XLI
XLI
Gades
Todas las niñas y esclavos del lupanar de Demetrio se preguntaban con temor hasta dónde estaba dispuesto a llegar el leno para castigar a Elia.
El Africano llegó y miró de reojo a la muchacha, que se mantenía cabizbaja. Rápidamente descubrió que era su próxima víctima.
—Ya estamos todos. Africano, prepara el brebaje.
El esclavo obedeció.
—¿Cuál será el efecto que tendrá en ti? Tal vez te dé por masticar tu propia lengua, arrancarte las uñas o sacarte los ojos. Pronto lo descubriremos. Lo que sí puedo asegurarte es que no quedará nada de ti. De todas las torturas que ese animal Africano conoce, esta es sin duda la que más adoro.
— Domine , te lo ruego, no sé qué es lo que he hecho —imploró Elia, con voz quebrada.
Demetrio le cruzó el rostro con un fuerte bofetón.
—¿Crees que soy estúpido? Sé lo que intentabas.
Te has revolcado con mi esclavo más leal creyendo que podrías manipularlo.
Y estoy seguro de que planeabas hacer lo mismo con los otros, uno por uno, para convencerlos de que me traicionaran.
¿Me equivoco? Imagino que fue idea de Aurelio Carisio.
Fue mencionar su nombre y empezaste a conspirar contra mí.
Algo sucedió cuando estuvo contigo; por eso ordenó que no fueras a Roma.
Él te está utilizando, ¿verdad? Y estoy seguro de que la razón por la que tu amiga, Fabia, escapó fue porque te temía más a ti que a mí.
Conozco a las de tu calaña: esa cara inocente, esa voz dulce...
, pero haríais cualquier cosa por conseguir poder.
Dime, ¿cuál era tu siguiente paso? ¿Ganarte a las otras niñas para ponerlas en mi contra?
Antes de que acabe el día, vas a confesar hasta la más ínfima travesura que hayas cometido a lo largo de tu existencia. ¡Nadie traiciona a Demetrio!
El leno alzó la barbilla.
—Africano, dale el brebaje. Y vosotras, no bajéis la cabeza —ordenó a las demás niñas—. Quiero que todas lo veáis.
El esclavo obedeció sin apartar la vista de la joven. Mientras otros siervos la sujetaban, le tapó la nariz y la obligó a beber.
Demetrio esperaba ansioso, haciendo chocar sus anillos entre sí.
—¿Qué le has dado? ¿Por qué no hace efecto? —preguntaba con nerviosismo, aguardando a que Elia comenzara a ver las visiones que tanto aterrorizaban a las otras muchachas.
Elia alzó la cabeza, retadora. Su rostro ya no mostraba rastro alguno de inocencia. Sus ojos eran oscuros y profundos, su mandíbula firme.
—Si deseas la lealtad de tus hombres, asegúrate de contar con su respeto —dijo con frialdad.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Demetrio atónito—. ¡Mátala! —ordenó señalando al Africano.
El hombre de piel negra no se movió.
—Tu problema, Demetrio, es que nunca ves más allá de tu interés.
En nosotras solo veías una forma de ganar dinero; en el caso del Africano, un instrumento para atemorizarnos.
Jamás te has preguntado qué sintió cuando masacraron a su pueblo, ni cómo sobrevivió tras verse obligado a matar a su familia.
¿Te has preguntado por qué tiene esa cicatriz que le atraviesa el ojo o por qué nunca se ha rebelado contra ti?
Y lo más importante de todo, le demostraste tanto desprecio por el color de su piel que ni siquiera te molestaste en preguntarle lo más obvio: su nombre.
Demetrio contemplaba la escena sin dar crédito.
—¡Calo!, ¡Servandus! —gritó, llamando a otros esclavos, horrorizado—. ¡Cogedla!
Ninguno se movió.
—Quitadle el puñal —ordenó Elia.
Los dos siervos reaccionaron de inmediato. Demetrio intentó defenderse, lanzando estocadas al aire con desesperación, pero con tanta torpeza que apenas les costó desarmarlo.
—¡Está bien, Elia! Tú ganas. Dirigiremos esto entre los dos —suplicó Demetrio respirando con dificultad por el esfuerzo—. Con mi experiencia y tu talento...
—Me sorprende que hayas tardado tanto en darte cuenta de que me gané a tus esclavos sin amenazas ni miedo. Solo tuve que ser... complaciente. Tus niñas harán cuanto yo les ordene, porque he conseguido algo que tú jamás has logrado: su confianza.
—¡Pagaréis por esta traición! —gritó Demetrio—. Todos los esclavos seréis condenados por no obedecer a vuestro dominus.
—Lo insólito de la traición —murmuró Elia— es que siempre lleva el rostro de aquellos que te rodean; lo inquietante es que, cuando la descubres, ya es demasiado tarde.
No te obedecerán. Reconozco que te has dado cuenta antes de lo que tenía planeado, pero ya lo tengo casi todo listo.
Les ofrecí la libertad a cambio de traicionarte.
¿No fue eso lo que querías de mí? Tú mismo lo dijiste: «Cuando domines cuanto voy a enseñarte, te entregarán lo que yo desee».
Te equivocaste en algo: ahora tu contable y todos hacen lo que yo deseo y no tú.
Incluso poner todas tus propiedades a mi nombre.
—¡Maldita...! No te saldrás con la tuya.
—Mientras tú me enseñabas a seducir y a manipular, Massin, que así se llama tu hombre, no solo me ha instruido en cómo hacer venenos, sino que además me administró pequeñas dosis para inmunizarme; por eso el brebaje no me ha hecho efecto.
Durante todos estos años te ha estado obedeciendo porque, en una de sus visiones, yo aparecía.
Tengo la misma edad que la hija a la que tuvo que asesinar.
A partir de ahora, cuidaremos el uno del otro.
Así que ha llegado la hora de convertirlo en un hombre libre.
Demetrio trató de huir.
—¡Cogedlo! —ordenó Elia.
Cuatro hombres sujetaron al leno , que tenía la respiración agitada y sudaba profusamente, temblando al ver cómo el Africano se acercaba a él.
—Juro que me vengaré, aquí o en la otra vida —masculló Demetrio.
—Esperaré impaciente a que llegue ese momento —añadió Elia.
A continuación se dirigió al Africano.
—Massin, dale el brebaje.
—He rogado a mis dioses para que en el otro mundo no velen por ti —dijo el siervo sin apartar la vista de su antiguo domine .
Demetrio se quedó inmóvil al oír al Africano hablar su propia lengua. No trató de resistirse cuando le hicieron beber el brebaje, pues sabía que sería inútil.
Los siervos lo soltaron y cayó al suelo.
La nueva dueña ordenó que se llevaran a las niñas. No quería que presenciaran lo que estaba a punto de ocurrir.
El leno comenzó a ver cómo unas sombras proyectadas en la pared avanzaban hacia él. Un latido ensordecedor empezó a perforarle las sienes. Mientras tanto, la temperatura de su cabeza se volvía insoportable.
—¡Apartaos! —gritó con desesperación, tratando de espantar a aquellos espectros imaginarios.
Los esclavos contuvieron el aliento, horrorizados, al verlo arrancarse las pústulas de la calva con las uñas.
La carne se desprendía con un sonido húmedo y su rostro se cubría de sangre.
Calo, el esclavo que le había arrebatado el puñal, lo dejó caer, sobrecogido por aquella visión, y retrocedió con el rostro desencajado.
Los susurros no dejaban de horadar la cabeza de Demetrio.
Entonces, sintió que algo se movía en el estómago, como si una criatura hambrienta arañara desde dentro.
Un dolor agudo le atravesó el costado. No vaciló en coger el puñal, arrancarse la túnica y, como un animal enloquecido, arañarse el enorme vientre hasta desgarrar la piel y los músculos. El mosaico del suelo se tiñó de rojo.
Sus dedos se hundieron en el interior de sus entrañas, extrayendo pedazos de intestino.
Las voces que gritaban en su cabeza se fueron apagando, y el silencio volvió a reinar de una vez en su interior.
Su furia se calmó, su aliento se fue extinguiendo, hasta que, con un espasmo final, su corazón ofreció su último latido.
El cuerpo de Demetrio yacía en un enorme charco de sangre con sus tripas esparcidas por el suelo.
Elia intercambió una mirada con el Africano, quien asintió despacio. La pesadilla que Demetrio había impuesto a tantas víctimas y de la que tanto disfrutaba, había terminado devorándolo a él.