Innocentia XXXVIII
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XXXVIII

XXXVIII

Hispalis

Aquilio aguardó en la penumbra de una taberna, desde que despuntó el alba hasta el anochecer.

Por fin, el hombre al que había hecho el encargo cruzó el umbral, se dirigió al tabernero y le entregó una pequeña tablilla de cera.

Le dedicó una fugaz mirada y, con la misma rapidez con la que había entrado, desapareció de nuevo en la oscuridad de la noche.

El sicario esperó, observando con paciencia, mientras la taberna se vaciaba de clientes. Cuando al fin todo quedó en silencio, el tabernero se aproximó a su mesa y, sin decir palabra, tomó asiento frente a él.

—¿Tienes lo que te pedí? —preguntó Aquilio nervioso.

Marcius, el tabernero, permaneció mirando fijamente las llagas de Aquilio.

Su cliente había pasado todo el día oculto en una de las mesas más apartadas de su taberna.

A la luz de la lucerna, su aspecto resultaba mucho más aterrador.

Tenía las manos temblorosas, su único ojo inyectado en sangre y el cuerpo se le balanceaba adelante y atrás, incapaz de contener la ansiedad.

Aquel hombre estaba lejos de ser el asesino despiadado del que tanto le habían hablado.

—Te he hecho una pregunta.

—Tengo las dos cosas que pediste y, además, un mensaje —respondió Marcius, sin apartar la vista de él.

El quemado lo observó con su único ojo.

—Primero dame el opio.

El tabernero ignoró aquella petición, sacó una tablilla de cera y se la extendió.

—Aquí tienes la información que solicitaste.

—¿Y el otro mensaje? —preguntó Aquilio moviéndose cada vez más nervioso, como si su propio cuerpo anticipara la llegada de su dosis.

—Trae un aviso de Roma —dijo el tabernero, con seriedad.

Su interlocutor levantó la cabeza.

—Tauro sigue con vida y Julia Mesa está empezando a impacientarse.

En esto hay mucho más en juego que el dinero.

—El tabernero recorrió a Aquilio con la mirada, notando su fragilidad—.

En el estado en que te encuentras, dudo que seas capaz de enfrentarte a él.

Usa cualquier medio, pero aléjalo del camino. —Se levantó—. Tienes un mes.

Marcius le entregó un pequeño paquete de opio.

Aquilio, con manos temblorosas, vertió parte del polvo en su vino y lo bebió con una apetencia casi desesperada.

Poco a poco, los efectos comenzaron a notarse.

La tensión de sus músculos se fue disipando, los temblores cesaron y su pupila se contrajo, mientras se dejaba llevar por aquella sensación que lo envolvía por completo.

Se dejó caer despacio sobre la mesa. Las voces en su mente se fueron apagando, sumiéndolo en la misma soledad y silencio que reinaban en la taberna.

Su ojo se cerró lentamente. La ansiedad que lo había consumido durante el día se desvaneció, hasta que sintió la más placentera de las liberaciones.

Cinco días después, tras un agotador viaje en carro junto a uno de los hombres de Marcius, Aquilio llegó a la urbe de Hispalis. El viaje había sido una tortura para su menguado cuerpo.

Consultó la tablilla de cera con la dirección por la que había pagado, aunque decidió acudir primero a otro sitio.

No necesitó muchos sestercios para averiguar dónde vivía su objetivo y, vestido como un mendigo, se acercó a la domus de Aurelio Carisio.

Se sentó cerca de la vivienda, extendiendo la mano como un pordiosero, y se dispuso a esperar, pero, sobre todo, a observar.

El asesino analizó con cuidado lo que sucedía alrededor de la vivienda de Aurelio.

Siete hombres vigilaban los accesos, pero uno en particular captó su atención: un guardia con una mano vendada y el rostro magullado, señales de que había recibido una paliza no hacía mucho.

Aquilio se levantó para seguirlo, pero entonces vio que se perdía solo por uno de los callejones; además, su organismo empezaba a demandarle su dosis de opio.

Victorinus, el hombre de Aurelio, entró en la letrina pública y se sentó en uno de los agujeros.

Miró su mano vendada con un gesto de dolor.

El médico le había advertido que tenía casi todos los huesos rotos y que quedaría inútil.

Con la mano sana se palpó la nariz, aún hinchada, y maldijo al hombre que le había causado aquellas heridas.

Apoyó la mano en la madera de la letrina.

Un mendigo entró en ese momento y se sentó en otro de los agujeros.

A pesar del olor a heces, de la humedad del sitio y de las cucarachas y las moscas que se enseñoreaban del lugar, Victorinus cerró los ojos, relajándose mientras su cuerpo se aliviaba.

Un dolor indescriptible en su mano sana le hizo gritar.

Al incorporarse vio cómo un punzón la había atravesado, fijándola en la madera de la letrina.

Frente a él estaba el mendigo, con un rostro que helaba la sangre.

Trató de ponerse en pie, pero su mano clavada se lo impedía y era inútil intentar liberarla con la otra.

—¿Quién eres? —balbuceó.

—Si respondes a lo que quiero saber, será rápido —comentó Aquilio.

Victorinus no soportaba el dolor, pero mucho menos su mala suerte. Con la frente empapada en sudor, contestó:

—Te diré lo que quieras saber.

—¿Dónde están las niñas? —preguntó Aquilio.

—Ya se lo dije al otro hombre.

—¿Qué otro hombre?

—El que me hizo esto —indicó Victorinus señalando con la mirada su mano vendada.

—¿Su nombre?

—No..., no lo sé.

Su torturador movió el punzón, sintiendo cómo desgarraba los músculos de la mano de Victorinus.

—¡Aaah! ¡Tauro! Por lo que hemos averiguado, su nombre es Tauro.

Aquilio se tensó al oír el nombre, pero no retiró el puñal.

—No has respondido a mi pregunta.

—En Gades..., en el lupanar de Demetrio —gimió Victorinus, sollozando—. Por favor, si Aurelio se entera de que he hablado..., me matará. Ni siquiera sé por qué me ha dejado con vida hasta ahora.

El asesino observó los cubos donde estaban las esponjas, usadas para limpiarse tras defecar. Tomó una de ellas por el palo y la hizo girar despacio entre los dedos.

—¿Conoces la historia del hombre condenado a morir por las bestias? —preguntó, sin dejar de mirar la esponja.

—¿Qué?... ¿De qué hablas?

—Un ladrón al que descubrieron y condenaron a enfrentarse a los animales salvajes en el anfiteatro hasta morir. Un destino un tanto parecido al tuyo.

El guardaespaldas lo miraba sin comprender, mientras el otro jugaba con la esponja en la mano.

—El hombre temía morir entre aquellas bestias. Lo aterraba la idea de sentir sus colmillos desgarrándole la garganta. Un miedo similar al que tú sientes por Aurelio. Así que entró en la letrina, el único sitio donde no estaría vigilado. —Aquilio hizo una pausa—. Abre la boca.

—¿Qué... qué estás diciendo? —preguntó Victorinus, asustado, mientras aquel desconocido le apuntaba con la esponja.

—Ese hombre decidió terminar con su vida en la letrina, tragando una de estas esponjas.

Con un gesto rápido, Aquilio presionó el punzón y, cuando Victorinus abrió la boca en un grito de dolor, le introdujo la esponja en la garganta.

El hombre de Aurelio, con ademanes torpes, intentó extraer la esponja en vano con la mano vendada.

Respiraba con dificultad, mientras los músculos de su pecho y garganta se tensaban por la falta de aire.

Sus ojos quedaron fijos en el techo de la letrina y su piel comenzó a tornarse azulada.

Sintió cómo perdía el conocimiento poco a poco, hasta que, entre estertores, encontró la muerte.

Orbiana recorría el mercado de Hispalis llenando su cesta con harina y verduras para su hijo y para las pocas niñas que albergaba ahora en su nueva villa.

Seguía cumpliendo su labor para Aurelio Carisio: recoger a las muchachas que le entregaban y mantenerlas al borde del hambre hasta quebrarles la voluntad.

El miedo y la fatiga hacían su efecto; las rendía poco a poco hasta hacerlas dóciles.

Le ordenó a su hijo que fuera a que un artesano afilara sus cuchillos y siguió caminando sola. No había dado ni dos pasos cuando sintió algo punzante en la espalda.

—Ve hacia el callejón —le ordenaron en un susurro.

La mujer obedeció y, cuando llegó hasta allí, se giró.

Un mendigo estaba tras ella; tenía el cuerpo tapado por una capa y el rostro quedaba oculto bajo la capucha.

Cuando se la levantó, Orbiana emitió un grito sordo y la cesta en la que portaba sus alimentos cayó al suelo.

Aquel rostro era el de Aquilio, pero tan desfigurado que le costó reconocerlo.

—No lo mataste.

—¿De qué hablas?

—De Tauro. Os ordené a ti y a tu hijo que lo torturarais hasta que muriera.

Orbiana torció el gesto.

—Hicimos todo lo que nos dijiste. Lo metimos en ese arcón de madera, untamos su cuerpo con miel y le dimos leche en mal estado.

—Consiguió escapar. Si acabo con tu vida ahora mismo, tu hijo no tardará en morir sin ti. Es lo que tendría que haber hecho desde el primer día.

—No, por favor... —dijo Orbiana poniéndose de rodillas—. Haré lo que me pidas.

Aquilio la miró destilando desprecio con su único ojo. Tenía a aquella mujer a su merced.

—No te daré más oportunidades. Te he encontrado ya dos veces; si vuelves a fallarme, daré contigo una tercera y te mataré. Y ahora te diré lo que vas a hacer. Utiliza el medio habitual para entrevistarte con Aurelio, pero esta vez quiero que venga acompañado.

—¿De quién?

—Del hombre que dirige este negocio: Juno.