XXXIII
XXXIII
Hispalis
Tauro esperaba en la domus de Aurelio Carisio junto a Expositus, mientras Domicia descansaba en la taberna.
Durante años había montado guardia, primero como legionario en la II Parthica y después cuando Julia Mesa lo nombró centurión de los frumentarii .
Tanto cuando protegía a Roma de enemigos externos como cuando lo hacía de los que se encontraban dentro de sus propios muros, no soportaba las largas horas de vigilancia.
—No quiero ser vigilante, Tauro —bostezó Expositus—. Prefiero ser de los vigiles ... o carpintero.
—Vaya, eso sí que es una novedad.
—Es aburrido tener que estar aquí sin hacer nada.
—Sin embargo, es necesario. Hemos de saber cuántos hombres escoltan a Aurelio Carisio y si en algún momento lo dejan solo.
—Pues es aburrido. Ya no quiero ser legionario.
—No te lo discuto. Cuando eres legionario, las guardias son con compañeros en el campamento. Pero yo era algo más que legionario. Era un frumentarius , no agrumentario, indumentarus, ni ninguna de esas palabras que has inventado, y ahí las vigilancias se hacen sin ninguna compañía.
—¿Eso es lo que me has estado ocultando tanto tiempo? ¿Que dejaste de ser frumentarius porque os pasabais el día vigilando?
—No exactamente. Es cierto que observábamos a todos los que querían o pensaban hacer daño al emperador. Pero no solo eso, interceptábamos su correspondencia y también teníamos un entrenamiento muy estricto.
Tauro observó al muchacho, que ahora lo miraba con atención, y pensó en cómo podría aprovechar su interés.
—Entrenábamos a diario, no solo en lucha cuerpo a cuerpo.
—¡Tauro, quiero ser frumentarius !, ¡enséñame!
—No sé, Expositus, hay que ser un tipo valiente y no sé si estás preparado.
También nos adiestraban en técnicas de escape, supervivencia al aire libre y habilidades de engaño: suplantación, infiltración, camuflaje.
Además, debes ser experto en habilidades para esconderte y escapar si alguien te persigue. ¿Te crees capaz?
—¡Ya lo creo! ¿Y tú?, ¿eras un buen frumentarius ?
—Supongo que sí, ya que era su centurión y no solo debía adiestrar a unos doscientos hombres, sino, en ocasiones, también a la guardia pretoriana.
—Haré lo que sea. Ponme a prueba.
—Está bien, iniciaremos tu adiestramiento —dijo Tauro con seriedad—.
Quiero que des la vuelta por detrás y me digas si ves a algún hombre vigilando la puerta trasera.
Aléjate, procura que no te vean y, por supuesto, no hables con ellos.
Calcula una hora observando el sol y vuelve cuando haya transcurrido.
Expositus se marchó a todo correr. No había pasado ni la mitad del tiempo cuando regresó.
—Nada, Tauro, solo había dos hombres jugando a los dados.
—¿Jugando a los dados? ¿Qué aspecto tenían?
—Más o menos como tú. Aunque, por las voces que daba uno de ellos, parece que le han limpiado todo su dinero.
—Bien hecho —asintió Tauro—. Has observado sin ser visto. Eso es lo primero que se aprende. Serás un buen frumentarius. ¿Qué más?
—Cuando el tipo lo desplumó a los dados, salió otro hombre de la casa y les dijo que entraran.
—Eso es porque se están preparando para irse —comentó Tauro poniéndose en pie.
Un momento después, la puerta se abrió. Tauro identificó de inmediato a Aurelio Carisio: vestía una toga blanca con una franja púrpura.
Siete hombres caminaban junto a él a corta distancia.
Tauro, observando a los escoltas, imaginó que eran gladiadores o legionarios retirados; enfrentarse a ellos sería una locura.
—¿Quiénes eran los hombres que jugaban a los dados?
—Los dos que van al final. El más alto ha sido el que ha desplumado al otro.
Durante todo el día, los hombres no se separaron de Aurelio Carisio mientras él atendía sus asuntos en el foro. Era imposible aproximarse sin llamar la atención. Cuando el duunviro regresó a su casa, dos de sus escoltas, entre ellos el jugador de dados, se retiraron.
Tauro, advirtiendo el aburrimiento de Expositus, le propuso algo:
—Si haces lo que te digo y lo haces bien, te enseñaré unos movimientos con la espada.
—¿De verdad? —soltó el muchacho entusiasmado.
—Pero es una misión importante, así que confío en que lo harás tal como te diga.
—¿Qué tengo que hacer?
—Sigue al más alto, el que ha ganado a los dados. Quiero que me digas a qué taberna se dirige. Seguro que, si está en racha, querrá seguir gastándose el dinero que le ha ganado a su compañero. Yo esperaré aquí para ver si el resto de los hombres salen o se quedan toda la noche con su amo.
Varias horas después, Tauro llegó a la taberna de Vetusto, tal como Expositus le había indicado.
El antiguo centurión recorrió el local con una mirada rápida y precisa.
A simple vista no vio a nadie jugando a los dados, pero la presencia de un hombre corpulento vigilando una de las puertas laterales bastó para confirmarlo: en el interior se celebraba una partida clandestina.
Las apuestas estaban prohibidas por ley, salvo durante la Saturnalia, la gran fiesta anual.
Tauro se acercó al guardia con una media sonrisa.
—¿En qué legión serviste? —comentó señalando su tatuaje y mostrando sus propias marcas, gastadas pero visibles.
El vigilante lo examinó de arriba abajo antes de responder.
—II Parthica —dijo con sequedad.
El frumentarius alzó una ceja.
—¿En serio? Yo también. Antes de pasar a servir a Julia Mesa.
El cambio fue inmediato. El guardia abrió los ojos asombrado y le estrechó la mano.
—¿En qué cohorte? —quiso saber Tauro.
—Serví en la tercera cohorte a las órdenes del emperador Macrino antes de que ese malnacido vendiera nuestras vidas por un saco de monedas persas —dijo escupiendo al suelo.
Su interlocutor asintió sin entusiasmo.
—En mi caso, cuando supe que nos había traicionado, escapé junto a mis compañeros. Pero no todos corrimos la misma fortuna —admitió, esforzándose por no pensar en ello.
—De habernos quedado junto a él, habríamos perdido la vida. Gracias a eso solo perdí los dedos de la mano —dijo enseñando, orgulloso, un muñón.
—¿En la batalla de Antioquía?
—Allí mismo. Macrino tenía arqueros partos en la colina norte. Sus flechas atravesaron mi escudo y me arrancaron todas las falanges. El médico quiso cortarme el brazo. Preferí romperle la nariz. Desde entonces, por lo único que maldigo es por no poder jugar a los dados.
—En el campamento jugaba cada noche. Puede que en alguna ocasión te desplumara.
—Si hubiera sido así, no estarías aquí —replicó el hombre, antes de soltar una carcajada.
La tensión se disipó.
—No te había visto antes por este lugar —comentó el vigilante, ya más relajado.
—Estoy de paso. Me gano la vida como mercader... y hoy me apetece tentar a la fortuna. ¿Cuánto se apuesta ahí dentro?
—Cien sestercios por tirada.
—Interesante. ¿Puedo entrar a mirar?
—Diez sestercios la entrada. Y aquí nadie entra solo a mirar.
—¿Las normas son las mismas que en el campamento?
—Así es, amigo. Además me caes bien. —El vigilante miró a ambos lados y luego se inclinó hacia Tauro, hablándole en voz baja—.
Escucha, por los viejos tiempos en la legión, en la mesa del centro están los mejores jugadores de Hispalis; pero en la de la izquierda, son carne fácil.
Si les ganas más de doscientos sestercios, me llevo una parte por habértelo dicho.
—Y si pierdo, aprenderé la lección sin necesidad de perder los dedos.
El guardia se rio a carcajadas mientras guardaba los diez sestercios de la entrada y abría la puerta.
Dentro, cuatro mesas reunían a hombres concentrados en los dados. El aire estaba cargado de vino, sudor y del humo de las lucernas. Tauro se maldijo en silencio al reconocer al hombre de Aurelio Carisio sentado y riendo en la mesa central.
Tomó asiento donde le indicaron. Hacía tiempo que no apostaba, pero la sensación le resultaba familiar. Demasiado. Sonrió, metiendo la mano en la faltriquera para comprobar el tacto de los dados trucados de cera y plomo.
No había ido a divertirse. Pero ya que estaba allí, pensaba sacar provecho de la noche.