XXXVII
XXXVII
Hispalis
Oculto en la oscuridad de la noche, Tauro aguardaba fuera de la taberna de Vetusto, esperando a Victorinus, el hombre de Aurelio. Apenas un instante después lo vio abandonar la taberna y salió de su escondite. Victorinus se detuvo, lo miró y le hizo un gesto para que lo siguiera.
Caminaron hasta un callejón, varias calles detrás de la taberna, para evitar que los jugadores los vieran juntos y sospecharan. La luz de una antorcha iluminaba la entrada de la calle.
—Gracias por tu ayuda —dijo Victorinus al detenerse.
—Deberías practicar más tu forma de cambiar los dados. Hasta un ciego se habría dado cuenta.
—¿Cuánto quieres?
—No es dinero lo que necesito.
Victorinus soltó una carcajada.
—Eres bueno con los dados, pero torpe en todo lo demás. Mandar a un crío a vigilarnos ha sido un error. Se nos ha acercado, ha hecho preguntas... Demasiado evidente. Luego lo hemos visto junto a ti siguiéndonos. Solo he tenido que separarme del grupo para traerte aquí.
Avanzó un paso hacia Tauro.
—Te diré cómo va a terminar esto. Me dirás por qué seguías a Aurelio Carisio. Si tus respuestas me convencen, quizá sigas con vida. Eso sí, despídete de los dedos. Una pena, ya no podrás hacer esos trucos que te he visto hacer en la taberna.
—Antes, déjame contarte una historia —dijo Tauro pasándose la mano por el rostro—.
En Roma conocí a un comerciante llamado Basiano, famoso por vender amuletos bendecidos por los dioses.
Un día llegó al foro con una nueva partida, anunciando que quien los poseyera tendría gran fortuna, y la gente se los compró sin dudar.
Los vendió todos. Fabio, un legionario retirado, decidió seguir a Basiano en secreto esa noche.
Descubrió que el comerciante vivía de manera modesta, sin rastro de la fortuna que prometía.
—¿Y ya está? Es una historia de mierda.
—Lo es —admitió Tauro—. Pero la lección es sencilla: lo que para algunos es evidente, sirve para engañar a otros.
Tauro avanzó lo justo para quedarse a un paso de él.
—El niño que os ha vigilado... Expositus. Yo lo he enviado. Sabía que lo veríais. Sabía que haría preguntas. Y sabía que, al fijaros en él, acabaríais viéndome a mí. Eso era justo lo que quería.
Victorinus frunció el ceño.
—Te has separado del grupo porque creías que controlabas la situación.
Has apostado más de la cuenta. Pensaste que, ya que estabas, sacarías algo más.
Y te equivocaste. Si no hubiera intervenido, ahora mismo estarías muerto en mitad de la taberna con un cuchillo clavado en el vientre.
Por eso he intercedido, porque aquí es justo donde quería que estuvieras.
Así que, como en el cuento de Basiano, antes de que tu codicia te ciegue con algo tan obvio, piensa si no te están engañando.
Tauro esbozó una sonrisa.
—Ya puedes decirles a tus hombres que salgan.
Dos tipos surgieron de entre las sombras, armados con palos.
—¿Solo sois tres hombres? Ahora entiendes por qué estás aquí; esta mañana erais siete. Te diré lo que vamos a hacer: vas a contarme todo lo que quiero saber sobre tu amo. Pero, a diferencia de los dados, te daré la opción de elegir: por las buenas o por las malas.
Victorinus se giró hacia sus dos compañeros.
—¡Matadlo!
Uno de los hombres cargó de frente, alzando el palo por encima de la cabeza. Tauro se movió antes de que el golpe descendiera. Esquivó el ataque y respondió con una patada precisa a la rodilla. El hueso cedió con un crujido seco. El hombre cayó gritando.
Tauro giró para rematarlo, pero no vio al segundo atacante hasta que fue demasiado tarde.
El golpe le alcanzó el costado. Sintió cómo las costillas se quebraban, pero se obligó a no caer.
Se agachó a tiempo para esquivar la siguiente embestida y respondió sin pausa: una patada brutal entre las piernas, un golpe directo a la tráquea y otro al pecho.
El hombre salió despedido y quedó inmóvil en el suelo.
Tauro recogió el palo caído y, con un giro rápido, descargó un golpe preciso sobre la pierna rota del primer atacante. El alarido llenó el callejón.
Entonces se volvió hacia Victorinus. Hizo girar el palo entre las manos.
—¿Seguimos jugando?
—¡Por Júpiter! —balbuceó Victorinus—. ¡Eran mis mejores hombres!
Intentó golpearlo. Tauro desvió el ataque y le acertó en el antebrazo con el palo. Luego le dio un golpe seco en la nariz, lo justo para hacerlo sangrar y desorientarlo.
—¿Quién eres? —preguntó Victorinus, con la voz rota.
—Nadie —respondió Tauro—. Solo alguien que hace preguntas.
Victorinus trató de huir. Tauro cruzó el palo entre sus pies y el otro se precipitó al suelo. Apoyó el pie sobre su mano. Los huesos crujieron.
—Te he dado a elegir —dijo con frialdad—. Ahora jugaremos con mis normas. Cinco preguntas. Si no me gustan las respuestas, empezaré por los dedos.
Victorinus gritó.
—¡Hablaré!
—¿Dónde están las niñas?
—¿Qué niñas?
Tauro levantó el otro pie y lo dejó caer con fuerza sobre el pulgar de Victorinus, quien lanzó un grito desgarrador.
—¡Aaah! ¡Está bien, está bien! Están en Gades.
—¿En qué lugar?
—No lo sé...
Tauro levantó el pie de nuevo.
—¡Espera, espera! —Victorinus trató de recobrar el aliento—. En el lupanar de Demetrio, yo mismo las llevé.
—¿Cuántas niñas hay?
—Hasta hace un mes, unas cien. La mayoría fueron enviadas a Roma; ahora solo quedan unas pocas, además de unas crías que llevaron de Hispalis.
—¿Cuántos hombres las vigilan?
—Solo unos cuantos esclavos al servicio de Demetrio.
—Te he prometido solo cinco preguntas. ¿Cuándo se queda Aurelio solo?
Victorinus dudó.
El pie le golpeó de nuevo la mano. Los huesos crujieron.
—¡Cuando se afeita! ¡Con su barbero! Es el único momento en que nos ordena salir.
—¿Ves? No era tan difícil.
Tauro dejó caer el palo al suelo y se alejó del callejón. Tras él quedaron los gemidos de los hombres derrotados y el breve sonido de la madera al rodar entre las piedras.