Innocentia XXXVI
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Gades

Elia se levantó de la cama.

—La verdad, muchacha, es que te has ganado cada uno de los sestercios que he pagado por ti —dijo su cliente limpiándose la comisura de los labios. Un instante después, él también se puso en pie. Al darle la espalda, no pudo ver cómo Elia echaba unas gotas de un frasco en su copa.

—¿No vas a decirme a qué te dedicas, Servio? —le preguntó ella mientras le ofrecía el vino.

—Negocios —respondió él seco—. No es asunto tuyo.

El comerciante apuró la copa y, sin más, comenzó a vestirse. Al cabo de un momento, volvió a tendérsela; tenía la garganta seca y Elia, obediente, la llenó de nuevo, deleitándose al verlo beber con ansia.

Se sentó en la cama, inquieto. Se sentía deshidratado pese a haber vaciado ya dos copas. Su visión empezó a nublarse y el mareo lo obligó a tumbarse de nuevo en la cama.

—No me encuentro bien —murmuró Servio, con el rostro pálido.

—¿Y no vas a decirme qué tipo de negocios te tienen tan ocupado? —insistió Elia con voz suave.

—Me dedico a los seguros —respondió él, con la voz quebrada y un tanto aletargado.

Elia notó que sus pupilas estaban dilatadas y que el hombre apenas podía enfocar la mirada. Tal como Demetrio le había enseñado, había llegado la hora.

—¿Y quién es tu asegurado? —preguntó.

—Publio Aemilius, mi hermano... —respondió él soltando una carcajada ebria—. Ese viejo no tiene idea de que lo estoy engañando.

—¿Y de qué forma lo haces? —preguntó sirviéndole otro trago.

—Soy prestamista... —balbuceó Servio, entre risas—. Financio viajes... con un contrato al que llamamos pecunia traiecticia .

—¿Y en qué consiste ese contrato? —insistió Elia.

—Financio navíos cargados con ánforas de vino, más de dos mil en un solo trirreme.

Antes de que zarpen, supervisamos un conteo aparentemente meticuloso y, al llegar al puerto, declaramos una cifra distinta.

Aseguramos toda la mercancía excepto una parte de las ánforas, ya que siempre es habitual que algunas se rompan durante el trayecto.

Esas roturas, por supuesto, no las incluimos.

Una vez en el puerto, declaramos que todas las ánforas que no cubrimos se han perdido o quebrado y así nos quedamos con la diferencia sin tributar por ellas.

Ese excedente oculto lo vendemos después a otros comerciantes.

—¿Cuántas ánforas logras ocultar en cada viaje? —preguntó Elia, mientras el efecto del veneno comenzaba a hacer estragos en él.

—Nunca superamos las cien... Siempre una cantidad distinta, para no levantar sospechas —balbuceó, con la cabeza dando vueltas—, pero esta vez le hemos estafado ciento setenta y no se ha dado ni cuenta.

Elia sonrió y se dispuso a salir. Tenía lo que necesitaba. Sin embargo, antes de cruzar la puerta, volvió a oír la voz de Servio.

—Pero... ¿sabes qué es lo mejor? —exclamó él haciendo que la joven se detuviera.

—¿Hay más? —preguntó ofreciéndole más vino.

—Después... mi socio, Tiberio Eudoxius, el encargado del collegium del gremio de marineros, no solo hace la vista gorda, sino que lo agua en otras ánforas.

Elia percibió que esa información era más valiosa que la anterior y lo animó a seguir hablando.

—¿Y venden ese vino como si fuera de alta calidad?

—¡Así es! —se burló Servio, entre carcajadas—. Falsificamos los documentos y vendemos esas ánforas en Gades como si fuera vino de Laietania, cuando en realidad es vino aguado. Y así sacamos más del doble de ganancia.

Servio reía descontrolado, sin poder frenar sus palabras, aturdido. Elia lo ayudó a recostarse y dudó si darle más vino, recordando el consejo de Demetrio: no más de tres copas para evitar que colapsara.

—Pero ¿las ánforas no llevan un sello de calidad y origen? —preguntó ella, ahora afilando su curiosidad.

—De eso se encarga el prefecto de la anona, que también se lleva su parte.

Elia sonrió para sí; no daba crédito a su buena suerte.

—¿Y cuánto dinero os hace ganar?

—Más de cien mil sestercios... —murmuró él, mientras se le cerraban los ojos y su respiración se volvía pesada.

Servio comenzó a vomitar y Elia abandonó la habitación. No solo porque Demetrio le había dicho que ese era el momento de irse, sino porque ya tenía mucho más de lo que necesitaba.

Dos días después, Demetrio aguardaba en el tablinum de Publio Aemilius, con Elia a su lado.

—¿Crees que voy a fiarme de tu palabra? —inquirió Publio desconfiado.

—Puede que no, pero lo harás cuando te diga el número exacto de ánforas que se han perdido durante el viaje —respondió Demetrio con calma, con los brazos apoyados en su prominente vientre.

Publio echó una mirada furtiva a la tablilla de cera que tenía ante sí, donde un hombre de una lealtad incuestionable había registrado, con exactitud, la cantidad de ánforas que faltaban.

—Si acierto —continuó Demetrio—, me pagarás cien sestercios por cada una. ¿Qué posibilidades tendría de acertar?

Publio se quedó pensativo.

—Acepto.

—No me tomes por necio, Publio. Si no acierto, me mostrarás la tablilla.

Este asintió, con una leve sonrisa.

—Ciento setenta ánforas. Ni una más, ni una menos —declaró el leno .

El rostro de Publio se mudó y la sonrisa desapareció de su rostro.

Su expresión pasó del escepticismo al asombro.

Revisó la tablilla. Él mismo le había quitado el sello que garantizaba la confidencialidad.

Nadie podía haberle filtrado la información al hombre que tenía delante de sus ojos: solo dos personas conocían esa información y él era una de ellas.

—¿Cómo lo has sabido?

—Eso intento explicarte, Publio, pero como suele decirse, es más fácil engañar a un hombre que hacerle ver que ha sido engañado. Ahora, el dinero.

Sin ocultar su descontento, Publio extrajo un saco pequeño y lo pesó en la balanza. Sacó casi la mitad de las monedas y se las entregó a Demetrio, irritado. No le dolía perder sus sestercios, sino descubrir que lo habían embaucado.

El leno hizo un gesto a Elia; era hora de marcharse.

—Solo una persona más conoce esa información, dime su nombre —insistió Publio.

—Solo me has pagado por el número, Publio, no por el nombre del traidor. Esa información te costará más.

—¿Cuánto?

—El resto del saco.

—¿Te has vuelto loco? —se quejó.

—Quien no conoce a sus enemigos camina ciego hacia su propio fin —replicó Demetrio con frialdad.

Publio, tras un instante de vacilación, colocó el resto del dinero sobre la mesa. El leno se acercó, tomó las monedas y, tras una pausa, continuó hablando:

—Quieres confirmarlo porque te cuesta creerlo, pero ya lo sabías antes de hacer la pregunta. El hombre que lleva años traicionándote no es otro que tu propio hermano: Servio.

Sin decir nada más, salió del tablinum .

Al salir, le entregó el dinero a Plauto, su secretario y esclavo de mayor confianza, para que lo custodiara.

El siervo lo guardó junto con las monedas que esa misma mañana habían obtenido de la extorsión al propio Servio, para asegurar su silencio.

Entre ambos sobornos, Demetrio había amasado una gran cantidad de dinero.

—Buen trabajo, Elia. Estoy orgulloso de ti. ¿Estás segura de que no mencionó más nombres? —preguntó Demetrio cuando se alejaban.

—No, domine —mintió sin dudar.

Mientras caminaban en dirección al lupanar, el leno continuó hablando.

—Aprendes rápido, muchacha. Han pasado dos meses y ya sabes envenenar, manipular, sobornar... Creo que estás preparada.

—¿Para qué, domine ?

—Para acabar con él.

—¿Con quién?

—Con Aurelio Carisio.

Aquella noche, como tantas otras, Demetrio despertó con la boca seca.

Al buscar su jarra de agua habitual, descubrió que no estaba y maldijo en silencio.

Al día siguiente, reprendería a Plauto por la falta.

Para él, aquello era un error imperdonable.

Con hastío, encendió una lucerna y se dirigió a la cocina, una tarea que despreciaba debido a su enorme peso y la dificultad que le suponía moverse, pero a esas horas era inútil llamar a los esclavos, porque dormían lejos de su alcoba.

Al llegar, tomó una jarra y, aún irritado, se dispuso a regresar a su habitación.

Sin embargo, unos pasos le hicieron detenerse en seco.

Apagó la lucerna y se ocultó en las sombras del final de la cocina.

A través del tenue resplandor de la puerta, divisó la figura de una muchacha que se deslizaba entre las penumbras con una lámpara de aceite en la mano.

Fue un vistazo fugaz, pero Demetrio no tuvo dudas: era Elia.

El leno observó cómo se dirigía hacia las habitaciones de los sirvientes y, sin dudarlo, comenzó a seguirla. Se movía con sigilo, deslizándose entre las sombras que las columnas del pasillo proyectaban.

Quería ver a qué cámara se dirigía.

De pronto, el suelo crujió bajo uno de sus pies, delatando la presencia del leno .

Elia se detuvo y se giró asustada, levantando la lucerna.

—¿Hay alguien ahí? —preguntó iluminando la penumbra. Nadie contestó y atribuyó el ruido a algún sonido de la noche para continuar su camino.

Demetrio, oculto tras una de las esquinas, esperó con cautela antes de reanudar su marcha, esta vez más silenciosa.

Un momento después, vio a Elia detenerse frente a una alcoba: la de Plauto.

Los esclavos tenían prohibido acostarse con las niñas.

Aquello solo podía significar una cosa: estaban conspirando contra él.

Demetrio maldijo en silencio. En dos meses le había enseñado a esa niña casi todo lo que sabía.

Debería haber sospechado desde el principio.

La muy ingrata había mostrado una conducta impecable, lo cual, ahora lo entendía, debería haber sido la primera razón para desconfiar.

El segundo motivo de su ceguera era haber cometido uno de los errores que se juró a sí mismo que nunca cometería: fiarse de ella.

Le había enseñado el arte de dominar a los hombres, y al final, la víctima había sido él.

Con rabia contenida, apretó los puños hasta que las uñas se le clavaron en la piel.

Dio unos pasos hacia la alcoba, decidido a atraparlos y terminar con ellos allí mismo.

Pero se detuvo. La muerte sería demasiado rápida.

Prefirió esperar a que saliera y, entonces, enseñaría a Elia una última lección que nunca olvidaría: el precio de la traición.