XXXV
XXXV
Hispalis
Tauro jugó un par de partidas de tanteo.
Las normas eran las mismas que en el campamento de legionarios.
Se jugaba con tres dados y ganaba quien sacaba la puntuación más alta, salvo los tres seises, la jugada del buitre.
La que menos valor tenía era la jugada del perro, los tres unos.
Durante las dos horas que duró la partida, Tauro midió el ambiente, el ritmo y a los hombres que tenía enfrente.
Ganó solo lo necesario, lo justo para no despertar sospechas ni llamar la atención.
Los dados que usaba le habían costado caros.
Estaban rellenos de cera y plomo, un truco antiguo.
Bastaba calentar con el pulgar el lado opuesto al número deseado, de ese modo la cera se ablandaba y el peso se desplazaba en el interior.
Nadie desconfiaba... si se usaban con mesura.
Cada cierto tiempo, Tauro alzaba la vista hacia la mesa central, donde jugaba el hombre de Aurelio.
Poco a poco, algunos comenzaron a retirarse.
—Será mejor que me vaya antes de apostar el salario del mes —murmuró un legionario levantándose.
—A mí me ha dejado más limpio que un esclavo recién comprado —añadió otro provocando risas.
—Hoy me ha acompañado la diosa Fortuna —contestó Tauro, mientras los que iban marchándose le palmeaban la espalda.
Llegó el momento en que la sala se vació. Tauro vio al vigilante de la puerta lanzarle una mirada de curiosidad y asintió, indicándole que luego le daría su parte.
La única mesa que permanecía completa era la del medio, donde jugaba el secuaz de Aurelio. Había una gran cantidad de dinero sobre esta y la tensión podía masticarse. El resto de los jugadores se acercaron para ver cómo se desarrollaba la partida.
—Es tu turno, Victorinus —indicó alguien.
—Doscientos sestercios —ofreció el tipo que le interesaba sin titubear.
Uno a uno, los demás igualaron la apuesta. El montón superaba los dos mil sestercios, el sueldo anual de un legionario.
Los jugadores debían lanzar dos tiradas cada uno.
Victorinus lanzó el último. Mientras algunos besaban amuletos, Tauro observaba la forma en que aquel hombre palpaba los dados, cómo los ocultaba un instante entre sus ropas.
No tenía dudas. Usaba dados trucados. Y lo hacía con tanta torpeza que, en otro lugar, le habría costado la vida.
La tirada fue buena: seis, cinco y tres.
Victorinus suspiró, como si nada. Tauro notó cómo el vigilante se acercaba, atento. Era el momento.
—Ese hombre hace trampas —dijo Tauro en voz alta, señalándolo.
La sala se tensó. El vigilante llevó la mano a su puñal. Victorinus se levantó de golpe y agarró a Tauro por la túnica.
—¿Cómo te atreves?
—Suéltame y lo demostraré —indicó Tauro imperturbable.
Otros jugadores sujetaron a Victorinus. En el breve caos, Tauro tomó el cubilete y cambió los dados con un gesto limpio. Lanzó.
Dos doses y un cuatro.
—Curioso —murmuró—. Probemos otra vez.
Otra tirada baja. Y otra más.
—En Roma decimos que la suerte se muestra pronto... o no se muestra —añadió encogiéndose de hombros.
La presión se disipó. Alguien empujó a Tauro.
—Apártate, idiota.
—Debo de haberme equivocado —aceptó sin discutir.
Victorinus lo miraba, desconcertado. Sacó los dados del cubilete y los examinó.
Estaba seguro de que eran los suyos: reconocía el tono del hueso, el peso exacto.
Sentía las miradas de los otros jugadores fijas en él.
Una gota de sudor le recorrió la frente.
Se estaba jugando todo cuanto tenía en esa tirada.
Con mano firme, agitó el cubilete, sabiendo que la clave de sus dados era que rodaran bastante antes de caer.
Lo había hecho cientos de veces, pero la tensión de aquellas miradas le hacía sentir como un principiante.
Los dados rebotaron sobre la mesa, en una danza que le pareció eterna.
Cuando se detuvieron, Victorinus respiró, aliviado: dos seises y un cinco.
Había ganado.
Los demás atribuyeron la jugada a la diosa Fortuna. Victorinus no. Sabía que aquel hombre había cambiado los dados... y que gracias a ello había ganado más de lo que esperaba.
Alzó la vista con cautela. Tauro lo miraba desde su posición. Apenas inclinó la cabeza, indicándole la puerta.
Victorinus sonrió para sí. Aquello era exactamente lo que había estado esperando.