Innocentia XXXIX
52%

XXXIX

XXXIX

Gades

Oculto en las sombras del pasillo, Demetrio esperaba para ver salir a Elia de la habitación de Plauto, su esclavo de mayor confianza.

A la rabia de haber tenido que descubrir que aquella niña con la que iba a ganar una fortuna lo había traicionado, se sumaba la larga y tediosa espera detrás de la columna, donde su cólera no había hecho más que fermentar y crecer.

Se maldijo a sí mismo. Incluso había llegado a imaginar la posibilidad de utilizarla para, juntos, arrebatar a Aurelio Carisio el control del negocio de las niñas.

La ira lo corroía, tanto que alguna de las pústulas de su calva comenzó a sangrar debido a la fuerza con la que se las había rascado.

Allí escondido, una sensación familiar se había apoderado del leno ; la niña le recordaba a él mismo a esa edad.

Sin embargo, había una diferencia entre ambos: él no había conocido otra vida.

Demetrio nació en un lupanar; era hijo de una prostituta.

Su domina jamás le reveló quién era su madre entre las muchas mujeres que trabajaban en aquel burdel.

Tuvo la suerte o la desgracia de nacer porque su dueña había descubierto que los clientes pagaban fortunas por sus pequeños efebos, como los llamaba.

Y así creció sin ningún tipo de apego o amor.

Cuando una prostituta o uno de sus chicos dejaban de ser rentables, la lena se deshacía de ellos, arrojándolos al callejón en medio de la noche.

Los cuerpos sin vida eran recogidos por el carro de la Parca, que los conducía hasta una fosa común, sin nadie que los despidiera llevando su nombre a los labios.

Demetrio nunca recibió afecto. No conocía el significado de la palabra ternura ni sabía cómo sería una caricia que no estuviera pagada con dinero.

Desde que tenía memoria fue prostituido y jamás se quejó de la clase de vida que le había tocado vivir.

Pasó de ser un puer delicatus , un niño sexual, a ser el adolescente más demandado del lupanar.

Se convirtió en el mejor y aquellos que buscaban placer masculino acudían al lupanar solicitando tan solo sus servicios; algunos, incluso, esperaban largas horas para disfrutar de los placeres que exclusivamente él ofrecía.

Su falta de escrúpulos volvía locos a los clientes, quienes estaban dispuestos a pagar fortunas para ver cumplidas las fantasías que, antes de conocerlo, solo habían existido en sus perturbadas mentes.

Luego le enseñaron a extorsionar, manipular e incluso a asesinar cuando las circunstancias lo requerían.

Todas y cada una de las enseñanzas las había depositado en esa muchacha por la que ahora escupía al pronunciar su nombre.

Se enfureció al reconocer que había llegado a sentir por Elia algo cercano a un cariño que él jamás recibió.

Hasta que, como todo lo que se marchita al sol del tiempo, su belleza empezó a desvanecerse.

Aquellos mismos hombres que un día pagaron fortunas por compartir unas horas con él, comenzaron a rechazarlo.

Fue entonces cuando algo en Demetrio se quebró sin remedio.

Descubrió, de la forma más cruel, que nunca había sido más que una bonita luz hasta que poco a poco se apagó.

Cada cliente que rehusaba sus servicios iba provocando una herida en su alma.

Las miradas fogosas dieron paso a las repulsivas y un inmenso odio fue creciendo en su interior.

Cuando ya no despertó ningún interés, la humillación lo devoró sin prisa hasta hundirlo en una tristeza espesa de la que no supo escapar.

Una mañana se despertó con la certeza de que ese sería su último día; sabía que la lena no tardaría en segar su vida.

Sin dudarlo, entró en su habitación sin decir una palabra.

Se acercó a la mujer que lo había explotado durante toda su miserable existencia y, con una frialdad nacida de todo el sufrimiento acumulado, le asestó treinta y tres puñaladas.

Una por cada año en que le habían arrebatado el derecho de ser algo más que un cuerpo.

Al ver a Elia salir de la habitación, se quedó inmóvil, tragándose la bilis que le subía con fuerza por la garganta, mientras observaba cómo desaparecía por el pasillo.

Sin hacer ningún ruido, se coló dentro de la habitación de su esclavo sosteniendo el mismo puñal con el que había matado a su antigua ama.

El siervo se quedó petrificado al verlo.

Todavía desnudo, se levantó sobresaltado.

—¡Por favor, domine ! —exclamó Plauto aterrorizado—. ¡No me hagas daño!

Demetrio se acercó, lo agarró por el miembro y le colocó el puñal encima; una fina línea de sangre comenzó a brotar.

—Dime qué estáis tramando y te permitiré seguir usándolo.

Plauto lo miró aterrorizado. Jamás había visto una locura semejante en los ojos de su amo.

—No sé qué ocurre, domine —balbuceó temblando.

Demetrio hundió el puñal en la pierna de Plauto, que soltó un alarido de dolor.

—No te daré más oportunidades.

—¡Está bien, está bien! —gritó taponándose la herida de la pierna.

—Te escucho.

—Dice... —Plauto respiraba con dificultad por el daño recibido—, dice que algún día ella dirigirá este lugar. Quiere asegurarse de que yo también le sea fiel.

—¡Maldita traidora! —chilló Demetrio.

—Mi domine , yo nunca te traicionaría. Lo juro.

Plauto se arrodilló y comenzó a besar los pies de su amo.

—Lo prometo, domine .

—Levántate. Ve al comedor y enciende todas las antorchas.

El siervo obedeció, cojeando. Demetrio salió al pasillo y empezó a golpear todas las puertas.

—¡Salid! —voceaba—. ¡Salid todos!

Los esclavos y las jóvenes acataron las órdenes, intercambiando miradas de desconcierto al abandonar sus cuartos, sin entender qué sucedía.

Elia oyó el ruido desde la habitación donde estaban las niñas de Urgao. Acababa de meterse en la cama. Algunas pequeñas se pusieron a llorar, asustadas.

—Tranquilas —les dijo Elia—. Iré a ver qué pasa.

Cuando salió al pasillo, vio a todos los esclavos y a las otras jóvenes de pie, observando expectantes.

—¡Quiero que vayáis todos al comedor! —ordenó Demetrio, con los ojos desorbitados de ira—. Tú la primera —añadió señalando a Elia con desprecio.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo, aunque su rostro permaneció inmutable; el miedo, sin embargo, comenzaba a abrirse paso en su interior.

Todas las miradas se posaron en ella; de algún modo, intuían que todo aquello era por su culpa.

Niñas y esclavos llenaron el comedor envueltos en el más absoluto silencio.

En el centro de la estancia estaba Plauto, desnudo y con sangre en la pierna; Demetrio se colocó junto a él.

La luz de las antorchas brillaba con intensidad.

Los rostros que observaban a Elia se hallaban tensos ante la incertidumbre de lo que iba a ocurrirle.

—¿Creías que no me iba a enterar? —dijo Demetrio señalando a Elia.

La joven agachó la cabeza, temblando.

—Desde aquí puedo oler tu miedo. Miradla, tan inocente y bondadosa...

—continuó Demetrio—. Y, sin embargo, es incapaz de mantener la vagina quieta.

Admito que por un momento casi logras engañarme; había confiado en ti.

Pero ahora... todos vais a contemplar lo que sucede cuando alguien osa desafiarme.

Cuando alguien es tan ignorante que me toma por estúpido.

En un movimiento rápido, Demetrio deslizó el puñal y cercenó el miembro de Plauto, dejándolo caer al suelo. El esclavo se desplomó de rodillas, soltando un alarido que retumbó en las paredes del comedor, mientras trataba de contener la sangre que manaba como una fuente entre sus dedos.

Las niñas corrieron a esconderse entre gritos detrás de Elia, que extendió los brazos para tratar de protegerlas.

Sin compasión, Demetrio se colocó junto a Plauto, que aún gritaba de dolor, y hundió el puñal una y otra vez en su espalda. En un movimiento lento, dejó caer su cuerpo sin vida al suelo, sin apartar la mirada de quien hasta ese momento había sido su favorita.

—Ve a buscar al Africano —ordenó a un siervo.

El esclavo obedeció con rapidez.

—Tu turno —dijo Demetrio dirigiéndose a la culpable—. Voy a enseñarte que, a veces, las peores pesadillas no están en tus sueños, sino que sobreviven al despertar.