XLIII
XLIII
Corduba
—¡Por favor, Domicia! Esto es una auténtica locura. Es como arrojarse directamente a las fauces de un león —dijo Tauro, mientras caminaba de un lado a otro en la pequeña habitación de la taberna donde se hospedaban—. Cuéntamelo otra vez.
—Tauro, te he contado cada palabra de la conversación tres veces.
—Pues hazlo una cuarta, por favor —dijo sentándose frente a ella.
—Compartí la cena con el gobernador, Quinto Pomponio, y su insufrible esposa, Avidia Volusia.
Desde el primer momento percibí la desconfianza de Quinto.
Le lancé varias preguntas fingiendo estar distraída, para ver si Avidia había oído tu nombre como comidilla entre las matronas romanas o si lo conocía por él.
Y tuve la clara impresión de que sabía sin lugar a dudas quién eras, por boca de su esposo, y que habías estado al servicio de Julia Mesa.
Tauro se levantó, enojado.
—Y, entonces, ¿por qué se te ocurre la brillante idea de concertar un encuentro con el centurión de la Legio VII Gemina?
Domicia también se puso en pie, tratando de que se relajara.
—Escúchame bien. Cuando el vino le soltó la lengua, el gobernador dijo que no había oído nada sobre niñas secuestradas.
O miente o ese Aurelio Carisio se lo ha ocultado.
Además, y aquí viene lo más importante, me aseguró que nunca firmó un edictum provinciale que prohibiera cerrar las puertas por dentro para que, en caso de incendio, los esclavos encargados de la seguridad pudieran entrar y salvar a los ciudadanos.
Se rio a carcajadas, pero se le heló la sonrisa cuando le insinué que quizá todo esto era un complot en su contra.
Por eso aceptó que te reunieras con el centurión.
—Cuando algo huele a podrido, es porque está podrido, Domicia.
Aquí pueden estar pasando varias cosas. Quinto miente y está metido hasta el cuello en este asunto.
Todo el espectáculo de la cena fue para facilitar ese encuentro con el centurión y entregarme a Julia Mesa para ganarse su favor.
O puede que también esté preocupado y solo quiera poner sobre aviso a las legiones, la opción que me parece menos probable, porque si ese fuera el caso, no nos necesitaría a nosotros.
—¿Puedes volver a explicármelo? —interrumpió Expositus.
—¡Espera un momento, Expositus! —ordenó Tauro.
—Precisamente por eso es necesario que te reúnas con el centurión, Tauro —continuó Domicia—.
Si de verdad desconoce los detalles, entonces sabremos que Quinto está involucrado en todo este asunto.
Si están al corriente, es porque el gobernador está preocupado.
Por tanto, sabremos, en el primer caso, que el gobernador está detrás de los secuestros y, en el segundo, que es Aurelio Carisio.
Tauro volvió a pasearse por la habitación con las manos en la nuca.
—¿Dónde has organizado el encuentro?
—En la taberna de Vetusto, donde jugaste a los dados.
—¡Domicia! Puede que Victorinus también esté allí y no solo tenga que enfrentarme a cuatro o cinco legionarios y su centurión, sino también a los hombres de Aurelio. ¿Acaso crees que soy Aquiles?
—Yo soy quien investiga los secuestros; tú pones la fuerza.
—¿Quien investiga? Fui yo el que descubrió que las niñas estaban en la villa de Mitra y luego en Gades, que, por cierto, es donde deberíamos estar.
He enterrado a demasiados hombres en mi vida.
Demasiados. —Tragó saliva—. No voy a perder también a la sobrina de Marco. Si la perdemos, no me lo perdonaré.
—Claro, Tauro, vayamos a Gades. Quizá logremos salvar a la sobrina de Marco, que es la única que parece que te preocupa, si es que no ha sido ya arrastrada a Roma y es una de esas pobres almas cuyo destino solo alberga sufrimiento.
Pero dime, ¿qué haremos si no descubrimos quién está detrás de estos secuestros?
Sabes que después vendrán más niñas, una tras otra.
¿Quién se apiadará de ellas? No puedo ni imaginar lo que deben de haber sufrido, esa tortura lenta al pensar que cada respiración tal vez sea la última.
El miedo apuñalando su alma, en cada ocasión que un hombre decide hacer suyo su cuerpo.
Tú mismo me dijiste que el lugar donde estaban encerradas era lúgubre, frío y que en el ambiente podía aún sentirse la angustia que tuvieron que padecer.
Y temo, Tauro, que ese es solo el principio de una vida que solo les reservará dolor y muchísimo sufrimiento.
¿Y acaso permitiremos que esos hombres, los mismos que deberían protegerlas, sigan enriqueciéndose con sus pobres vidas?
Si nos marchamos ahora, seremos cómplices de los mismos actos que tanto despreciamos.
Porque, en el fondo, lo sabes tan bien como yo, quien no se enfrenta al mal acaba devorado por él.
Tauro respiró hondo, abrumado.
—¡Por todos los dioses! Si tuviera a mis hombres, Marco y Rufo, sería como arar en campo llano. Está bien, Domicia, lo haremos, pero a mi manera. Me vestiré como un acutarius , un vendedor de piezas de hueso. Si entro y veo algo sospechoso, saldré antes de que se enteren de que estoy allí.
—Nos iremos. Yo estaré contigo.
—Ni lo sueñes. No lo entiendes... Jamás me ha asustado lo que pueda pasarme a mí, sino lo que te pueda ocurrir a ti.
—¿Y a mí? —se entrometió Expositus.
—¡Espera un momento, Dentatus! —gritó Tauro.
—¿Queréis dejarme hablar? —pidió el chico.
Tauro lo miró, comprensivo.
—Llevas razón. ¿Qué es eso tan importante que tienes que decirnos? —lo instó al fin.
—Puedo pasarme el día entero en la taberna. Siempre dices que hablo demasiado. Puedo hablar con unos y con otros y, cuando vayas, señalarte a los que no he visto nunca.
—Magnífico —murmuró el antiguo soldado—. Vamos a poner nuestras vidas en manos de un crío.
Domicia apoyó la mano en el brazo de su marido.
—Todo saldrá bien —dijo tratando de calmarlo—. Ya lo verás.
Tras un instante de duda, él asintió.
—Está bien. Vosotros ganáis. Expositus, puedes irte y empezar a vigilar. Si vamos a atrevernos, no hay tiempo que perder.
—¿Y qué tengo que hacer? —quiso saber el muchacho, entusiasmado.
—Esta vez, solo sé tú mismo —respondió Tauro—. Haz justo lo que has dicho. Habla con todos. Pregunta nombres, oficios, a qué hora entran y salen. Pero prométeme una cosa: no robes a nadie. Quiero que te conozcan, que confíen en ti y que no te teman.
El chico salió corriendo, rebosante de entusiasmo.
Tauro siguió al muchacho con la mirada hasta que la puerta se cerró.
Luego se volvió hacia Domicia y dejó escapar el aire despacio.
No estaba seguro de que fuera una buena idea, pero había aprendido que proteger a los suyos no siempre consistía en mantenerlos a salvo tras un muro.
Aun así, no permitiría que se expusieran: sería él quien asumiera todos los riesgos.
Una semana después, Marcio Flavio, centurión de la VII Gemina, cruzó el umbral de la taberna de Vetusto.
Vestía el uniforme de la legión. Lanzó una rápida y experta mirada por el lugar.
La taberna bullía de gente: borrachos despotricando contra el edil por los impuestos, vendedores ambulantes voceando su mercancía, clientes comiendo y bebiendo en una amalgama de murmullos y risas.
Marcio avanzó hasta el fondo, donde un vigilante custodiaba una de las puertas.
—Soy el centurión Marcio Flavio. ¿Qué hay tras esa puerta?
—Partidas de dados.
—Apostar fuera de la Saturnalia es un delito.
—Nadie ha dicho que apuesten, centurión. Solo juegan.
—Abre.
El vigilante abrió la puerta. En varias mesas se jugaban partidas de dados, pero en ninguna había dinero a la vista.
—¿No podéis jugar fuera? —preguntó Marcio, con tono de reproche.
—Mucho bullicio, centurión.
Marcio asintió y le hizo un gesto para que cerrara la puerta, continuando con su inspección.
—¿Y qué hay detrás de esa otra puerta junto a las escaleras?
—Es la puerta de servicio. Los clientes suben por las escaleras principales y las prostitutas de la casa por esas otras. ¿Deseas que te la muestre, centurión?
—¿No tenéis una salida trasera?
—Hasta ahora no nos ha hecho falta.
El vigilante se dispuso a abrir la puerta, pero Marcio lo detuvo.
—Da igual.
El centurión interrumpió la conversación, lanzándole una mirada que indicaba que no se fiaba de él, y se dirigió a la única mesa vacía, desde la cual podía vigilar toda la taberna.
Discretamente, tres de sus cuatro legionarios infiltrados le hicieron el gesto convenido: ninguno había visto a alguien que pudiera ser Tauro.
Una tabernera se acercó a su mesa.
—¿Qué va a ser?
—Tráeme una jarra de vino. Me llamo Marcio Flavio, centurión de la cohorte de la VII Gemina. ¿Ha preguntado alguien por mí?
—¿Y qué vas a comer? —dijo ignorando la pregunta—. Tenemos cazuela de pescado con garum , pollo con garum y cerdo con garum .
—Solo vino.
Poco después, la tabernera regresó y colocó la jarra en su mesa.
Un muchacho de dientes prominentes se acercó a su mesa.
—Tú no eres de aquí, ¿verdad? ¿Cómo te llamas?
Marcio intentó ignorarlo.
—Yo me llamo Expositus, aunque la mayoría me llaman Dentatus.
Trabajo haciendo recados. Por un sestercio puedo ir a la barra y traerte lo que quieras.
Por dos, echo un ojo a tus pertenencias si necesitas ir a la letrina.
Y por cuatro, pongo los dos sobre tus cosas sin moverme ni un paso mientras te diviertes arriba con alguna prostituta.
—¿Un denario por cuidar mis cosas?
—No te confíes, centurión. Esta es una taberna peligrosa.
Marcio le dio una moneda y le hizo un gesto para que se alejara. Mientras inspeccionaba el lugar, no advirtió que el muchacho vertía algo en su bebida. Se sirvió una copa y tomó un primer sorbo; frunció el ceño al detectar un dulzor extraño.
Un vendedor de piezas de hueso se acercó a la mesa.
—¡Prendedores para el pelo! ¡Amuletos de hueso! Todos recién llegados de Asturica Augusta. 1 ¿Quieres uno, amigo?
—Largo de aquí.