mandato estaba a punto de expirar y, con toda probabilidad, lo único que rondaba por su mente era llevarlo a Roma como un trofeo.
De esa manera se ganaría el favor de Julia Mesa y encubriría así su incompetencia como gobernador.
También existía una segunda opción y era que todo formara parte de un complot. Aurelio Carisio buscaba menoscabar la posición de Quinto, seguramente con la intención de arrebatarle el puesto de gobernador.
—Marcio, me has sido de gran ayuda.
—Sé que junto a las escaleras hay una puerta que da a una salida trasera, y que el vigilante me ha mentido. Te concedo la mitad de una hora; no puedo ofrecerte más.
—Es más que suficiente.
Tauro y Marcio se estrecharon la mano con firmeza.
—Espero que halles a esas pobres niñas.
Tauro hizo un gesto a Expositus para que abandonaran el local por la puerta trasera.
Cuando estaban a punto de salir, el vigilante interceptó a Tauro.
—¿No me debes algo? —preguntó.
—¿De qué hablas? Si no fuera por mí, el centurión habría descubierto la sala clandestina que tienes ahí dentro.
—Y si no fuera por mi ayuda, no podrías salir por la puerta de atrás.
—Pero si hasta el centurión sabía que ahí había una puerta.
El vigilante extendió su mano sana y Tauro, resignado, extrajo sus dados trucados y se los dio, saliendo sin mirar atrás para no arrepentirse.