Innocentia XXXIV
45%

XXXIV

XXXIV

Gades

Elia danzaba bajo la mirada expectante de las niñas de Urgao, que intentaban seguir sus movimientos entre risas, como si aquello fuera un juego infantil.

Las pequeñas no imaginaban que esos mismos pasos, algún día, encenderían la lujuria de hombres dispuestos a pagar cualquier precio por poseerlas.

Después del terror de la noche en que fueron raptadas y del pánico que las envolvió al llegar al lupanar y conocer al hombre de piel negra, Elia se había convertido en lo más parecido a una madre.

Resguardado en la penumbra, Demetrio observaba la escena en silencio.

Había algo en esa joven que le despertaba todos sus recelos y, por el contrario, aquella belleza innata y su determinación le gritaban que jamás había tenido una chica que le ofreciera tantas oportunidades.

Los ojos del leno no se apartaban de ella, tratando de discernir si aquello era un regalo de los dioses o una maldición del destino que siempre la había perseguido.

Demetrio había tomado todas las precauciones.

Ordenó a Plauto, su esclavo más leal, que la vigilara día y noche, que no perdiera de vista ni el más leve susurro ni el más insignificante paso de la joven.

Pero, para su sorpresa, su siervo la colmaba de elogios.

No había ni una sola queja hacia aquella criatura, ni nada que levantara sospechas.

Aquella niña era lo que había estado buscando durante tanto tiempo.

No maldecía su suerte, no se quejaba ni sollozaba con la debilidad de las otras niñas.

Elia había aceptado su nuevo destino y él estaba dispuesto a aprovecharse de esa circunstancia.

La mente de Demetrio cavilaba sobre si había llegado la hora de dar un paso más en los planes que tenía para esa joven.

Si Elia seguía comportándose así, su destino iría mucho más allá de enseñar bailes a las niñas.

Eso lo haría Annia, cuando volviera de su forzado retiro.

No, Elia tenía otro potencial, uno que podría usar para convertirla en una herramienta letal.

La prepararía para que no solo fuera capaz de volver locos a los hombres, sino para arrancarles secretos, chantajearlos y, llegado el momento, quitarles la vida si era necesario.

Sus dedos jugueteaban con un pequeño frasco de cristal que colgaba de su cuello y que contenía un líquido en su interior. Había decidido ponerla a prueba, comprobar si su intuición no le fallaba o, por el contrario, si estaba equivocado.

Cuando salió de su escondite y entró en la habitación, las niñas dejaron de reír. Su presencia las intimidaba.

—¡Fuera! —ordenó.

Las muchachas salieron asustadas y Elia las siguió hasta que la voz de Demetrio la detuvo.

—Tú no.

La joven se paró frente a él con una actitud sumisa.

—Mírame.

Elia levantó la cabeza.

—Voy a darte la oportunidad que yo no tuve.

—¿Cuál, domine ?

—La de elegir.

La muchacha miró sin responder.

—Puedes seguir enseñando a bailar a las niñas y acostarte con hombres como una vulgar prostituta, hasta que tu cuerpo envejezca y solo te dejemos los borrachos y los que apenas tienen un sestercio para pagar tus servicios, o puedes elegir la otra opción.

—¿Cuál es?

—Por ahora, quiero que vayas a por un esclavo. Te dejo que lo elijas. Lo traerás aquí y lo seducirás.

Demetrio se quitó el colgante del cuello, con el frasquito y el líquido.

—Antes de que te penetre, quiero que le untes esto en el miembro.

—¿Para qué?

—Si vuelves a hacer otra pregunta, no solo habrás perdido tu oportunidad, sino que además probarás el brebaje del Africano.

Elia tomó el frasco que Demetrio le ofrecía y salió de la habitación.

Al rato volvió con Onésimo, uno de los esclavos, quien llevaba la mirada encendida y el miembro endurecido al ver la oportunidad que la diosa Fortuna le brindaba.

Escondido, el leno espiaba la escena.

Elia luchaba por contener las ansias de Onésimo, que solo pensaba en poseerla cuanto antes. Cuando sacó el frasco, el esclavo se retiró y preguntó:

—¿Qué es eso?

—Es un lubricante. Te dará más placer.

—No lo necesito —comentó tratando de apartar el frasco de un manotazo.

Elia apenas podía reprimir la fuerza descontrolada y el deseo del esclavo.

Demetrio, desde su escondite, sintió una punzada de decepción.

Elia no estaba a la altura. Bajó la cabeza y posó los brazos en su estómago, decepcionado, pensando que se había equivocado.

Desengañado por aquel fracaso que le había arrebatado no solo el tiempo, sino también la esperanza de haber hallado, al fin, a la persona que tanto buscaba.

Si la joven no era capaz de dominar a un simple esclavo, sería inútil intentar que lo hiciera con gente mucho más poderosa.

Se disponía a retirarse cuando un grito desgarrador le hizo girarse. Onésimo yacía en el suelo, retorciéndose de dolor, con espasmos que sacudían su cuerpo. Elia había logrado untar el líquido en su miembro. El esclavo se revolvía en un sufrimiento indescriptible.

—Ese frasco contenía aceite de estramonio, un poderoso veneno —comentó Demetrio saliendo de su escondite—. En Roma muchas mujeres lo usan para matar a sus maridos. Los deja aturdidos. Remátalo —ordenó ofreciéndole un puñal—. Los esclavos tienen prohibido acostarse con vosotras.

Elia dudó por un instante; su mano tembló mientras tomaba la daga.

Observó al esclavo; no quería quitarle la vida, pero sabía que no tenía opción.

Con un corte torpe y tembloroso, rebanó el cuello de Onésimo.

La sangre brotó en un torrente, tiñendo el suelo de rojo.

Se quedó petrificada, incapaz de apartar la mirada de los ojos vacuos del esclavo.

Era la primera vez que mataba a alguien.

—Esta es la otra posibilidad. —La voz de Demetrio la arrancó de sus pensamientos y la devolvió a ese mundo cruel y tan distinto al que había conocido—.

Pero si la eliges, no creas que tu vida será más fácil y ni se te ocurra soñar con recibir algún trato de favor.

Si descubro que en el futuro me traicionas, te torturaré y te asesinaré de la forma más espantosa que puedas imaginar.

—Acepto —respondió Elia, sorprendida por la firmeza de su respuesta.

—No había alternativa. A partir de ahora, harás todo lo que te diga.

Te enseñaré a manipular a los hombres, a envenenarlos, a eliminarlos si es preciso y a seducirlos hasta que caigan rendidos a tus pies.

Te convertiré en la más oscura de las sombras y en la hoja más afilada que se haya empuñado.

Cuando domines cuanto voy a enseñarte, tus palabras los paralizarán, sus ojos anhelarán volver a verte y, solo con oírtelo decir, te entregarán lo que yo desee.