Innocentia XL
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Hispalis

Domicia examinaba la herida en el costado de Tauro, que ya empezaba a adquirir un tono amoratado.

—¡Ah! —se quejó el antiguo centurión.

—No deberías haber asumido tanto riesgo. Podría haber sido algo peor que dos costillas.

—Eran solo tres hombres —replicó él con una sonrisa forzada—. Me he enfrentado a cosas peores.

Su esposa negó despacio, resignada.

—¿Te duele mucho?

—Depende de para qué —declaró acariciándole los muslos con sensualidad.

Ella le golpeó con cariño el costado y Tauro apartó la mano lamentándose entre risas.

—He descubierto algo —añadió ella.

—Sea lo que sea, lo mejor que podemos hacer es irnos a Gades y sacar a las niñas de aquel maldito lupanar.

—Y así lo haremos, pero antes necesito investigar una cosa.

—¿Otra de tus corazonadas? ¿De qué se trata? —preguntó su marido.

—No sé si lo recuerdas. Cuando vivía en Roma, la madre del emperador Marco Aurelio Antonino...

—Ahora lo llaman Heliogábalo —la interrumpió Tauro.

—Como sea. Su madre, Julia Soemias, creó un Senado de mujeres.

—Lo recuerdo —dijo Tauro—. Julia Mesa casi incendió la ciudad cuando se enteró.

—He descubierto que una de las mujeres que formó parte de aquella curia, Avidia Volusia, es la esposa del gobernador.

No llegamos a ser íntimas amigas, pero nos unía una relación cordial.

Nos movíamos en los mismos círculos. Aquí, a diferencia de Roma, muchas de las matronas no tienen una ornatrix , ya sabes, una peluquera personal, y acuden a un establecimiento cerca del foro donde una liberta llamada Crescens, al parecer, hace maravillas.

Su esposo se puso serio al entender adónde quería llegar su mujer. Se colocó la túnica y se giró para mirarla a los ojos.

—Es muy peligroso, Domicia. No sé hasta qué punto confías en ella, pero si el gobernador descubre que estamos aquí, hará cualquier cosa por ganarse el favor de la abuela del emperador, y nos delatará.

Ya sabes que esa mujer desea acabar con nosotros y no parará hasta conseguirlo.

Creo que debemos ir a Gades y marcharnos de aquí antes de que sea demasiado tarde.

—¿Primero harás esto por mí?

—Siempre hago lo que pides.

—No siempre —replicó Domicia con una media sonrisa—. Nos conocemos desde que éramos unos críos y, si algo he aprendido en todo este tiempo, es que las veces que algo te ha salido mal ha sido porque decidiste llevarme la contraria.

Tauro suspiró resignado.

—Así que mañana te vestirás como mi esclavo e iremos juntos a verla.

A la mañana siguiente, Domicia lucía su mejor vestido, mientras que Tauro llevaba una túnica sencilla.

—Hacía tiempo que no te veía tan radiante —dijo Tauro abrazándola por la cintura.

—Ahora no —rio mientras señalaba con la cabeza a Expositus—. Además, debemos irnos ya.

—¿Y si llegamos un poco más tarde? —insistió Tauro, que le besó el cuello con lentitud.

—Avidia debe de estar al llegar. Quiero entrar antes que ella.

—¿Y cómo estás tan segura? —preguntó Tauro, al tiempo que se perdía en el aroma a almendras y flores de lirio que desprendía su esposa.

—Porque Expositus lleva dos días vigilándola. Sé con exactitud cuáles son sus horarios.

Tauro, al fin, soltó el abrazo con el que había mantenido secuestrada a Domicia. El muchacho lo observaba con aire triunfal.

—¿Cumplió las órdenes? —preguntó alzando apenas una ceja—. Espero que no haya dicho más de lo debido.

La sonrisa de Expositus se desvaneció al instante.

—Hice lo que me pediste —respondió—. Vigilé a los hombres que mencionaste.

—Sí, y también te ordené que no te acercaras, que no te vieran y, sobre todo, que no hablaras con ellos.

—Déjalo, hizo justo lo que esperabas de él. Y ahora vámonos —intervino Domicia saliendo de la habitación.

—¡Yo también quiero ir! —exclamó Expositus.

—Será mejor que te quedes aquí —replicó Tauro firme.

—Me dijiste que me enseñarías todo sobre tu oficio...

—Eso dije. Y la segunda lección es obedecer.

Expositus se quedó quieto y visiblemente disgustado.

Tauro se detuvo y resopló, arrepentido. No debía ser tan duro con el crío; no estaba dirigiendo a hombres en la legión.

—El motivo por el que no puedes venir es porque debemos parecer una patricia con su esclavo. Solo tardaremos unas horas. Te prometo que cuando regresemos te llevaré a comer esa tortilla de leche con miel que tanto te gusta.

El rostro del muchacho se iluminó con una leve sonrisa y asintió en silencio.

Un instante después, Domicia caminaba hacia el foro, seguida de su esclavo, que sostenía una elegante sombrilla con la que protegía del sol a su ama.

La patricia hizo un gesto de resignación a Tauro al verlo parado, mirando la puerta, y le indicó que llamara con la aldaba del establecimiento. Un hombre afeminado, con el cabello rubio y vestido con un exomis griego, una túnica que dejaba poco a la imaginación, salió a recibirla.

—¡ Salve , Domicia! —dijo el esclavo con una reverencia exagerada—.

Por favor, pasa. ¡Qué honor para esta humilde casa!

Estás espléndida, magnífica, deslumbrante.

Diría que tu rostro irradia tal resplandor que no necesitarías antorchas ni a plena medianoche; podrías iluminar todo el foro.

Pero te aseguro que Crescens logrará que brilles aún más, como Aurora misma, la diosa que cada día despierta al mundo con su fulgor.

El esclavo se acercó a Domicia y tomó su mano, invitándola a entrar.

—Cuando abandones este lugar, aquellos que tengan la bendición de verte se quedarán sin aliento y no podrán evitar preguntarse: «¿Qué diosa ha descendido del Olimpo para caminar entre nosotros?

». Sí, todos sabrán que eres más que mortal y tus pasos serán seguidos por miradas atónitas y suspiros de adoración.

—¡Por todos los dioses! —masculló Tauro, sorprendido por tanta pomposidad—. ¿Puedo esperarte fuera..., domina ?

—Debes —respondió Domicia con indiferencia, mientras accedía al interior complacida por los halagos que recibía.

El esclavo, antes de cerrar la puerta, echó una mirada de desagrado a Tauro por las formas toscas en las que se había dirigido a su domina y arrugó el rostro con evidente desagrado.

Domicia se dirigió a una sala donde otras tres matronas esperaban su turno.

El esclavo la presentó con una reverencia y todas la observaron con admiración; pocas veces tenían la oportunidad de ver de cerca a una patricia romana y, en poco tiempo, ya habían visto dos.

Una de las siervas se aproximó y le ofreció agua y fruta fresca en una bandeja de plata.

La luz en la sala era suave y acogedora, y un pebetero desprendía el aroma embriagador de olíbano y nardo. Una melodía delicada impregnaba el ambiente, procedente de los instrumentos de varios músicos. Todo ello envolvía el lugar en una atmósfera muy acogedora.

Una sierva guio a Domicia hasta una butaca y comenzó a peinarle el cabello con delicadeza, desenredando cada mechón.

Poco después, el esclavo que la había recibido regresó y anunció la entrada de Avidia Volusia, la esposa del gobernador. Domicia, aparentando estar distraída, siguió conversando con la sierva sin levantar la mirada.

Justo en ese momento, Crescens, la dueña del establecimiento, se encaminó presurosa hacia la butaca con una sonrisa complaciente.

—¡ Salve , Domicia! Tu presencia me honra. ¿Cómo deseas que te prepare la piel? Tengo aceite de almendras, de oliva... Incluso puedo aplicarte miel, si lo prefieres. Luego la blanquearemos con cerussa a base de plomo.

—En Roma, mi ornatrix solía usar agua de rosas —respondió Domicia con fingida indiferencia.

—Por supuesto, enseguida lo aplico —acató Crescens inclinándose con respeto.

Domicia notó, de reojo, que su comentario había captado la atención de Avidia.

—¿Domicia? —preguntó Avidia sorprendida—. ¿Domicia Iucunda?

—¡Qué ven mis ojos! —exclamó Domicia levantándose de la butaca.

—¡Por todos los dioses! ¿A qué debo la fortuna de verte aquí? —añadió Avidia, con una mezcla de sorpresa y alegría.

Domicia se acercó a ella y tomó sus manos con suavidad.

—¡Avidia Volusia! No sabes cuánto me alegra ver una cara conocida.

—Oí que habías dejado Roma, pero no conozco la causa —aseguró haciéndose la despistada.

—Sí, ya sabes, el amor nos lleva a abandonar todo cuanto tenemos y a perseguir aquello que nace en nuestra alma.

—¿Fue por amor? Quiero que me lo cuentes todo.

—Así es. Vine a Hispania para estar junto a mi esposo.

—No lo sabía. ¿Y piensas quedarte mucho tiempo aquí?

—Espero que no. Pero una mujer debe estar donde está su marido.

—Debe de ser un hombre muy apuesto el que te ha llevado tan lejos.

Perdona mi indiscreción, pero en Roma siempre se hablaba de que eras la única matrona que disponía del sui iuris , es decir, que no estabas bajo la tutela de un hombre.

El resto de las matronas imaginábamos que era la causa de que rechazaras todas las propuestas de matrimonio que recibiste, para así disponer con libertad de tu fortuna.

Por eso me sorprende que las palabras de amor en tus oídos hayan acallado las de tu mente.

Domicia disimulaba su asombro.

—Quizá he sido muy directa, pero las horas aquí son aburridas y siempre envidié ser como tú. Incluso —continuó Avidia— recuerdo cómo te enfrentaste a Julia Soemias, la madre del antiguo emperador.

—Yo también extraño mucho Roma; aquí me siento sola y desamparada.

—Sé lo que es eso. Yo misma viajé hasta aquí con Quinto Pomponio cuando lo nombraron gobernador de la Bética.

Estoy deseando volver a Roma. —Avidia se detuvo y la miró como quien ha sido iluminada por una maravillosa idea—.

¿Por qué no vienes a casa esta noche? —dijo, sin disimular la emoción—.

Sé lo que es sentirse sola en una urbe extraña.

Seréis nuestros invitados de honor en la cena.

—No sé si debería; mi esposo está lejos, en Corduba.

—¡Oh, vaya! Ven tú sola. Quinto es un hombre comprensivo; no creo que le importe.

—Acepto de buen grado tu invitación.

—Seguro que a Tauro tampoco le importa.

Domicia iba a responder, pero se contuvo y se despidió con una sonrisa fingida hasta la noche, dejándose atender por las manos de Crescens.

Su expresión se endureció. Aquello le confirmó que Volusia había mentido durante toda la conversación.

No solo porque conocía Roma lo suficiente como para imaginar que su nombre y el de su esposo habrían circulado durante meses por las fiestas y tertulias de la alta sociedad, sino también porque, en ningún momento, ella había mencionado el nombre de Tauro.