Innocentia XLII
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XLII

XLII

Hispalis

Orbiana salió de la urbe por la Porta Gemina, la puerta norte.

Septiembre llegaba a su fin y el rocío de la mañana comenzaba a cubrir las plantas, el pasto y la tierra, revistiendo con un brillo húmedo los campos y las calles de la urbe.

Aquello la inquietó. Había ordenado a su hijo que aguardara toda la noche junto a la tumba donde se había concertado el encuentro y, a pesar de haberle dejado una manta y víveres abundantes, temía por él. Quizá había pasado frío o hambre.

Ese día iba a tener lugar la reunión que Aquilio había solicitado.

Aurelio había aceptado, pero algo en su tono, tal vez la respiración contenida antes de responder o el tono cortante de sus palabras, le advertía que su paciencia estaba al límite.

Por esa misma razón, había ordenado a su hijo una misión: que se escondiera cerca del mausoleo donde se iba a producir el encuentro y, en cuanto la ocasión fuese propicia, matase al sicario.

Trató de presentarse antes de la hora convenida.

De ese modo sabría si Foedus había conseguido su objetivo.

Orbiana llegó al lugar donde había dejado a su hijo la noche anterior con cautela, tratando de buscar refugio entre las lápidas y los columbarios para no ser vista.

En cuanto estuvo allí, un rictus de preocupación se adueñó de su rostro.

No había rastro de su hijo. Pudo ver restos de comida y la jarra de vino vacía, pero ni rastro de Foedus.

Buscó por entre las lápidas, pronunciando su nombre en voz baja para no llamar la atención, pero no había señales de él.

Un escalofrío serpenteó por su espalda cuando distinguió en el suelo, entre dos lápidas, unas enormes piernas.

Las habría reconocido a dos millas de distancia; eran las de su hijo.

Con el cuerpo encorvado y el pulso acelerado, corrió hasta allí.

Foedus estaba amordazado y atado, pero, para su tranquilidad, seguía vivo.

—¡Hijo! ¿Te encuentras bien?

Había comenzado a desatar las cuerdas cuando sintió algo punzante en la espalda.

—Cuarenta y nueve —oyó tras de sí.

Orbiana se quedó petrificada.

—Cuarenta y nueve son los encuentros que el filo de este pugio ha propiciado a Caronte. Llevo tiempo preguntándome quién será el cincuenta. ¿Te gustaría tener ese honor? —preguntó Aquilio.

—No..., por favor.

—Te he dado muchas oportunidades, pero ningún consejo. Cuando mandes a tu hijo a vigilar durante toda la noche, no le des vino. Puede parecer una buena idea, pero tarde o temprano se queda dormido.

—No...

—¡Cállate! Detesto cada una de las expresiones que salen por tu boca, incluso el sonido de tu voz. Así que no digas ni una sola palabra más o te juro que en el mango de mi punzón lucirán dos nuevas muescas.

Orbiana no respondió.

—He podido matarte muchas veces y, si no lo he hecho, es porque hasta ahora has servido a mis intereses, pero no dudaré en acabar con tu vida o hacerte sufrir un dolor que ni siquiera imaginas si no haces todo lo que te digo.

Aurelio Carisio llegó acompañado de sus hombres.

Tenía el gesto cansado. Los contratiempos comenzaban a agotarlo, aunque él mismo no dejaba de ser un jugador más en el gran tablero de intrigas y traiciones que regía la provincia.

Aun así, no se resignaba a ser una simple pieza; su ambición exigía algo más.

Aurelio Carisio llevaba un apellido de peso ancestral, vinculado a las figuras prominentes de la Hispania romana.

Descendía de Publio Carisio, el legendario legado enviado por el emperador Augusto para consolidar el dominio en la península durante las guerras cántabras, más de dos siglos atrás.

Desde entonces, los Carisio habían gozado de una posición privilegiada entre la élite romana de las provincias hispanas.

Sin embargo, los tiempos gloriosos de su estirpe se habían ido desvaneciendo, empañados por descendientes que no supieron estar a la altura de su linaje.

Aurelio estaba dispuesto a cambiar esa historia de decadencia.

Era un hombre al que las circunstancias solo volvían más despiadado.

Había hecho cosas inimaginables para el resto de los mortales, pero, a él, esa implacable determinación le había aportado cuanto deseaba.

Gracias a sus alianzas y a su capacidad para manipular sin escrúpulos, Carisio controlaba buena parte de los hilos del poder que se movían en la provincia Bética.

Pero sus verdaderos obstáculos no eran ni esa maldita Orbiana, a quien había hecho creer que era gracias a ella a quien debía su cargo de duunviro, ni el rebelde Tauro; ni siquiera el gobernador Quinto, cuyos límites conocía y sobre quien tenía cierto dominio.

La figura que inquietaba a Aurelio Carisio era la persona que movía los hilos en Hispania, y que no había dudado en aceptar aquella reunión: Juno.

Orbiana estaba esperando en el punto acordado.

Aurelio no se acercó hasta que varios de sus hombres, que se habían adelantado a inspeccionar los alrededores, volvieron con las nuevas: todo estaba en orden.

—Empiezo a cansarme de tus juegos; ¿dónde está ese hombre?

Orbiana avanzó hacia un pequeño mausoleo, señalando con un leve movimiento de la mano. Aurelio la siguió.

—Mi labor y la de Foedus es la de secuestrar y cuidar de las niñas hasta que decidís llevarlas a otro lugar. Debería ser yo quien te exigiera que hicieras algo contra él.

El duunviro detuvo sus pasos.

—Jamás vuelvas a hablarme en ese tono.

—Yo fui quien te puso en el sitio que hoy ocupas; deberías mostrar un poco de agradecimiento.

Aurelio no daba crédito.

—¿Tan ingenua eres, Orbiana? —murmuró masticando cada palabra—.

Hiciste lo que te convenía. Yo solo te di la oportunidad para ello.

Y te recuerdo que aquí tu voluntad es una concesión, no una ventaja.

Así que dime dónde está Aquilio, y qué pretende, o tú y tu hijo conoceréis de nuevo la porqueriza de la que lo saqué.

—Aquilio... no vendrá.

Aurelio la miró fuera de sí, pero supo que había algo que se le escapaba.

—¡Por todos los dioses que esto lo pagarás!

Aurelio se dirigió con paso decidido hacia ella, con la intención de matarla allí mismo.

Quizá debería haberlo previsto al ver el modo en que Orbiana intentaba irritarlo.

O haber interpretado bien los continuos gestos de la esclava, que negaba con la cabeza, tratando de advertirle.

Tampoco captó la señal en los sutiles movimientos de la mano de la sierva.

La sola idea de que una simple esclava se hubiera atrevido a hablarle de aquella manera había desatado en él una furia tan intensa que no percibió ninguno de esos avisos.

Solo así podría haber anticipado que, desde el interior de un mausoleo, emergiera con rapidez la figura de un hombre, que había pasado desapercibido en la inspección de sus guardias, y que la fría hoja de un puñal amenazara, cortante, su garganta.

—Aurelio Carisio —pronunció Aquilio esbozando una mueca de satisfacción—.

Debo admitir que no ha sido fácil arrimarme a ti.

Pero hay un arma mucho más afilada que este puñal que ahora amenaza tu vida: tu propia soberbia.

Has sido incapaz de tolerar que una esclava te hablara como si fueras un igual.

Aurelio hizo un gesto para que sus hombres se detuvieran, justo cuando se acercaban a socorrer a su amo.

Orbiana buscaba con la mirada en el interior del mausoleo a su hijo, rogando que se encontrara bien. Aquilio la miró con furia; él sí había notado sus intentos de advertir a Aurelio. Ignorándola, volvió a concentrarse en su prisionero.

—¿Dónde está? —preguntó impaciente.

—¿Quién? —Aurelio levantó las cejas fingiendo ignorancia.

—Creo que fui claro. Juno debía venir.

—¿De verdad crees que alguien de su posición perdería el tiempo contigo?

—Veo que vosotros también os creéis invulnerables, tan confiados en vuestra intocable red de alianzas —dijo el asesino aumentando la presión sobre su cuello.

—Todos tenemos una misión y tú no estás cumpliendo la que te ordenaron en Roma.

Aquilio se quedó helado. Era imposible que Aurelio conociera el nombre de quien lo había enviado a Hispania.

—¿Qué sabes?

El patricio continuó hablando, consciente de que había revertido la conversación.

—Tan ingenuo como Orbiana... —musitó, casi con lástima—. No hay nada que nos pase desapercibido. Tú tenías una orden: matar a Tauro. Pero parece que la sed de venganza te está cegando. ¿Me equivoco?

El tuerto sintió un temblor en la mano. Aurelio había echado sal en la herida que lo atormentaba.

—¿Cómo lo has averiguado? —replicó Aquilio con inquietud creciente.

—Deberías seguir una regla fundamental: los negocios siempre han de estar por encima de lo personal.

¿Crees que Julia Mesa te envió a matar a Tauro porque pensaba que eras mejor que él?

Lo hizo porque sabe que fue el hombre que mató a tu padre, y supuso que esa sed de venganza la beneficiaría para verlo muerto.

Pero, en lugar de cumplir tu misión, cegado por el odio, decidiste demostrarte que eras mejor que él.

¿Me equivoco? Y mírate, estás vivo de milagro.

Con tu pequeño desliz, has enfadado a mucha gente.

Aquilio respiró hondo, tratando de controlarse.

—Y tú quizá deberías elegir mejor a tus hombres —dijo volviendo a la calma—. Así habrías evitado que, mientras hablamos, Tauro se esté dirigiendo al lugar donde están las niñas.

Aurelio soltó una leve carcajada.

—¿Victorinus? Siempre supe que el juego y su lengua lo condenarían. Sería ingenuo de tu parte pensar que no lo sabía. De hecho, gracias a su indiscreción, sabemos adónde se dirige el hombre a quien deberías haber asesinado hace tiempo.

—Sigo un plan —murmuró.

—Más vale que funcione. Tenemos un mensaje para ti de la persona que te contrató. No habrá más oportunidades.

—En Gades acabaré con él. Díselo también a Juno.

—¿Por qué no se lo dices tú?

Un guardia de Aurelio se bajó la capucha que cubría su rostro y se acercó.

El puñal de Aquilio estuvo a punto de desprenderse de su mano cuando vio el rostro de Juno y solo acertó a hacer una pregunta:

—¿Tú?